Un viaje inspirador

El domingo fue un día grande, un «grande day» en la ciudad. Un nuevo concierto se sumaba a la escasa lista de actividades dinámicas que estos días pueblan las agendas culturales. Y la oferta no podía ser más estimulante. Elena Setien, Grande Days y Xabier Erkizia presentaban en el Teatro Principal donostiarra “Mirande”, la obra sonora que han construído alrededor de los versos del poeta de Iparralde Jon Mirande.

Un vinilo editado por Forbidden Colours que debía haberse puesto a la venta ayer mismo en el teatro y que no pudo ser adquirido por los asistentes debido a los protocolos de la COVID. La ausencia de pruebas escuchas previas nos hizo lanzarnos al vacío sin red ni apoyos. Lo cual siempre es una maravilla – cuando sobre las tablas hay gente de tanta calidad, claro-.

Obviando el arranque y el cierre, extemporáneos por distintos motivos, y mutando en el cerebro el bis, el concierto de 45 minutos – otro acierto- fue un maravilloso nuevo mundo que estas tres aristas quisieron crear sin poner a nadie al mando. El pop cósmico de Elena Setien, el post rock desequilibrante de Grande Days y el aura experimental de Xabier Erkizia supieron fusionarse de manera perfecta para ofrecer un paseo por Mirande con muchos focos a la vista y ninguno ocupando un lugar preferencial.

Setien les señaló la isla del pop, un arrecife que otearon guiados por una voz que se quitó los curiosos efectos vocales a la primera de cambio para adentrarse en pasajes maravillosos. Un acierto los temas que elaboraron a dos voces, con Erkizia de contrapunto narrador y cantante que, elevados como íbamos, quisimos emparentar con Nick Cave y PJ Harvey en formato susurro. El de Bera, que apuntaba a labores de director de orquesta, añadió capas y sonidos naturales además de su voz dejándose llevar por el espíritu del concepto.

Fue una gozada ver a la banda grande (Grande Days), frenarse, apuntar sin disparar, insinuar, rumorearse, acoplarse y diluirse en la obra. Con ese bajo golpeado solo con una maza, ese detalle de arco sobre guitarra eléctrica, ese punteo suelto que no pedía más desarrollo y esa batería tan desahogada de clichés.

Y fue todo eso junto, la ausencia de un foco principal y la cantidad de detalles maravillosos, lo que más nos hizo gozar de esa tarde de estreno que esperemos tenga continuación. No solo por que el trabajo lo merezca e inspire a los creadores, sino porque los oyentes deben disfrutarlo. En estos días de tantas limitaciones, esta invitación a soñar y volar libre debe extenderse por nuestra sociedad

El futuro es verde

Hubo un par de olas orilleras cuando el Dabadaba sacó a la palestra sus increíbles números del 2019. El pequeño, mínimo, remolino tuitero vino por el comentario de algunos usuarios de que apenas se programaba música en euskera en este espacio, recordemos, privado. Algo difícil de concretar cuando son DJs, y algo más comentable cuando son bandas y el idioma elegido. Algunos de los grupos vascos, por ejemplo, eligen el castellano o el inglés para ponerle letras a sus temas. Y otros chillan tanto -Lisabo- o tan bajo – Oso Fan- que da igual en qué canten a niveles estadísticos.

El garito, tan elegante como cuando colocó unos letreros contra cualquier tipo de violencia machista en sus paredes hace ya muchos meses, aceptó la sugerencia y respondió indicando que ampliar las bandas en euskera era uno de sus retos. Los dos llenazos dobles de Zea Mays y Skateitan, gustos aparte, indican que el 2020 avanza en este sentido. Pero donde el Daba siempre añade un valor es cuando su I+D excava y encuentra, más pronto que tarde, oro reluciente. Innumerables los conciertos de los que hemos salido ojipláticos. Ahí es donde la sala se hace única y se distingue de otros txokos públicos.

La (esperemos) penúltima joya descubierta en Dabadaba responde al nombre de Verde Prato, banda unipersonal de la artista Ana Arsuaga, y le tocó pisar el tablado de Egia el pasado viernes. Venía ella, con sus 23 años, a abrir el concierto de Carla Di Forno («di pietra», que es como nos dejó la australiana Buitoni). Mi “muy querida Jenny” me preguntó si “era una de esas lánguidas que tanto te gustan”, y echando cuenta de su bandcamp no tuve del todo claro qué responder. Tenía muy buena pinta, pero no te puedes fiar de las maravillas que graba la gente en el estudio.

Nos costó varios segundos darnos cuenta de que aquello era harina de otro costal. Ni los gestores, salseros y programadores del garito se quisieron perder el estreno. El argentino meneándose en  los tonos más urbanos, el del pelo rizado poniendo en euskera «CONCI DEL AÑO» para tuitearlo, el eterno joven atento a todo lo que pasaba en la sala y sobre ella y el seguidor blanquiazul sin pestañear en exceso mientras se refrescaba el gaznate. A su vera Harry Baden soñaba con colar esa voz en sus canciones.

Porque Ana «Prato» ha conseguido, con dos cacharros y muchísimos estudios académicos, montar un proyecto sencillo, directo, oscuro y terriblemente atractivo. No por los fuegos artificiales ni por el juego de pedales. La belleza puede residir, quien sabe, probablemente, en esa voz celestial digna del certamen de masas corales que se celebra en su Tolosa natal. Cuando subía lo hacia en calma, como Kate Bush en sus discos o Kilian Jornet en el Aconcagua, como si fuera facil llegar a esos tonos sin moverse un pelo del tono. Cuando bajaba mantenía esa misma entonación perfecta.

Más allá de lo tangible, vayamos a lo sugerente: sus canciones. Asentada en el folk, sus canciones podían arrimarse a Rosalía, desperezar el cancionero carnavalero, soltarse a capela, oscurecerse como Lana del Rey y encontrar la luz en temas de corte opaco, oscuro. Fue tanta la belleza, tanto el atractivo, tanta la sencillez y tanto el hipnotismo que no tuvimos mayor problema en irnos a mitad de concierto de la kiwi, la presunta artista principal. Constatando que tanto Ana, como la allí presente Mursego, como Maite Larburu, echan por tierra el garrulismo de la testosterona de los grupos de chicos para, con estudios académicos y una creatividad sin parangón, demostrar que los 20 serán de ellas.

La mejor banda del mundo (a tiempo parcial)

Desde Diciembre de 2008 llevaba sin ver a Lisabö en directo. Aquel concierto de la irundarra Sala Tunk fue la última de las paradas de un viaje que comenzó en la sala Mogambo allá por los primeros 2000: recuerdo que al acabar aquel concierto dejé de lado las buenas palabras habituales y a la pregunta de “¿Qué te ha parecido el concierto?” respondí, casi temblando, “me ha acojonado de miedo”.

Ahora tocaba volver al terror. En plaza anexa, Mosku/Irún. La segunda casa de estos fronterizos. Quizás por eso cuando ayer Karlos Osinaga daba las gracias a su gente, a su barrio, al sitio por donde han trasnochado toda la vida hiciera malo o bueno, uno las entendía de puro corazón. Yo estaba nervioso, como cuando esperas una ola muy grande después de haber sacado la cabeza del agua. No es habitual esa sensación tras casi más de 800 conciertos a mis espaldas. Pero se agradece como el primer día.

Lisabö tiene un arte al alcance de muy pocos. Tensan, gritan, golpean, aturden, violentan y despiertan. Su labor no es emperifollarse sino demostrar que la creatividad no se enmohece con los años. Consiguen que quieras más volumen siempre, que sueñes con abrazar el bafle. Sus golpes y contrastes son unas vitaminas extra para tu caminar cada día más cansado. En Irun lo volvieron a demostrar, sobre todo cuando la formación alcanzaba la forma de dos tríos, con la guitarra, bajo y batería repetidos. “Es cosa de frecuencias”, me dijo un compañero de evento. Y sin poder entrarle al detalle, me respondí mentalmente que sí.

Porque ellos activan partes del cuerpo dormidas. Ellos inspiran, te hacen vibrar, te dan envidia por cuestiones creativas, te hacen replantearte cosas aunque estés en las antípodas sonoras. Ellos saben convivir con las explosiones de energía, la poesía del grito, la belleza del estallido. Y nos ofrecen el resultado en la palma de la mano para que las saboreemos. Lisabö nos hace soñar con las posibilidades de un grupo (queda demostrado que son la mejor banda del mundo a tiempo parcial), con la independencia en las decisiones y publicaciones, con la creatividad elaborada y cabreada – quizás por eso cuando cantó Eneko BAP ayer la cosa bajo algo de intensidad. Por el simple hecho de cantar-.

Volví a salir del concierto acojonado, aterrorizado. Pero ahora en el cuerpo de un niño tras el túnel del terror, repleto de satisfacción. Con ganas, y esto es nuevo, de ponerme un disco suyo en casa. Más allá del pavor sonoro es el momento de disfrutarles en la rabia bajo techo. Y a esperar que no pasen once años para volver a encontrarnos.

Esa gente que hace del pop un mundo más bonito

Persona que tiene por oficio hacer o vender objetos artísticos de oro, plata u otros metales preciosos. “ La definición de orfebre se queda corta, cutre, incompleta, prerrománica. Habría que meter las canciones de algunos grupos. Sé que la cabeza les tirará para TIMO Impala y esas cosas de mil capas farragosas y marketinianas.

Mas deben añadir en la categoría de orfebre supremo, mayestático a quien hace mucho y precioso con muy pocos elementos. Los cesteros, los toneleros. Y Jonathan Richman, que le da en la cara a todos los autores pop que “menos pedales y más buenas ideas”. Añadan también a Lachlan Denton (“el Denton” para quienes nos liamos con su nombre).

No querría para mis adentros las inspiraciones de sus discos, trágicas en mayor o menor medida, pero abrazaría con el amor de un perrete perdido sus canciones. Su forma de entender el pop, (sencillo, directo, más sencillo aún, un punteo, fin) está en las antípodas, nunca mejor dicho, de lo que hoy bulle en las mentes juveniles. Pero está muy cerca de lo que bullía en las nuestras hace varios lustros, cuando pasar de Re a Sol daba para un buen rato.

El concierto de Denton, demasiado breve pero bellamente irrepetible, elevó las ya hermosas canciones de su último disco hacia un mundo mejor. No debe mancharse con palabras la preciosa sensación que tuvimos, así que por eso sacamos la metralleta de ideas y unimos flores para hacer ramos buscando jugar con su paso por Donostia: El ramillete de las gemas pequeñitas, el de la sencillez reconfortante, el de la simplicidad impactante. El de la insultante juventud – los músicos no llegaban a los 25 años-.

Ese cosmos que se permite quemar el hit arrancando el concierto con él. El planeta de la envidia creativa, la felicidad tontuna, la satisfacción personal, el júbilo/jubileo de compartirlo en un garito, la adicción rejuvenecedora de la naturalidad y la franqueza. Tan bueno fue lo suyo que el evento posterior de Cool Sounds, backing band en los temas de Lachlan, quedó en una cosa jibarizada y regulera que nos permitió comentar lo bueno, buenísimo, que había sido el primer acto.

La esperanza verde

Ahí sales. Con un pelo horrible. A veces sobrio. Otras en un sitio que no has vuelto a pisar. “Tus recuerdos en Facebook. Querido, tú nos importas, al igual que los recuerdos que compartes aquí. Pensamos que te gustaría mirar esta publicación de hace 13 años”. Y sale la portada del “Cannibal Sea”, aquel magnífico disco de The Essex Green. Entras en el juego. “Compartir en tu muro”. La foto vuelve a tu vida de manera temporal. Con un comentario añadido, quien sabe si con envidia. “Qué gozada ver que el grupo sigue vivo y coleando. Menudo concierto ayer en el Dabadaba”.

Sabes que no es la gran cita que hará que los jóvenes -ahora a otras cosas- cojan sus guitarras, que la gente invierta en cuerdas ni el pistoletazo que hará que tu marchita carrera se vuelva a poblar de llamadas buscando actuaciones. No habrá portada de revistas, ni destacados en las webs. Pero déjate de stories. Esa es tu vida, no?

El grupo de Brooklyn, paradigma pop de aquella maravillosa amalgama imposible llamada The Elephant Six Collective, ha publicado hace poco – 2018, 12 años después de su penúltimo disco- una estupenda selección de cortes llamada Hardly Electronic. Una llamada a la felicidad contagiosa, las edificaciones pop clásicas y las carreras creativas bien entonadas e hidratadas. Puntos en los que se han perdido otras bandas de mayor renombre. No hace falta rascar mucho para saber de quién hablo

Pero ahí retornan ellos, con la bella voz de Sasha Bell – seudomilenials: no la participante de Rupaul, aquí hablamos de la cantante- y el contrapunto cercano de Chris Ziter. Con canciones que tiran del folk de la Costa Oeste, saben sumergirse en la sicodelia más floreada/menos ácida, emular a los Carpenters para luego brincar sobre las estructuras o, pena que muy desafinado, clonarse en Gram Parsons. Manteniendo, y esto quiero destacar a estas edades, estas carreras interrumpidas y estos bagajes, la capacidad de sorpresa y atracción.

Con un Jeff Baron (¿o era Joan Colomo?) absolutamente encantado en su rol de guitar hero (con el beneplácito de un volumen demasiado presente) y un bajista que se olía desde Tolosa que era miembro del grupo antes de subirse al escenario, la banda demostró muchas cosas. La primera: que hay calidad como para despistarte de su carrera y acabar encantado con lo visto. Seguimos: Que no hace falta tirar de melancolía para satisfacer tus ansias de buenas canciones. Vamos acabando: The Essex Green siempre estarán en nuestro equipo, el de los partidos al sol, los menús caseros llenos de buenos estribillos y mejores coros y la belleza de la sencillez. Y Fin: Quedan fechas por España. Id a verles, merece mucho la pena.

PD: No dejéis entrar a los angloparlantes a los conciertos. Les da por hablar con la banda, que se lanza a hacer muchas bromas en ese idioma y nos perdemos cosa fina en el trayecto…