Escuchando – y viendo- «Niño Futuro»

Cartel del evento en Tabakalera

Impacta. Claro que impacta ver a Rafael Berrio sentado, en movimiento, en los estudios Elkar de Donostia a finales de 2019, escuchando de principio a fin su disco “Niño Futuro”.

Impacta, claro que impacta, que la primera palabra que vocalice, se marque, que sugiera, sea “que no estoy vivo del todo” del corte “Considerando”. Que la tragedia suburbial, menor, local de “Tu nombre” sea cada uno de nosotros pegando esos pasquines por la calle. Como apuntaba al final del pase Andrés Daniel Sainz, director del “Escuchando Niño Futuro” que el 2 de enero se proyectó en Tabakalera, “esta obra finalizada antes de la muerte del autor ahora adquiere otros significados”

La cámara fija, sobre el cristal que separa la cabina de estudio de la sala de mezclas. Nada más. Y nada menos. Un Berrio que se mueve, se sale del foco, vuelve al punto. Primero callado, como un músico escuchando su obra finalizada, con todas las ideas viajando dentro de su cabeza. Con pequeñas marcas teatrales de cierre en puntos que le llaman la atención, le gustan o le emocionan. Alguna mirada a cámara, pocas. Canciones que van pasando en orden. Y nosotros con él, frente a él, junto a él.

Irazoki, San Martín, Aranzegi, Neira. «Los 4 fantásticos» del fondo de unas canciones con apuntes de Deriva, enfoques directos, detalles franceses. Lo que siempre hizo tan bien. Movimientos de vals en “Abolir el alma”. Apuntes de videoclip, por sugerencia del director, en la maravillosa “Las tornas cambian”. Remarcando ese espacio glorioso que consiguió entre los fans, ese hueco en ventas que tanto le cuesta a todo el mundo. “Es mi turno, es mi vez. Las tornas cambian al parecer”

Y con orgullo, en la tradicional peor canción de un disco, la penúltima, dispara y escupe “Niño Futuro”. El saludo del trapecista tras las piruetas imposibles. “Pero el truco era un resorte, ahora lo sé, y se acabó la magia”. Rafael se marcha en fade out de la pantalla, mientras apunta cosas para el siguiente disco. Brota muda, en silencio, la pena por saber del camino truncado, del viajante quieto, del autor sin bolígrafo ya.

Hedwig and the Angry Inch

Hay gente que busca el acierto en todos sus movimientos. Los jugadores de ajedrez, los apostadores profesionales – con no tanto tino-, los cómicos, los presidentes de “futebol”. Y los programadores de TCM, un canal que tanto en redes sociales como en sus ofertas sabe buscar el elemento diferenciador entre las películas del catálogo inmenso del trastero del señor Turner.

Así, el 25N, Día Internacional contra la Violencia Machista, el constructor de parrillas tuvo a bien programar para su sesión post-telediario nocturno “Hedwig and the Angry Inch” , la versión de celuloide de un musical que ha conseguido gran éxito en Broadway y los posteriores paseos por el mundo.

A la película caímos sin querer, entre saltos de canal, y lo primero que atrapa son sus canciones. Y lo dice alguien que aborrece “Mamma Mia” y derivados. En ésta el rock suena chulapo, pintarrajeado como el protagonista, melancólico como el Bowie espacial, amante del orgullo de Lou Reed, orgulloso en su diferencia. Sin obviar la belleza de un pop que aquellos años se escondía entre amplis Marshall.

Echamos un ojo a la wiki mientras el film seguía su camino: Girls Against Boys como banda de grabación, Bob Mould – a quien quisimos escuchar en las guitarras más pop- como participante de las composiciones de Stephen Trask: amo y señor de las pegadizas melodías y fantásticas letras, acertadamente sobreimpresionadas en castellano. Puntito para TCM

La historia es un drama, con alguna sonrisa – el momento de “Boston, America, Asia” y la respuesta es una genialidad-, protagonizado por un muchacho del Este de Europa (John Cameron Mitchell, a la sazón director de la película y, este dato me rechifla, del video musical de la canción «First Day of My Life» del grupo Bright Eyes ).

Su personaje, el que da título al film, decide cambiarse de género por amor y llega a sus amados EEUU y allí choca con la dureza, los egoismos, el cariño aprovechado, las guerras internas y las dificultades personales y profesionales que puede tener cualquier autor.

La historia es cruda a nada que raspes la superficie (”Angry Inch” es pura rabia), y aunque el final pueda ser un happy ending (NO, ESE, HAPPY, ENDING), las canciones te llevan hacia ese mundo de lacas, peinados, underground, caravanas, tabernas cutres y grandísimas creatividades.

Y así, vimos otra cara del 25N, la de las canciones gloriosas entre personas castigadas, la de las obras fantásticas sobre gente apartada, la de la música como sanadora de la vida. Fue un placer toparsela en TCM.

La fiesta del montaje

Soy un firme defensor de que las películas documentales musicales no deben durar más de 60 minutos. Todo metraje que supere esa duración tendrá secciones desechables, momentos baldíos y espacios a los que la tijera les vendría de perlas. Una hora es tiempo más que suficiente para contar la vida de una banda, sea minoritaria en las afueras de Madrid o una formación mundialmente conocida. Por eso acertó este año el Dock OF The Bay añadiendo cortometrajes a su lista de proyecciones. Breve, directo, conciso, acertado. Siempre deja un gran sabor de boca, a veces por la calidad y otras por la brevedad.

Por eso me temblaban las canillas cuando eché un vistazo a la película de Suede «The Insatiable One». Dos horas. ¿Qué carajo se puede contar en dos horas?¿Están locos?¿Me van a meter recetas de cordero estilo aranda?¿Viajes de slow travel? ¿Lecturas en voz alta de libros de Shakespeare?¿Un concierto entero del grupo de Brett Anderson, quien ya empieza a parecer una señora mayor como todo buen intérprete pop británico entrado en años?

Sentado en mi butaca, tuve el inmenso placer de echar por tierra mi teoría inicialmente expuesta. La pelicula sobre Suede se pasa volando. Vo-lan-do. Tiene un montaje raudo, directo, conciso, sin grandes palabras seguidas y muchas palabras bien puestas. Imágenes en vivo, charlas en un sofá, visitas a estudios, portadas, deserciones, detalles de grabaciones, adicciones detalladas pero no mencionadas literalmente, pequeñas polémicas y su Top Of The Pops. Con un guión perfecto que ahonda en los primeros éxitos. Una sorpresa escuchar tantas canciones buenas. No recordaba que fuera tan fan de la banda.

Se echan de menos más respuestas de Bernard Butler, primer guitarrista del combo al que solo se le plasma en la gira de reunión del 2013. Ese espacio se llena con opiniones divertidas de Justine Frischmann, primera novia de Brett Anderson y presente también en la película de MIA, como esa que dice que “dejó al cantante de Suede por otro chico”, como si ese chico fuera un fontanero, un técnico de luces o un conductor.

Cuando la fatiga aparece en el espectador la película corre sobre caras menos conocidas y discos menos populares. Y para cuando te das cuenta estas recordando lo buena que era la maqueta de “The drowners” o la fuerza que tenía “So Young”. Qué demonios, al final Suede es una formación que ha sabido evolucionar con estilo.

Muchachada INXS

Whitewashing. Así se llaman las campañas que se hacen para limpiarse la cara ante la gente. Y algo así podría decirse de la película que sobre el cantante de INXS proyectó el Dock Of The Bay en sus sesión de clausura. Ni un solo mal gesto del protagonista, ni una sola mala cara, todo digno del mejor anuncio de dentífricos. Vale que Hutchence no mató ni una mosca en su vida, pero digamos que la familia ha hecho una selección de imágenes y fotos dignas de la mejor comunión.

Aún así, la película es un rato triste, dejando en el cierre un poso de pena ante el suicidio del cantante, agobiado por los problemas familiares y, dicho en voz tan bajita que no se oye en la película, su decadencia popular y sus posibles alteraciones drogotas. Solo Kilye Minogue apunta y dispara a propósito de los excesos de esta super estrella siempre guapa y bien peinada y con unos culottes que a nosotros nos quedarían mal hasta en carnavales. Cuanto daño hicieron los 90 a la gente no slim-fit

El film acierta tirando de voz en off, así entrevistados y protagonista dejan de poner su jeto en pro de una narración que nos lleva a través del mundo y sus lujos: los grandes conciertos, las casas en el sur de Francia, los amigos famosos, las novias famosas, los silencios sobre los desmanes,… Se hace difícil creer que una persona viva atormentada, resacosa, pasada o agobiada por la fama con solo ver dientes blancos y gestos sonrientes por todas partes. “Es un Muchachada”, apuntó alguien en el debate de bar posterior. Y tampoco le pudimos negar mucho la gracia.

Como también es complicado hacerse fan del grupo con este film, dado que su música suena poco y no amplía los parámetros de comercialidad sintética que tenía la banda en sus años. Una belleza efímera de triste final.

El día que conocí a Saxoman

No vamos a descubrir al “Niño de Elche” a estas alturas del cuento. Paco Contreras Molina nació flamenco y ha ido creciendo abierto, experimental, juguetón y feliz, como bien explica en “Niños somos todos”, el film que ayer proyecto el festival Dock Of the Bay. Una obra que recoge el paseo del autor por Bolivia y los encuentros con gente de distinto pelaje, casi siempre despeinado para nuestros ojos.

El gran Mikel Zumeta la presentaba en la sala como una “road movie”, y lo pudo ser porque el autor busca moverse interna y externamente. La voz en off del propio autor ilicitano confirma, entre otras breves explicaciones biográficas, que estos viajes deben ser experiencias que devuelven un ser distinto.

Es complicado saber hasta qué punto ha cambiado, partiendo de un arranque o estadio tan experimental y plural. Pero tiene que ser una sensación vital grabar con Saxoman, el personaje más potente con el que se encuentra en el periplo. Su canción mientras un músico sube a poner unas velas en una lápida es un temazo que se divide entre la carcajada y la creatividad, y el tema sideral, extraterrestre, lisérgico y hasta heavy grabado a medias con “El Niño del ché” (así lo llama en este absolutamente prodigioso making of paralelo) destaca la idea principal de esta gira: Hay que llegar a los sitios, y adentrarse en ellos hasta donde se pueda.

A diferencia del docu sobre Pj Harvey, donde la inglesa tomaba una actitud pasiva en sus viajes, Contreras busca, pregunta, salsea, se cuela, lanza, propone, experimenta -no solo vocalmente- “porque el niño juega, experimenta, crea sin objetivo, sin concepción del tiempo”, como afirma la voz no presente de la película

Siempre con el sonido, la música y su ausencia como elementos principales, “El Niño” visita a unos nanonitas (como los de Ulia, para los donostiarras) de los que busca sacar de donde no hay – hasta que llega la noche-, se une a un coro infantil en una iglesia, pica de las músicas tradicionales, graba la espectacular actuación de un músico de hoja arbórea – sí, han leído bien-, tiene tiempo para acordarse de un autor vasco de manera muy acertada (mejor no detallarlo por si aterrizas a este blog buscando info sobre la película que quieres ver) y visita a un extraño compositor primo hermano de Luis Pinto. Niños seremos todos, Paco, pero como tú hay pocos