La mejor banda del mundo (a tiempo parcial)

Desde Diciembre de 2008 llevaba sin ver a Lisabö en directo. Aquel concierto de la irundarra Sala Tunk fue la última de las paradas de un viaje que comenzó en la sala Mogambo allá por los primeros 2000: recuerdo que al acabar aquel concierto dejé de lado las buenas palabras habituales y a la pregunta de “¿Qué te ha parecido el concierto?” respondí, casi temblando, “me ha acojonado de miedo”.

Ahora tocaba volver al terror. En plaza anexa, Mosku/Irún. La segunda casa de estos fronterizos. Quizás por eso cuando ayer Karlos Osinaga daba las gracias a su gente, a su barrio, al sitio por donde han trasnochado toda la vida hiciera malo o bueno, uno las entendía de puro corazón. Yo estaba nervioso, como cuando esperas una ola muy grande después de haber sacado la cabeza del agua. No es habitual esa sensación tras casi más de 800 conciertos a mis espaldas. Pero se agradece como el primer día.

Lisabö tiene un arte al alcance de muy pocos. Tensan, gritan, golpean, aturden, violentan y despiertan. Su labor no es emperifollarse sino demostrar que la creatividad no se enmohece con los años. Consiguen que quieras más volumen siempre, que sueñes con abrazar el bafle. Sus golpes y contrastes son unas vitaminas extra para tu caminar cada día más cansado. En Irun lo volvieron a demostrar, sobre todo cuando la formación alcanzaba la forma de dos tríos, con la guitarra, bajo y batería repetidos. “Es cosa de frecuencias”, me dijo un compañero de evento. Y sin poder entrarle al detalle, me respondí mentalmente que sí.

Porque ellos activan partes del cuerpo dormidas. Ellos inspiran, te hacen vibrar, te dan envidia por cuestiones creativas, te hacen replantearte cosas aunque estés en las antípodas sonoras. Ellos saben convivir con las explosiones de energía, la poesía del grito, la belleza del estallido. Y nos ofrecen el resultado en la palma de la mano para que las saboreemos. Lisabö nos hace soñar con las posibilidades de un grupo (queda demostrado que son la mejor banda del mundo a tiempo parcial), con la independencia en las decisiones y publicaciones, con la creatividad elaborada y cabreada – quizás por eso cuando cantó Eneko BAP ayer la cosa bajo algo de intensidad. Por el simple hecho de cantar-.

Volví a salir del concierto acojonado, aterrorizado. Pero ahora en el cuerpo de un niño tras el túnel del terror, repleto de satisfacción. Con ganas, y esto es nuevo, de ponerme un disco suyo en casa. Más allá del pavor sonoro es el momento de disfrutarles en la rabia bajo techo. Y a esperar que no pasen once años para volver a encontrarnos.

Esa gente que hace del pop un mundo más bonito

Persona que tiene por oficio hacer o vender objetos artísticos de oro, plata u otros metales preciosos. “ La definición de orfebre se queda corta, cutre, incompleta, prerrománica. Habría que meter las canciones de algunos grupos. Sé que la cabeza les tirará para TIMO Impala y esas cosas de mil capas farragosas y marketinianas.

Mas deben añadir en la categoría de orfebre supremo, mayestático a quien hace mucho y precioso con muy pocos elementos. Los cesteros, los toneleros. Y Jonathan Richman, que le da en la cara a todos los autores pop que “menos pedales y más buenas ideas”. Añadan también a Lachlan Denton (“el Denton” para quienes nos liamos con su nombre).

No querría para mis adentros las inspiraciones de sus discos, trágicas en mayor o menor medida, pero abrazaría con el amor de un perrete perdido sus canciones. Su forma de entender el pop, (sencillo, directo, más sencillo aún, un punteo, fin) está en las antípodas, nunca mejor dicho, de lo que hoy bulle en las mentes juveniles. Pero está muy cerca de lo que bullía en las nuestras hace varios lustros, cuando pasar de Re a Sol daba para un buen rato.

El concierto de Denton, demasiado breve pero bellamente irrepetible, elevó las ya hermosas canciones de su último disco hacia un mundo mejor. No debe mancharse con palabras la preciosa sensación que tuvimos, así que por eso sacamos la metralleta de ideas y unimos flores para hacer ramos buscando jugar con su paso por Donostia: El ramillete de las gemas pequeñitas, el de la sencillez reconfortante, el de la simplicidad impactante. El de la insultante juventud – los músicos no llegaban a los 25 años-.

Ese cosmos que se permite quemar el hit arrancando el concierto con él. El planeta de la envidia creativa, la felicidad tontuna, la satisfacción personal, el júbilo/jubileo de compartirlo en un garito, la adicción rejuvenecedora de la naturalidad y la franqueza. Tan bueno fue lo suyo que el evento posterior de Cool Sounds, backing band en los temas de Lachlan, quedó en una cosa jibarizada y regulera que nos permitió comentar lo bueno, buenísimo, que había sido el primer acto.

La esperanza verde

Ahí sales. Con un pelo horrible. A veces sobrio. Otras en un sitio que no has vuelto a pisar. “Tus recuerdos en Facebook. Querido, tú nos importas, al igual que los recuerdos que compartes aquí. Pensamos que te gustaría mirar esta publicación de hace 13 años”. Y sale la portada del “Cannibal Sea”, aquel magnífico disco de The Essex Green. Entras en el juego. “Compartir en tu muro”. La foto vuelve a tu vida de manera temporal. Con un comentario añadido, quien sabe si con envidia. “Qué gozada ver que el grupo sigue vivo y coleando. Menudo concierto ayer en el Dabadaba”.

Sabes que no es la gran cita que hará que los jóvenes -ahora a otras cosas- cojan sus guitarras, que la gente invierta en cuerdas ni el pistoletazo que hará que tu marchita carrera se vuelva a poblar de llamadas buscando actuaciones. No habrá portada de revistas, ni destacados en las webs. Pero déjate de stories. Esa es tu vida, no?

El grupo de Brooklyn, paradigma pop de aquella maravillosa amalgama imposible llamada The Elephant Six Collective, ha publicado hace poco – 2018, 12 años después de su penúltimo disco- una estupenda selección de cortes llamada Hardly Electronic. Una llamada a la felicidad contagiosa, las edificaciones pop clásicas y las carreras creativas bien entonadas e hidratadas. Puntos en los que se han perdido otras bandas de mayor renombre. No hace falta rascar mucho para saber de quién hablo

Pero ahí retornan ellos, con la bella voz de Sasha Bell – seudomilenials: no la participante de Rupaul, aquí hablamos de la cantante- y el contrapunto cercano de Chris Ziter. Con canciones que tiran del folk de la Costa Oeste, saben sumergirse en la sicodelia más floreada/menos ácida, emular a los Carpenters para luego brincar sobre las estructuras o, pena que muy desafinado, clonarse en Gram Parsons. Manteniendo, y esto quiero destacar a estas edades, estas carreras interrumpidas y estos bagajes, la capacidad de sorpresa y atracción.

Con un Jeff Baron (¿o era Joan Colomo?) absolutamente encantado en su rol de guitar hero (con el beneplácito de un volumen demasiado presente) y un bajista que se olía desde Tolosa que era miembro del grupo antes de subirse al escenario, la banda demostró muchas cosas. La primera: que hay calidad como para despistarte de su carrera y acabar encantado con lo visto. Seguimos: Que no hace falta tirar de melancolía para satisfacer tus ansias de buenas canciones. Vamos acabando: The Essex Green siempre estarán en nuestro equipo, el de los partidos al sol, los menús caseros llenos de buenos estribillos y mejores coros y la belleza de la sencillez. Y Fin: Quedan fechas por España. Id a verles, merece mucho la pena.

PD: No dejéis entrar a los angloparlantes a los conciertos. Les da por hablar con la banda, que se lanza a hacer muchas bromas en ese idioma y nos perdemos cosa fina en el trayecto…

La belleza de las esquinas

ibon rg

En lo que pronto será, nuevas leyes mediante, un escenario para un cortometraje que hable sobre el pasado cultural de nuestra región actuó ayer el artista sestaotarra Ibon RG (o “errege”, “rey”, como tuvo a bien presentarle el speaker inicial). La Bodega, taberna hernaniarra que aún aguanta los envites turísticos de los sidreros, se engalanó para una de las pocas citas culturales que a día de hoy organiza. Pocas, sí, pero muy selectas.

Ibon, hasta ahora lugarteniente de grandes autores (Mursego, Xabier Montoia) y con una magna carrera en los mundos de la improvisación y la experimentación ajena a los ojos más mundanos, acaba de publicar “Hil Zara”, disco doble que reparte sus vinilos entre los cantos a capela y las canciones de ligera instrumentación.

Un concepto que en el homenaje a Artze  y marcado por su sombra, resultó más… ¿violento? ¿extremo? pero que en La Bodega, ya (con)centrado, fue una auténtica maravilla. Porque Ibon ha hecho un disco distinto. Precioso. Y no tan agresivo en directo como se pudiera intuir. Es puro, en el sentido de crudo y sencillo. Sushi para nuestros oídos.

El autor alternó sus sones entre sentadillas al piano y erguidas vocalizaciones puras (+ algunos sonidos que venían de un cliente jugando al «bingo» del bar). Y es en los bordes, las esquinas, donde más se goza de Ibon – y de la vida-. Por distinto, por elegante, arriesgado, vivo y propio. Con unos cantos sin micro en los que su cuerpo también habla, farfulla, se contorsiona ligeramente, tararea o modula. Con una gran voz, recia, potente, que permite que sus entrañas hablen. Tripas que a veces aúllan y otras reconfortan con un pop maravilloso. A veces lo que nos estimula es escapar de lo habitual, y ahí está Ibon para acompañarnos.

Quienes sufrimos de “horror vacui” interpretativo llenamos los huecos que quedaban más allá de su tono para imaginar cantos rusos, operas, coplas y otros estilos que el pueblo llano ha empleado para expresar sus inquietudes. La cosa funcionaba, como funciona si no haces nada de eso, te paras a disfrutarlo y te lanzas a las raíces de la Euskadi tradicional, esa que, de alguna manera, ibon está retocando, amoldando e implosionando con sus nuevas pedaladas. Con sencillez y franqueza. Inspirado(r). Sin imposturas ni efectos añadidos. Por eso (también) se disfruta de sus conciertos. Ibon ha levantado la mano y nos saluda con este primer álbum que permitirá un placer sano y excitante.

Si eres autor y no sales de uno de sus conciertos queriendo que Ibon te produzca el siguiente disco es que no tienes sangre. Ahora tocará preguntarle a él cómo se pronuncia bien su nombre artístico, y añadirle en la nueva remezcla o versión de «eusnob».

Ibon Rg “Hil Zara” se puede adquirir en Repetidor y en los conciertos del autor

Canciones de amor en asientos ocupados

FERNANDO ALFARO – Gente Abollada (Surfin’ Bichos) from Jabi on Vimeo.

Cuál bella es la calma, heredada o natural. Qué preciosidad es disfrutar de las cosas sencillas, directas, cercanas y amables en su exposición. Ese viaje por la gran ciudad en una compañía deseada y voluntaria. Esas confidencias de radio corto y largo alcance. Frente a los grandes titulares, los goles y sus repeticiones o la enésima manifestación de tirón mediático, los actos pequeños, coquetos y humanos – en su expresividad- se disfrutan como pequeños secretos y grandes victorias.

Este fin de semana tuvimos dos de esos botines en Dabadaba, un emplazamiento que hace unos meses cogió hechuras de gran local pero que sabe también convertirse en palacio de intimidad, con sus hileras de sillas y gente atenta y callada.

Arrancamos con un autor que ha perdido enchufes para esta gira sin que se haya notado mella. Qué bellas son todas las canciones cuando tienen buenas letras, sean éstas desgarradoras o amantísimas. Fernando Alfaro, vestido cual Erentxun pero con un anuario mucho más lacerante, llegó con su Martin, unas gafas y un puñado de soberbias canciones a emocionarnos a todos los presentes. Sincero sin llegar al dolor, abierto en las explicaciones que complementaban de manera perfecta las canciones que sonarían a continuación, el albaceteño repasó su amplia y aplaudible trayectoria con entereza y calidad.

Gustó que las canciones se amoldaran al golpeo emocional del cantante, un estilo en el que, curiosamente, no brillaron “Fuerte” o “Magic”. Mejor para nosotros, porque todo el resto de los 90 minutos, antiguos y nuevos, nos llegaron como nacieron. Eso no es ni mejor ni peor, que la electricidad nos gusta más que a Franklin, pero gozar de esas letras, rotas y emocionantes, repletas de amor en forma y ausencia, tan desnudas de artificio, tan explosivas en su entonar, fue un lujo para los presentes.

Y un presente para los lujosos – asistentes- fue la actuación de Los Hermanos Cubero, delicioso rara avis de la escena popular nacional. Sindicalistas en los fraseos, divertidos en el navegar melódico, con los dos pies en la tradición castellana, todo se magnifica – del verbo “hacerse magnífico”- cuando defienden las canciones de su último disco.

No debe ser fácil incluir esas tonadas nacidas del dolor en la lista de cada noche, pero lo hacen con acierto y a cuentagotas. Hasta sería comprensible que capitanearan toda la actuación, sabedores de que es su último CD y que bien podemos ir a escucharlas. Pero los hermanos, los autores, solo quieren asomarse a ellas. Tampoco debe ser sencillo cantarlas. Uno rompe a llorar cuando suenan, y la banda se encarga después de defender la belleza de la vida, la alegría de los tonos del pueblo llano y la retranca de las líricas populares. Haciendo que sus conciertos te atrapen por fuera y por dentro aunque tampoco seas fan de estos cantares antiguos – modernizados o no-