Menudo jardín, queridos

Así me quedé yo tras el visionado

A veces caes y picas, como con las chucherías los domingos a la tarde. Ves recomendaciones, y aplausos en redes, y le das al play a obras infames como “Grey Gardens”. Os pongo en situación, para que no os pase a vosotros.

La película está hoy en Filmin, que a veces se viste de maravilloso videoclub y otras de balda de Remar. “Una obra única, no verás otra igual”, decían los del streamin y Amaia Guelbenzu con todo su buen corazón. “Menos mal”, añado.

El metraje se adentra en la casa destartalada de dos primas de la realeza Norteamericana, parientes de los Kennedy, que están pajaritas. Intuyo que allí en EEUU, la cosa tendrá su morbo, el tema habrá tenido su recorrido y su sombra. Pero desde aquí, la plácida Donostia, es una mierda pinchada en un palo.

Poco importa que la hayan registrado los hermanos que hicieron “Gimme Shelter”. Podría haberla grabado un perro con una Go-pro. Cámara y audio – y un par de armas escondidas, que vaya par de protagonistas- se cuelan en la casa para hablar del pasado, de los buenos años, de los amores perdidos – o escapados corriendo, que normal- en dos guiones paralelos que se suceden en las cabezas de las damas de honor fotografiadas en una decadencia sin belleza, casi cruel.

Compararla con “El Desencanto” es emparentar las goitiberas con un Ferrari o a Vetusta con Radiohead. Reiterativa, monótona, sin más aliciente que ver el cronómetro llegando a su final del metraje, “Grey Gardens” es una película situacionista que te permite pensar en la lista de la compra o en los jerseys que has visto en la tienda del barrio. En eso, un 9,5

PD: Cristina Plaza me hace llegar esta obra de arte que mejora el original hasta límites insospechados

La creatividad en off

“Cómo ser una autora de éxito y no ahogarse en tus sentimientos”. Ese podría haber sido el título español de “Anonymous Club”, la película dirigida a la carrera de Courtney Barnett proyectada en el Dock Of The Bay. Una obra que parte de una premisa atractiva (que Courtney grabara en un magnetofón sus ideas durante una gira larga) y que ofrece sus puntos más interesantes lejos de esas voces en off.

Imagen y sonido se unen para un pequeño descenso a los infiernos. No es la de Barnett una cara cristalina, mantiene siempre la distancia aunque el cámara sea amigo suyo. Por eso no sabemos el grado de realidad de ver a la australiana machacándose, gestionando peor que mal las entrevistas, grabando solo frases bajoneras en el walkman y autoboicoteándose a la menor ocasión – las frases del camerino ante una sala llena que le va a cantar todas las canciones-. Sin llegar la sangre al río, que ella sabe que después de la tormenta siempre hay luz. Pero tan clara es la idea que el film acaba sus títulos de crédito con un mensaje que dice “Si has pensado cosas así o te has visto en estas situaciones llama a los siguientes teléfonos de ayuda”.

La imagen es, sobre todo en la primera parte, de videoclip largo, recogiendo conciertos brutales y canciones maravillosas. Y nos va llevando desde el enfado de su disco rock hasta la paz que va alcanzando con sus canciones más acústicas. Tiene algunos momentos tópicos (“Tocar las canciones así, sola, me va a permitir conocerlas de otra manera”) pero no llega a la soledad del avión de las estrellas del rock.

Mejores son los fotogramas referidos a la creatividad. Un proceso, el de escribir (esas) letras, que tiene muchos minutos y días de bloqueo, de choque, de dibujicos en el contorno de la hoja, de frustración. Un camino que tiene minutos chulos como los registrados en la habitación de hotel con el ordenador y la guitarra, buscando rimas desde la mayor de las cercanías.

También choca y sorprende que una autora que ha vendido medio millón de discos guarde todas sus cosas en un almacén, viva a veces en casas a cambio de tenerlas en orden y que salga en el film pasando un aspirador, lo nunca visto en este tipo de palmeos cinematográficos. Quizás remarcando el caracter humano, o disoluto, de los músicos. Pero uno acaba la proyección con ganas de coger la guitarra y canturreando las canciones de la protagonista. Y cuando pasa eso es una gozada.

Una triste y cariñosa vida

Qué bien le sientan al Dock Of The Bay las películas musicales pequeñitas. Las que ponen el foco en una historia mínima para desempolvarla con cariño y cierto orgullo descubridor, en busca de la justicia. “Talking Like Her”, la obra de Natacha Giler sobre la autora Connie Converse, es una de estas pequeñas narraciones llenas de impulsos sobre una creadora libre y oprimida, desplazada de la línea temporal del éxito.

El éxito, ese término tantas veces usado en la peli, a veces cojea. ¿Qué es el éxito? Entiendo que Giler quiere referirse al reconocimiento de unas canciones costumbristas, arpegiadas como Dios ilumina los campos nublados. Y… ¿Acaso no hay más reconocimiento de que una directora decida hacer un film para honrarte, defenderte y buscar que te amemos? Y no es la única que va a poner imagen al folk de la norteamericana de bonitas canciones. Unos sonidos hoy asimilados y entonces inasumibles por género y enfoque.

En el fondo la vida de Connie es la vida del 99,9 por cierto de los autores musicales. Defender tus creaciones hasta que un día dices «basta» y te piras. Pero Converse puso la zapatilla en la clasista Norteamérica de los años 50, donde la mujer era un florero y una cocinera. “Talking with her” recupera algunos homenajes de autores coquetos (Destacó Martha Wainwright y “One By One”, pero la sombra del amor llegó en su día hasta Mike Patton),radioperiodistas efusivos y abueletes que la conocieron y registraron en vida.

Gracias a ellos podemos hoy escucharla en la grabación de cinta de bobina. La directora usa la “voz en off” para añadir literatura, ensoñaciones, deseos y entusiasmos mientras la película va poniéndose triste en un tramo final en el que habla de la depresión, el bajón y la desaparición (física y/o vital, no aclara ni importa) de una autora más cercana a Daniel Johnston que a Rodríguez «Sugar Man» en un país y una época homogénea.

El Dock Of The Bay y sus anuncios

Festival de cine Documental Musical Dock of the Bay 2022 from Dock of the Bay on Vimeo.

Ayer hubo labores extradockeras, y no pudimos pisar salas para ver gloriosos films. Así que llenaremos nuestro espacio con esas películas breves que vemos antes de cada pase, los anuncios. Una categoría muy respetada en el Dock desde siempre, y que ha pasado del gamberreo a la elegancia sin solución de vuelta.

Partiendo de la base de que nada, absolutamente nada, superará el anuncio de GESCOM con la música de Modern Talking, un concepto que se hizo hasta físico y palpable en formato anuncio vertical y que hacía que cada proyección, cada emisión, acabara en algarada y jaleo, procedemos a repasar los de la edición 2022.

EL DEL FESTIVAL. Nada que tenga a los Primo detrás y a Ignacio Bilbao a un lado puede ser malo. Ni un anuncio ni una sangría ni cambiar una rueda de coche. Dinámico, fresco, jugando con los elementos del cartel y promocionando el concepto frente al autor (esas caras tapadas, ese funk que funciona hasta debajo del agua…). Mantiene el buen tipo de pasadas ediciones, y saca pecho en cuestiones de elegancia y distinción. Tu te vas a Sundance con esto y te acomodan la silla.

SADE: otro que tal baila. Angel Aldarondo (flores, vinos y aplausos siempre por cosas como esta) concreta, estiliza y da esplendor con una música seleccionada para fans irredentos. Cortito, directo y a la encía, que dirían los punk de los ochenta. Y hablando de los ochenta….

DIPUTACIÓN DE GIPUZKOA. Estética eighties, esa moda que volvió durante 4 meses hace 3 años. Se ha quedado viejo, y raya lo cutre por el simple paso del tiempo. “Ha envejecido mal”, que dicen los cinéfilos. Mucho “chichiuh” pero poco lerele. Mejoraría si pusieran a Imanol Murua en plan Tron.

KUTXA KULTUR FUNDAZIOA. Otro buen ejercicio de gusto y sencillez. Patrones limpios, blanco y negro, repasando todos los apoyos culturales que tiene en su programa: que si corte, que si confección, que si música. Ayudando a enfocar los proyectos con ese punto de vista óptico. Es breve y se hace breve. Bien.

DONOSTIA KULTURA: Fusiona sus programas propios, la imagen Instagram que quiere dar la ciudad y los toques turísticos. Vivo y vivaracho, te vale para el Dock, Fitur, la máquina herramienta y el Congreso de funerarias cuquis. Como vea una imagen más de alguien de espaldas andando y ofreciendo la mano al acompañante quemo el bulevar conmigo dentro.

KELER: No recuerdo el de este año ni si hay este año ni qué año es este. Que es lo que pasa al día siguiente cuando te tomas dos Keler.

OKAKO. Montaje raudo, fotos partidas, habitaciones de hotel que no consiguen parecer grandes ni así ni asau. Imposible no cantar “okako ya está en rebajas, okako ya está en rebajas”, reciclando a Tatano, cuando se proyecta.

DIEGO BESNÉ Ha hecho bien en dejar de lado aquél concierto callejero. Ahora rezuma estilo, es un anuncio mucho mejor diseñado, sencillo y directo, con el saber estar de un conde y una cena de picoteo en un palacio.

SUPER AMARA: lo mejor para el final. Un WHAT DE FAK de libro. Eroski se ha infiltrado en la empresa que decide el anuncio, o han sorteado la creatividad entre sus trabajadores. Sino no se entiende esa amalgama de ideas, conceptos, mezclas imposibles e incomprensibles que quieren transmitir. Imágenes de Woodstock y un señoro rentista paseante de La Concha hablando en castellano. Parece que le faltan 5 segundos, dos vueltas o alguien en la cadena de decisiones que diga «pero qué hostias es esto». El salto entre el rock y el súper es sencillamente inaudito. Ya el año pasado jugaron con cerillas con el repartidor de Just Eat que sabía tocar guay la guitarra, en un indirecto mensaje de que la música no da para vivir de ella. Pero lo de 2022 es un pequeño bochorno que, al menos en mi pase, sacó más de una y más de 4 risotadas nerviosas entre el público. Casi mejor Mañero con una camiseta de Iron Maiden y poniendo cuernos. O una oferta de yogures a 6 euros. Eso sí que es heavy.

Nada es comparable a Sinéad

Una mujer rapada en una isla que mantiene el certamen de “Ama de casa del año”. Una persona libre que vive en una sociedad donde el catolicismo barre debajo de la alfombra todos sus pecados. Una autora en un mundo de hombres. Una muchacha blanca que pelea contra el racismo social y cultural. Así se muestra Sinéad O’Connor en “Nothing Compares”, el potente film que inauguró esta edición del certamen Dock Of The Bay de Donostia. Una hagiografía distinta, humana, serena, dura y concisa que sabe abrir el foco y que tiene entre sus virtudes jugar con las ausencias.

La primera laguna es auditiva, con un metraje que no ha conseguido los derechos de sincronización de ninguna de sus melodías más famosas, recurriendo a las actuaciones televisivas o televisadas para mostrar actuaciones de Sinéad, la dama de octavas brincadoras y expresividad hipnótica. Quizás la directora Kathryn Ferguson no haya querido conseguirlas, huyendo del riesgo que supone tirar de tu recuerdo melódico y despistarse de la historia de abusos, opresión e indignación que narra con pluma sorprendentemente calma.

La película muestra, cómo no, los momentos que más emocionan a la autora grabando o actuando. Mirillas sobre los vídeos, flipadas por tener a Stevie Wonder delante, discos orquestales en plena ebullición. Sobre que algunas de sus canciones pudieran ser o estar cantadas por Morrissey lo dejamos para otro día, por más que el t´ítulo le vaya al pelo 🙂 .

El segundo vacío es visual y voluntario. Ferguson, después de pelear con imágenes de recreación para evocar los primeros años de la cantante irlandesa, decide dejar fuera de plano la cara de todos los entrevistados. Volviendo a poner el foco en la palabra. Un acierto, dado que Sinéad confirma su impresionante magnetismo en las imágenes juveniles. Un imán que, de nuevo, podría extraviar el hilo de esta película y que se oculta hasta que todo está dicho.

“Nothing Compares” levanta la lámpara e ilumina los segundos más famosos de la irlandesa. Explica suFight The Real Enemy en un mundo católicamente constreñido y tirano. Algo, el desgarro, el despiece, que Madonna desacraliza dos semanas después en idéntico programa y que Joe Pesci retrotrae 150 años con su comentario. Ninguneando, empequeñeciendo, silenciando, criticando, vejando. En cuestiones de mujer y feminismo el salto ha sido gozosamente satisfactorio.

Quizás no sea, como dice Peaches, “la primera performance feminista televisada”, pero sí que para nuestra generación bien pudo ser la primera estrella femenina universal del pop en exigir de forma tan abierta y tan poco empresarial la justicia y la igualdad para todos. Coño, que no fue a los Grammys por la «codicia» del mercado musical – y que todos callaran ante la Guerra del Golfo- . Ver el «Black Lives Matters» en el SNL años más tarde es un buen ejemplo de lo necesario de aquella guerra tan solitaria.

Muchos boletos en ese mundo superficial como para que no te den hasta con el bolígrafo. O’Connor defiende otros enemys, Public Enemy, ante el veto a la música hip hop en los mencionados premios. Se integra y diluye, aunque la cámara la busque, en las manifestaciones irlandesas defendiendo el derecho al aborto y los anticonceptivos. Denunciando los abusos eclesiásticos negados hasta años más tarde . Detalla y contextualiza la supresión del himno americano antes de uno de sus conciertos en la América profunda. Da pavor pensar cómo gestionaría la autora la vida de Twitter hoy en día, recibiendo como recibía cientos de cartas amenazándola de muerte.

“Nothing Compares” es un camino de espinas que, por más que se acabe apacible, cada vez ve más lejos las rosas. La película se estrenó en Sundance 2022 semanas después del suicidio de su hijo Shane. Esperamos que sus canciones Khrisna – Sinead le pega ahora a ese palo- le puedan servir de consuelo y el tiempo y este film puedan ubicar como se merece a esta autora isleña.