Los indies del pueblo ya san escapau, riau riau

Anoche tocaba echar un vistazo a ciudades cercanas en el Dock Of The Bay. “Pamplona Sound” recogía en su corto metraje las cosas que pasaron en el pop/rock independiente de Iruña a principios de 1990. La etiqueta, como se ha cansado de repetir la directora, no busca responder ni agrupar sino preguntarse, de manera fílmica, si existieron puntos en común en los grupos de aquellos años.

La película empieza, casualidad, como el famoso libro de Nando Cruz sobre el indie patrio, poniendo el foco en Josetxo Ezponda, autentica espoleta en cualquier ciudad de provincias. Y tiene una columna central muy bien puesta: Jaime Cristobal, musicólogo, guitarrista y la persona con más gusto de la capital navarra. De su mano, acompañada de otras opiniones musiqueras, se pasea por los primeros 90 y se llega a la época Half Foot Outside de mediados de dicho decenio.

Grabado de forma muy casera, sin más ambición que sacar una foto del momento, “Sonido Pamplona” se apoya en decorados sencillos (sofás, pasillos, gatos, un radiador sin estrenar, estudios caseros de grabación, terrazas, una habitación digna del “Happiness” de Todd Solondz) para recoger las palabras de gente sencilla que hacía cosas por pura diversión y que ahora parece sorprendida ante la idea de hacer una película. Juan De Pablos pone su tono calmado a la narrativa, mientras Julio Ruiz le insufla relevancia al momento.

Faltan grupos y otros aparecen sin vivir aquellos años. Pero, como indican los títulos de crédito, “no son todos los que están, ni están todos los que son”.

Don’t Think I’ve Forgotten: Cambodia’s Lost Rock And Roll

El Dock Of The Bay viajó ayer a Asia para acercarnos la música “moderna” de Camboya. El director John Pirozzi, quien ya había participado en obras sobre Patti Smith y Leonard Cohen y se había adentrado en el tema camboyano con el documental musical sobre la banda Dengue Fever (“Sleepwalking Through the Mekong”), realiza un calmado retrato socio-político de la segunda mitad del siglo pasado con la música como apoyo.

La independencia de Francia, su propia Belle Epoque bajo el reinado del musiquero Rey Norodom Sihanouk – que se volcó lo cultural dejando un poco de lado esas tonterías demócratas- , la imposible neutralidad cuando Vietman se convirtió en un wok de bombas, Pol Pot y su poco amor por las libertades y el posterior regreso a cauces más occidentales. Todo ello, como indicábamos, con su correspondiente esponja musical.

Siempre paralelo al estilo tradicional – ese cuya voz deja la de Kimera en tono de Pavarotti- que volverá a la fuerza con los Jemenes Rojos, Camboya se emborracha de estilos occidentales. Primero con los afrancesamientos de su época colonial para más tarde desmadrarse con el surf garajero, el go—go, el beat o la música cubana. Esta es la época más interesante del docu, porque tiene temazos impepinables, dignos de las pinchadas de los Ayo Silver más rasgacubetas o Antton Iturbe, gure John Peel.

Sinn Sisamouth es el puente que une ambas vertientes esos años, y Ros Sereysothea su diva principal con estribillos tremebundos

Aunque lo que más nos ponen la pilas son los autores desmelenados (caso del “zombie” Yol Auralong ) y, en general, la frescura de aquellas nuevas recetas de ingredientes extranjeros. Todas las canciones de la película tienen unas producciones fantásticas, tan salvajes como sus primas transoceánicas. Esas melodías en ocasiones versioneadas en idioma local, como se solía hacer en la época.

La época de Pol Pot se antoja atroz, con un regreso al pasado y el exterminio de todo lo que huela a cultura extranjera (traducido: todos a plantar arroz al campo, vaciado de las ciudades y solo se permite ejecutar música tradicional a riesgo de que el que sea ejecutado seas tú). Quien pudo camuflarse aparece en la película. De muchos otros intérpretes no volvió a haber noticias.

Tras 4 años de apagón volvió la luz, y Camboya vuelve a ser el país de los hombres no violentos y la asimilación de las brisas foráneas. El actual r’n’b que suena al final del metraje, mezcla de nacionalismo estatal y el habitual contoneo USA, sirve para reafirmar la idea de que aquel medio siglo fue, también en esta zona de Asia, un sitio vibrante y lleno de vida.

Mavis! Mavis! Mavis!

Así, como Prince la presentaba o despedía en pública, repitiendo 3 veces el nombre, abandonamos el Cine Trueba ayer tras la proyección de “Mavis!”, la película sobre la voz principal del las Staples Singers. Llenos de vida, sonrientes. Emocionados con la vida de Mavis Staples, en un film vital que se tornó ideal para un lunes mustio y algo arrastrado.

Con algunas hebras en común con la proyección de Nina Simone (el racismo, Martin Luther King), la obra de Mavis empieza a diferenciarse desde el minuto 1. Concretamente desde que sale el letrero de “HBO” y uno se relaja a disfrutar en el asiento. Y vaya si se disfruta. La vitalidad de la gran dama traspasa la pantalla y dispara dardos de emoción y cercanía. Por ejemplo, cuando describe su relación con Bob Dylan. O cada vez que se menciona a su padre, pilar fundamental de la familia. Verla llorar al escuchar la revisión del disco perdido de “Pops” te deja el corazón blandiblú.

Hablar de Mavis, o de las Staples Singers que completaba con su padre y dos hermanos, es hablar de la vertiente más pacífica y espiritual de la música negra de los EEUU. Los exitosos comienzos Gospel -fueron el primer grupo en vender un millón de discos de este estilo religioso- y su cercanía a Luther King, el pequeño salto secular al folk, la pirueta triple mortal al soul de stax…

Tras la llegada de la música disco la familia Staples deja de aparecer en las portadas (exceptuando el pequeño momento Prince) hasta que el gran Jeff Tweedy decide producir sus discos en solitario. Siempre con una sonrisa, guardando penas y mostrando gran vivacidad. Una vitalidad que mantiene -con nuevas rodillas- a día de hoy, como bien se puede ver en los conciertos actuales que muestra el film y de la que pueden dar fe los asistentes a su concierto en el Jazzaldia hace unos años.

PD: ¿por qué me pasé media sesión soñando con cambiar a Jeff Tweedy por Jason Pierce en los siguientes trabajos de Staples? Qué bien le sentaría el gospel eléctrico de Spiritualized a la cantante de Chicago…

Nina Simone

Sureña, negra, bisexual y mujer. Al cóctel explosivo de Nina Simone no le faltaba ni el cardamomo. Y a pesar de todo eso, o quizás por toda esa pelea que su hermano describe como “las siete personalidades distintas de Nina”, ella fue “Amazing”, como recoge el título del film que el domingo vimos en el Dock Of The Bay.

Sobre esos cuatro pilares, sin apoyarse en exceso en ninguno de ellos, se asienta la película norteamericana que pueden pasar sin miedo por el canal ARTE – y no lo decimos solo por la rotulación de la misma-. Quienes solo la conocieran por la música del anuncio de Chanel Nº5 seguro que salieron retemblados con lo observado.

Extraña saber que la hija de la Sacerdotisa del Soul no quisiera participar en esta obra. No hay sal sobre ninguna herida, y apenas menciona los asuntos más turbios (drogas, relación con su padre, su ocaso). Pero poco importa que no ahonde en esas cuestiones Deluxe. La obra, la artista, se basta y se sobra para aturdirte, inspirarte y revolverte. Sensación que puede verse aumentada por la ingesta de un par de “1906”s en el ambigú del Teatro Principal. Una birra que deja la Voll Damm en Nenuco para traseros.

El asiento nos come cuando la vemos en escena. Dura, pétrea, terrorífica, parando los conciertos si alguien habla, con esa mirada penetrante. Y una voz rota y reconstruída para sonar directamente desde el alma. Suavidad envenenada. Dulzura que no quiso dejar de lado los problemas sociales de la época y que nos rompe un poco cuando escuchamos que “siempre está triste”. Ahora, cada vez que la volvamos a escuchar, seguro que nos encogemos un poco más.

Going underground

Primeras visitas, alguna de ellas muy satisfactoria, al Dock of The Bay, festival que invadirá de música proyectada nuestra capital donostiarra durante toda la semana. Un certamen que este año ha calado más que la lluvia caída. Las primeras sesiones rozaron el lleno del Teatro Principal. Y la proyección de hoy de Janis Joplin ha agotado taquillaje – a la espera de las entradas de urgencia que promotores planean sacar hoy-.

Dock 16 se estrenaba con Cant Stand Losing you, la visita del guitarrista Andy Summers a su grupo The Police. Fotos, ensayos, viejas grabaciones, estudios de grabación en el Caribe y el gélido caminar de una gira de reunión – horripilante eso de acabar un concierto y meterse directamente cada uno en su limusina- sobre una banda que llegó a la cima del mundo para, una vez más, acabar sus miembros en la antípodas de la amistad. La película incluye uno de los momentos del certamen, el del karaoke en Japón. Y si no te gustaba Sting después de esta película lo odiarás, no tanto por la visión del guitarrista sino por el retrato de megaestrella.

Cuánta diferencia con el dedicado a los Jam “The Jam: about the young idea“. Aún siendo británicos, no hay Commonwealth que los empaste. La película del trío de Woking tiene un ritmo velóz que hace que los 90 minutos de duración pasen en un vuelo. Como las canciones de la banda, puro nervio punk de cortinajes soul. Cada uno de los integrantes aparece entrevistado por separado – los litigios aún perduran, al menos en la mente- y el film cuenta con aportaciones más o menos anónimas de gente a la que los Jam le ha cambiado la vida. Hay escritores, fotógrafos, fans orientales, guionistas, músicos, directores de publicidad, actores (Martin Freeman) y alguna que otras sorpresa, como el papel del “nipple erector” Shane Macgowan en el devenir de la banda.

Viendo las dos es sencillo sentarse a pensar en el poso que uno y otro han tenido en nuestra vida. Mientras Police pudo ser la forma de integrarnos en la sociedad popular, The Jam fue la forma de pulir nuestra diferencia y capitalizar nuestra rabia juvenil. The Jam era la banda que te daba ganas de montar un grupo, escribir, o leer poemas. Police el grupo con el que ligar en los bares de bolas de espejo.