La esperanza verde

Ahí sales. Con un pelo horrible. A veces sobrio. Otras en un sitio que no has vuelto a pisar. “Tus recuerdos en Facebook. Querido, tú nos importas, al igual que los recuerdos que compartes aquí. Pensamos que te gustaría mirar esta publicación de hace 13 años”. Y sale la portada del “Cannibal Sea”, aquel magnífico disco de The Essex Green. Entras en el juego. “Compartir en tu muro”. La foto vuelve a tu vida de manera temporal. Con un comentario añadido, quien sabe si con envidia. “Qué gozada ver que el grupo sigue vivo y coleando. Menudo concierto ayer en el Dabadaba”.

Sabes que no es la gran cita que hará que los jóvenes -ahora a otras cosas- cojan sus guitarras, que la gente invierta en cuerdas ni el pistoletazo que hará que tu marchita carrera se vuelva a poblar de llamadas buscando actuaciones. No habrá portada de revistas, ni destacados en las webs. Pero déjate de stories. Esa es tu vida, no?

El grupo de Brooklyn, paradigma pop de aquella maravillosa amalgama imposible llamada The Elephant Six Collective, ha publicado hace poco – 2018, 12 años después de su penúltimo disco- una estupenda selección de cortes llamada Hardly Electronic. Una llamada a la felicidad contagiosa, las edificaciones pop clásicas y las carreras creativas bien entonadas e hidratadas. Puntos en los que se han perdido otras bandas de mayor renombre. No hace falta rascar mucho para saber de quién hablo

Pero ahí retornan ellos, con la bella voz de Sasha Bell – seudomilenials: no la participante de Rupaul, aquí hablamos de la cantante- y el contrapunto cercano de Chris Ziter. Con canciones que tiran del folk de la Costa Oeste, saben sumergirse en la sicodelia más floreada/menos ácida, emular a los Carpenters para luego brincar sobre las estructuras o, pena que muy desafinado, clonarse en Gram Parsons. Manteniendo, y esto quiero destacar a estas edades, estas carreras interrumpidas y estos bagajes, la capacidad de sorpresa y atracción.

Con un Jeff Baron (¿o era Joan Colomo?) absolutamente encantado en su rol de guitar hero (con el beneplácito de un volumen demasiado presente) y un bajista que se olía desde Tolosa que era miembro del grupo antes de subirse al escenario, la banda demostró muchas cosas. La primera: que hay calidad como para despistarte de su carrera y acabar encantado con lo visto. Seguimos: Que no hace falta tirar de melancolía para satisfacer tus ansias de buenas canciones. Vamos acabando: The Essex Green siempre estarán en nuestro equipo, el de los partidos al sol, los menús caseros llenos de buenos estribillos y mejores coros y la belleza de la sencillez. Y Fin: Quedan fechas por España. Id a verles, merece mucho la pena.

PD: No dejéis entrar a los angloparlantes a los conciertos. Les da por hablar con la banda, que se lanza a hacer muchas bromas en ese idioma y nos perdemos cosa fina en el trayecto…

La belleza de las esquinas

ibon rg

En lo que pronto será, nuevas leyes mediante, un escenario para un cortometraje que hable sobre el pasado cultural de nuestra región actuó ayer el artista sestaotarra Ibon RG (o “errege”, “rey”, como tuvo a bien presentarle el speaker inicial). La Bodega, taberna hernaniarra que aún aguanta los envites turísticos de los sidreros, se engalanó para una de las pocas citas culturales que a día de hoy organiza. Pocas, sí, pero muy selectas.

Ibon, hasta ahora lugarteniente de grandes autores (Mursego, Xabier Montoia) y con una magna carrera en los mundos de la improvisación y la experimentación ajena a los ojos más mundanos, acaba de publicar “Hil Zara”, disco doble que reparte sus vinilos entre los cantos a capela y las canciones de ligera instrumentación.

Un concepto que en el homenaje a Artze  y marcado por su sombra, resultó más… ¿violento? ¿extremo? pero que en La Bodega, ya (con)centrado, fue una auténtica maravilla. Porque Ibon ha hecho un disco distinto. Precioso. Y no tan agresivo en directo como se pudiera intuir. Es puro, en el sentido de crudo y sencillo. Sushi para nuestros oídos.

El autor alternó sus sones entre sentadillas al piano y erguidas vocalizaciones puras (+ algunos sonidos que venían de un cliente jugando al “bingo” del bar). Y es en los bordes, las esquinas, donde más se goza de Ibon – y de la vida-. Por distinto, por elegante, arriesgado, vivo y propio. Con unos cantos sin micro en los que su cuerpo también habla, farfulla, se contorsiona ligeramente, tararea o modula. Con una gran voz, recia, potente, que permite que sus entrañas hablen. Tripas que a veces aúllan y otras reconfortan con un pop maravilloso. A veces lo que nos estimula es escapar de lo habitual, y ahí está Ibon para acompañarnos.

Quienes sufrimos de “horror vacui” interpretativo llenamos los huecos que quedaban más allá de su tono para imaginar cantos rusos, operas, coplas y otros estilos que el pueblo llano ha empleado para expresar sus inquietudes. La cosa funcionaba, como funciona si no haces nada de eso, te paras a disfrutarlo y te lanzas a las raíces de la Euskadi tradicional, esa que, de alguna manera, ibon está retocando, amoldando e implosionando con sus nuevas pedaladas. Con sencillez y franqueza. Inspirado(r). Sin imposturas ni efectos añadidos. Por eso (también) se disfruta de sus conciertos. Ibon ha levantado la mano y nos saluda con este primer álbum que permitirá un placer sano y excitante.

Si eres autor y no sales de uno de sus conciertos queriendo que Ibon te produzca el siguiente disco es que no tienes sangre. Ahora tocará preguntarle a él cómo se pronuncia bien su nombre artístico, y añadirle en la nueva remezcla o versión de “eusnob”.

Ibon Rg “Hil Zara” se puede adquirir en Repetidor y en los conciertos del autor

Canciones de amor en asientos ocupados

FERNANDO ALFARO – Gente Abollada (Surfin’ Bichos) from Jabi on Vimeo.

Cuál bella es la calma, heredada o natural. Qué preciosidad es disfrutar de las cosas sencillas, directas, cercanas y amables en su exposición. Ese viaje por la gran ciudad en una compañía deseada y voluntaria. Esas confidencias de radio corto y largo alcance. Frente a los grandes titulares, los goles y sus repeticiones o la enésima manifestación de tirón mediático, los actos pequeños, coquetos y humanos – en su expresividad- se disfrutan como pequeños secretos y grandes victorias.

Este fin de semana tuvimos dos de esos botines en Dabadaba, un emplazamiento que hace unos meses cogió hechuras de gran local pero que sabe también convertirse en palacio de intimidad, con sus hileras de sillas y gente atenta y callada.

Arrancamos con un autor que ha perdido enchufes para esta gira sin que se haya notado mella. Qué bellas son todas las canciones cuando tienen buenas letras, sean éstas desgarradoras o amantísimas. Fernando Alfaro, vestido cual Erentxun pero con un anuario mucho más lacerante, llegó con su Martin, unas gafas y un puñado de soberbias canciones a emocionarnos a todos los presentes. Sincero sin llegar al dolor, abierto en las explicaciones que complementaban de manera perfecta las canciones que sonarían a continuación, el albaceteño repasó su amplia y aplaudible trayectoria con entereza y calidad.

Gustó que las canciones se amoldaran al golpeo emocional del cantante, un estilo en el que, curiosamente, no brillaron “Fuerte” o “Magic”. Mejor para nosotros, porque todo el resto de los 90 minutos, antiguos y nuevos, nos llegaron como nacieron. Eso no es ni mejor ni peor, que la electricidad nos gusta más que a Franklin, pero gozar de esas letras, rotas y emocionantes, repletas de amor en forma y ausencia, tan desnudas de artificio, tan explosivas en su entonar, fue un lujo para los presentes.

Y un presente para los lujosos – asistentes- fue la actuación de Los Hermanos Cubero, delicioso rara avis de la escena popular nacional. Sindicalistas en los fraseos, divertidos en el navegar melódico, con los dos pies en la tradición castellana, todo se magnifica – del verbo “hacerse magnífico”- cuando defienden las canciones de su último disco.

No debe ser fácil incluir esas tonadas nacidas del dolor en la lista de cada noche, pero lo hacen con acierto y a cuentagotas. Hasta sería comprensible que capitanearan toda la actuación, sabedores de que es su último CD y que bien podemos ir a escucharlas. Pero los hermanos, los autores, solo quieren asomarse a ellas. Tampoco debe ser sencillo cantarlas. Uno rompe a llorar cuando suenan, y la banda se encarga después de defender la belleza de la vida, la alegría de los tonos del pueblo llano y la retranca de las líricas populares. Haciendo que sus conciertos te atrapen por fuera y por dentro aunque tampoco seas fan de estos cantares antiguos – modernizados o no-

Leah Senior: la belleza del miércoles


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Menuda vida loca la del 2019. Un no parar. Virtual, digo. Enfados mayúsculos todos los días, cosas que hay que ver para estar al tanto de la actualidad, urgencias, mosqueos, broncas, hilos, virales. El cielo o la tumba. Mayúsculo u horrible. El mejor evento de mi vida o una bazofia inmunda. Todo es sábado noche, arriba, arriba, camisa, colonia. O lunes a primera hora, dejadme en paz.

Por eso se agradecen los miércoles. Por eso hay que defenderlos. Es nuestro espacio natural, real, el día en mitad de la semana en la que puede tranquilamente no pasar nada. Debe no pasar nada. Por eso son dignos de aplauso. Y máxime en el Dabadaba. Sobre todo cuando se viste con sillas y aquello alcanza la confianza del microteatro. Sobre el escenario una cantante, a veces con 12 cuerdas de compañía. Leah Senior, desde Australia. En perfecto inglés australiano – bromearía sobre eso en la velada-. Tocando temas folk. De miércoles.

Una cantante agradecida, dicharachera (pero sin pasarse) entre temas. Amante de las formas clásicas, las calmadas y arpegiadas, esas que te tienen 50 minutos en una cocina con una guitarra y tomando café para parir canciones . Hija, nieta, seguidora davidiana de Jackson C Frank – a quién homenajea- o las Ladies of the Canyon. Creadora que azuza las lágrimas en su ataque a la versión de Big Star. Folkie de vieja escuela, preciosista y brillante en ocasiones sin necesitar serlo siempre, defensora de los aciertos por los que no pasan los años y autora con el gusto, gustazo, de tocar 35-40 minutos y pirarse. Como tiene que ser, hostia, pesados.

Por todo eso y más arranca el jueves soleado aunque llueva, paseante entre coches, despierto y vivo. Calmado y observador. “bonito”, porque ese también es un adjetivo pleno. Inspirador en su normalidad. Sin maquillar. Fin del tecleo. Venga, vamos a pegarnos ya ahí fuera.

Marc Ribot´s Ceramic Dogs: Buenavixta Social Club

Buenavixta Social Club

Decidió la UNESCO hace ya unos años que el 30 de abril sería el Día Internacional Del Jazz, celebración cuya reunión central va correteando por el mapa cada año (en 2019 en Sydney, este año en San Petesburgo) y que tuvo una excelsa celebración en nuestra pequeña ciudad de veraneos jazzys. Nada menos que Marc Ribot y sus Ceramic Dogs. Y en el Club del Victoria Eugenia, ahí es nada. Lo más cerca que voy a estar jamás de una fiesta de un oligarca ruso, al menos en cuestión de inmediación y calidad.

La fiesta contó con la presentación de Miguél Martín, el cónsul de esta rama musical en Donostia, que presentó a Ribot como el Byerley Turk del jazz, el Darley Arabian de la improvisación y el Godolphin Arabian de la creatividad. Uno de los puntos centrales del árbol genealógico de los pura sangres que, en la cita guipuzcoana, volvió a mostrarse excelso sin poder explicar muy bien porqué.

Quien explicó bastante bien su primera visita a nuestra urbe fue el propio Ribot, que con esa pinta de profesor desordenado recordó cómo un vendaval de viento y agua tumbó su actuación en un Jazzaldia. Por lo que, siendo exactos, esta debía ser su primera visita cerámica a nuestra ciudad. Es un poco lo que les pasa a sus seguidores, que siempre asisten al primer concierto de Ribot. O ese es el poso de emoción que deja el jodido, quien con 63 años se ha puesto  la chupa de cuero y se has cascado su “Oda para Mogambo Trintxerpe” o la “Sinfonía para casa ocupada Buenavixta”.

YRU Still Here?” es un disco macarra, mucho más que lo escuchado en su concierto. Es un CD cabreado, agreste, de líricas atacantes contra muchas cosas que le/nos disgustan. Claro que, en este caso también, lo recogido en ese álbum no es mas que un episodio en la vida de una banda. Un recorrido que varía, cambia, muta y se enriquece a cada evento, siempre con espacios para la improvisación y la metamorfosis, el cambio de énfasis y la incrustación de nuevos ímpetus. Siendo capaz de flipar a eruditos y recién llegados por igual.

Y no es divinización, no. Es simplemente caer rendido ante lo escuchado, sentirse atrapado por los sonidos, maravillado por los hilos secretos de la creatividad musical. La abundancia de compositores locales en el evento, atentos a las energías porque los golpeos quizás no importen tanto, tomó buena nota sin saberlo. Pronto en sus canciones, rockeras, folk o instrumentales, brotará alguna idea de las escuchadas o una mutación de las mismas. Y esa es la magia de la música, se toque ante 3 personas o en 30 estadios. Menos mal que no pasó nada en la Sala Club, porque sino buena parte de los conciertos vascos de los próximos 20 años se iban a celebrar con hologramas sobre el escenario.

Sería casi baldío explicarles que los Ceramic tocaron esta canción o esta otra, porque mañana será distinta en parte o en su totalidad. Pero será igual de subyugante, idéntica en su atracción, maravillosa en su libertad. Gozosa hasta la elevación. Algo fallera en la percusión, vale. Pero es maravilloso ver a Marc Ribot en cualquiera de sus formaciones. Demuestra, desde esa aparente informalidad, que la genialidad no se encuentra en la recreación sino en la libertad.