Pero que viva un poco más el amor

En ocasiones voy al cine con mi madre. Es una persona mayor, lo cual me alegra. Que haya llegado a mayor, digo. Tiene sus cositas, como todo el mundo, pero se mantiene viva y lozana, paseando a lo donostiarra por los bordes de la Concha a gran velocidad.

Esta semana fuimos ella y yo – y más gente en la grupetta del cine- a ver la de “El Gordo Y El Flaco”, de sorpresa. A mi madre mejor no menearle mucho las películas con anterioridad porque tiene una retahíla de excusas imbatible. Hasta ahora la elección de “películas blancas” parece haber sido de su agrado. Espero que la racha continúe.

Total, que la peli británica esta es una pocholada. Narra las aventuras de unos autores en su ocaso. Vital pero en ligero descenso, a los 20 años de su boom peliculero. Y la gente mayor se ríe mucho porque han visto los gags reproducidos en directo, o casi. Supongo que les pasará al revés con Muchachada Nui o Miguel Noguera. Cada humor tiene su tiempo, y el de este par era ingenuo, impoluto y lleno de muecas expresadas sin mucha prisa.

Me encantó el papel de los protagonistas, A Steve Coogan me lo encuentro cada vez más veces en las películas que veo, y cada vez me gusta más su forma de actuar. De John C. Reilly destaca además su caracterización.

“El Gordo y El Flaco” es tierna, emotiva, cercana, costumbrista y todas esas palabras que se usan para decir que no juega en las grandes ligas pero que juega en nuestra liga. Es un paseo de entretelas que no acaba donde todo el mundo se espera y de la forma que se espera.

“El chico con sobrepeso y el que parece que tiene un trastorno de la conducta alimentaria”  tiene hoteluchos, funciones, risas, relaciones personales en el tiempo, managers jetudos con la sonrisa perenne, negociaciones con los mandamases de los grandes estudios de Hollywood, rencorcillos callados  y sobre todo mucho amor. Ese amor que se mantiene, vive y se apoya a lo largo del tiempo sin grandes aspavientos ni declaraciones de quinceañero. Ese amor necesario para sus integrantes, esa complementariedad perfecta con sus imperfecciones, esa “necesidad“ frente a los caminos individuales.

Ese beso lleno de amor que, justo antes de salir de casa, escuché a mis padres darse a modo de despedida (tras más de 50 años casados) antes de partir hacia el cine.

California dreaming

No es un fax, pero casi. La fama de la máquina de escribir no pasa por sus mejores días. Reposa en el trastero, cuando no acabó hace años en un garbigune”. Es el Walkman grande, arrinconado tras la llegada de los primeros ordenadores y el boom tecnológico que vivimos. California Typewriter, el nombre de una de las pocas tiendas que quedan en el mundo dedicadas a reparar estos aparatos mecánicos caseros, es un documental que busca retratar con melancolía y amor las ventajas y días dorados de este aparato.

Defensores tiene de todos los colores: Tom Hanks enseña su amplia colección de máquinas, mientras defiende la belleza de mandar un agradecimiento por carta tras una velada agradable o un momento memorable. Los coleccionistas, como era de esperar, muestran los aspectos más extremos del amor a estos aparatos que giran alrededor de la “qwerty”

Hay quien persigue un modelo concreto por el mundo, hay “convenciones” de fans en casas particulares, hay quien hace esculturas con sus piezas, y el film permite ver la mejora de su empresa mientras se intuye que la máquina de escribir ha sufrido un boom “trendy” en EEUU. ¡Por haber hay hasta una orquesta y un temazo tremendo de bollywood!

El aparato es un buen ejemplo para quienes odian la vida a toda velocidad que vivimos. Sam Shepard defiende su calma, y lo físico de la creatividad frente a bits guardados en discos duros. El cantante John Mayer es el más certero, promoviendo la convivencia entre redes sociales y cintas de mecanografía y exponiendo que el amor a su funcionamiento tiene un componente inventivo. En la otra parte está la tienda, peleando por sobrevivir. Una foto demasiado actual: Mientras los acaudalados glosan sus virtudes y promocionan su uso, los currelas sufren por meter dólares en casa.

Pero quedémonos con lo bello. Este “California Typewriter” emitido ayer en TCM y que se volverá a pasar el 23 de abril -Día Internacional del Libro-, es un homenaje, un recuerdo a los buenos tiempos, una defensa de los días de gloria norteamericanos en el campo de la inventiva, a lo físico frente a lo virtual y la calma frente al trasiego . ¿Dan ganas de comprarse una tras ver la peli? Sin duda. En breve les pediré la dirección postal, amigos, tras un encuentro social o una cena remarcable.

“Margolaria”, la belleza de lo genérico

En blanco y negro y en euskera – subtitulado en su pase donostiarra-. Alrededor de un músico que canta en vasco. Cuando Oier Aranzabal decidió hacer esta película tenía bastante claro que iba a transitar por los bordes de la carretera, donde los flashes pueden ser de radares más que de fotógrafos. “Margolaria”, su debut (en la gran pantalla) tenía muchos ingredientes para rasparse sobre la gravilla o esperar la llegada de la grúa con los warnings puestos. Pero acaba siendo una road movie deliciosa. Tan fina, cariñosa y dulce, tan sutil, que te acaba conquistando.

Dulce es también, así lo atestiguan sus 11 discos y sus miles de fans en Euskadi, Mikel Urdangarin, cantante sobre el que pivota este film. Pero “Margolaria” lo toma como raíl, consiguiendo que te abstraigas de este autor de gran arraigo para lanzarte de lleno sobre la creatividad. Así, en genérico, como las pastillas de los médicos. Lejos de las frases de autoayuda, cercana como un café en una gasolinera de carretera (el film también podía haberse llamado “kafezalea”, porque el pobre Mikel se toma decenas de ellos en pantalla), llena de amistad en viajes y cuadros, de amables encuentros japoneses, de charlas con amigos escritores, de submarinismo familiar. Con canciones que demuestran que parte de su creación provienen de tus allegados. Parece pintar una creatividad alejada de tópicos, con un guión que apoya la idea. Como ejemplo, uno gordo: ningún entrevistado es rotulado o identificado en pantalla, haciendo que el metraje no sea un biopic palmero al uso.

Hay canciones, pero como puede haber esculturas o cuadros. Hay ensayos, pero como puede haber cenas en casa de Woody Allen. Hay ensayos, rodados con las zapatillas de Ken Loach. Hay calma, como en la Slow Tv de Hamaika Telebista. Hay emoción, como la que tienes esperando que el pastel suba en el horno. Hay nervio y ganas de retratar los previos y los post – de los conciertos, de los ensayos- sin el efectismo de un making of. Quizás ese sea el gran secreto de Margolaria. Retratar la vida, la creatividad, con la calma del momento pa(u)sado.

Y MIA cogió su fusil (de letras)

Y luego hay films de cantantes de gran éxito que te permiten conocer mil y un vericuetos de su vida personal. Son los menos. Y si hablamos de protagonistas con fuerza, energía, personalidad, deseos defender su país ante los desmanes que se sufren en él, la venta de millones de copias de tus discos y las ganas de tocar las narices – o no replegarse ante las narices de otros-, pues…creo que solo “M.I.A” puede responder a todas esas características.

En la sinopsis está bastante bien explicado todo el meollo de estos 96 minutos. Pero si uno llega virgen, impoluto, al tanto de las críticas pero vacío de detalles, disfruta de la sorpresas del metraje: Su relación con Elastica, su curro con Diplo, los problemas de su padre, el descubrimiento del hip hop, la meteórica ascensión de ventas y su cada vez más acomodado modo de vida. También hay espacio para las broncas, que a MIA le gustan más que una bolsa de agua caliente a un griposo.

Me gustó. Mucho a ratos. Pero tampoco me acabó de enganchar como otras películas de luchadoras (“Bixa Travesti”). Fue muy interesante a la hora de mostrar la trastienda, los orígenes – estos británicos también graban todo desde que son unos nenes. Qué suerte para nosotros ahora-, los viajes, la riqueza estilística de sus canciones y el intento de aprovechar su notoriedad para poner el foco en los problemas de los tamiles.

Un crucero terrorífico

“I used to be normal”. Yo solía ser normal. Lo dice una muchacha a sus 17 tacos, en un vídeo que recoge sus respuestas, expresiones y sensaciones ante el visionado de un DVD de One Direction. “I used to be normal” es también el título de un film que busca recoger el sentir, la particularidad y el sufrimiento de las fans acérrimas de las boybands. Estas formaciones modeladas para gustar, vender y triunfar que ahora han quedado algo relegadas por los programas de variedades musicales en formato concurso televisivo.

En esta película australiana se abordan varios de estos combos otrora archifamosos: The Beatles – el origen de todo-, One Direction, Take That y Backstreet Boys dirigen el hilo. Cada uno de ellos cuenta con las opiniones, peripecias, locuras y desmelene de una seguidora – femenina, no sale ningún chico- a la que el paso de los años o la disolución de los grupos no les han hecho olvidarles. Hay momentos para la sonrisa por cariño, otros para intentar comprender algo que la peli no acaba de explicar: Por qué se ama tanto a estos grupos prefabricados.

El montaje de planos es divertido, pero al final hay bastante drama: la chica de 19 años capada en su sueño musical por culpa de unos padres poco dados al arte. Y pavor: El crucero de BackStreet Boys da muchisimo miedo. Muchisimo. Uno sufre ante la integridad de esos cantantes, perseguidos por suelo y agua en una zona acotada. Lo que hay que hacer para ganar pasta, redios. Y sin perder nunca la sonrisa.