Las cosas del querer – y no poder-

Un tipo con un antifaz y vestido como Elvis Presley. Ya solo el cartel te indica que el tema va a acabar mal. Fatal. Peor que un congreso de Podemos en una convención de Juego de Tronos. “Orion” es un gran ejemplo de esto, y del trabajo del cartelista en cualquiera de las formas. Pasada la portada y apretado el play, todo es de una bajona mayúscula. Un descenso a los infiernos por cualquiera de los toboganes que elijas.

El primero, principal y más relevante es el del protagonista, Jimmy Ellis, que busca hacerse un hueco en el mundo de la canción con la pega de que su voz es muy particular. Salvo ese detalle flotador del posible árbol genealógico, un puntazo, todo lo demás es una foto del querer y no poder. Por la pinta, por el tono vocal, por las concesiones, por el deseo de fama, por el funcionamiento del mercado musical mayorista. En Estados unidos puedes ser lo que te propongas. Y eso incluye ser un fracasado.

Claro que todo mejora si a tu lado viajan los apandadores. El manager y el jefe de su discográfica mundialmente conocida son una máquina de esquilmar pollos y ven en Ellis una forma sutil pero constante de seguir ganando pasta rejuveneciendo el viejo catálogo e intentando vender la misma moto pero con distinto carenado.

A mí Ellis me da mucha pena. Hace lo que quiere y lo que desea, pero “si más allá de los 40 no has tenido éxito quizás sea el momento de dedicarte a otra cosa”, como dicen en el film. Y al chaval ese número le debió parecer bajo. El final es trágico, pero casi es lo de menos con esta vida de frustración, frenos y abusos comerciales.

Acampa en las campas de Kalegorrian

Recién susedido el Usopop, el festival más bonito del mundo (o casi) que anuncia un hiato de esos tras diez años en marcha, retorna a nuestra agenda el festival guipuzcoano más bonito del mundo (o casi).

Kale Gorrian se celebra en unas campas, como todo acto vasco de pro, situadas en el barrio Santa Barbara de Urretxu. Idílico emplazamiento para toda la familia, con su tasca guapa, su parroquia para rezos de resaca y sus vistas a cosas verdes y veredes.

Este año, más allá de un cartel espamódicamente elegante, anuncian novedades. Habrá zona de acampada para que aparques tu Transit maqueada o tu caravana de Las Landas. Además anuncia sol, y buen tiempo

La lista de actividades es de aúpa, como en todas las ediciones anteriores. Be there or be dead.

Casi nada está bien

Llego con ganas al “Todo está bien” de Daniel Ruiz García. Un libro breve que trata de sacar una foto a una noche electoral y su posterior resaca. “La perfecta conjunción de sexo, política y otros excesos en la España más canalla” que anuncia su promo no pasa de canallita, la verdad. Es el salir hasta las 2 am del cuarentón.

Y mira que tiene muchos espacios a los que asirse: la política, la nocturnidad, el periodismo de raza, las redes sociales. Pero a todos se asoma sin posarse, quien sabe si por la brevedad de esta obra menor -al menos en lo que a extensión se refiere-.

Con todo el lujo de detalles que puede tener obras más visuales (y por tanto, más pobres) como The Newsroom, Deuce y, si me apuran, Vota Juan, este “todo está bien” se queda en frase de pasillo de hospital, en respuesta superficial, en entretenimiento ligero. Es una foto que se toma de lejos y se amplia para ver de cerca, desbordándose de pixels. Se lee rápido y bien, pero se despista de igual forma. Una pena

La esperanza verde

Ahí sales. Con un pelo horrible. A veces sobrio. Otras en un sitio que no has vuelto a pisar. “Tus recuerdos en Facebook. Querido, tú nos importas, al igual que los recuerdos que compartes aquí. Pensamos que te gustaría mirar esta publicación de hace 13 años”. Y sale la portada del “Cannibal Sea”, aquel magnífico disco de The Essex Green. Entras en el juego. “Compartir en tu muro”. La foto vuelve a tu vida de manera temporal. Con un comentario añadido, quien sabe si con envidia. “Qué gozada ver que el grupo sigue vivo y coleando. Menudo concierto ayer en el Dabadaba”.

Sabes que no es la gran cita que hará que los jóvenes -ahora a otras cosas- cojan sus guitarras, que la gente invierta en cuerdas ni el pistoletazo que hará que tu marchita carrera se vuelva a poblar de llamadas buscando actuaciones. No habrá portada de revistas, ni destacados en las webs. Pero déjate de stories. Esa es tu vida, no?

El grupo de Brooklyn, paradigma pop de aquella maravillosa amalgama imposible llamada The Elephant Six Collective, ha publicado hace poco – 2018, 12 años después de su penúltimo disco- una estupenda selección de cortes llamada Hardly Electronic. Una llamada a la felicidad contagiosa, las edificaciones pop clásicas y las carreras creativas bien entonadas e hidratadas. Puntos en los que se han perdido otras bandas de mayor renombre. No hace falta rascar mucho para saber de quién hablo

Pero ahí retornan ellos, con la bella voz de Sasha Bell – seudomilenials: no la participante de Rupaul, aquí hablamos de la cantante- y el contrapunto cercano de Chris Ziter. Con canciones que tiran del folk de la Costa Oeste, saben sumergirse en la sicodelia más floreada/menos ácida, emular a los Carpenters para luego brincar sobre las estructuras o, pena que muy desafinado, clonarse en Gram Parsons. Manteniendo, y esto quiero destacar a estas edades, estas carreras interrumpidas y estos bagajes, la capacidad de sorpresa y atracción.

Con un Jeff Baron (¿o era Joan Colomo?) absolutamente encantado en su rol de guitar hero (con el beneplácito de un volumen demasiado presente) y un bajista que se olía desde Tolosa que era miembro del grupo antes de subirse al escenario, la banda demostró muchas cosas. La primera: que hay calidad como para despistarte de su carrera y acabar encantado con lo visto. Seguimos: Que no hace falta tirar de melancolía para satisfacer tus ansias de buenas canciones. Vamos acabando: The Essex Green siempre estarán en nuestro equipo, el de los partidos al sol, los menús caseros llenos de buenos estribillos y mejores coros y la belleza de la sencillez. Y Fin: Quedan fechas por España. Id a verles, merece mucho la pena.

PD: No dejéis entrar a los angloparlantes a los conciertos. Les da por hablar con la banda, que se lanza a hacer muchas bromas en ese idioma y nos perdemos cosa fina en el trayecto…

Yo he venido aquí a hablar de su libro

Falleció ayer de parada cardio-respiratoria el escritor y periodista Javier Ortiz. Es algo que él mismo, autor de estas líneas, sabía muy bien que sucedería, y que por eso pudo pronosticar, porque no hay nada más inevitable que morir de parada cardio-respiratoria. Si sigues respirando y el corazón te late, no te dan por muerto”. Ya da rabia tener que empezar un texto llevándole la contraria al autor en su propia necrológica.

Porque es innegable que Javier Ortiz dejó este mundo un abril de hace ahora diez años. Pero su corazón, de alguna manera trasplantado, ha seguido latiendo entre sus familiares, amigos, colegas y seguidores.

Uno de ellos, Mikel Iturria, el “señor lobo” de la cultura de la capital guipuzcoana, se ha tomado su largo tiempo para compilar este Javier Ortiz, talento y oficio de un periodista que anoche se presentaba en su Donostia natal dentro de una larga gira de presentaciones hechas con tanto cariño como elegancia, lujo humano y mimo. No hay más que fijarse en el puesto de merchandising, gestionado en cada ciudad por una librería pequeña, querida y tierna con sus estantes.

La sala de la casa de Cultura de Egia se quedó pequeña para la fecha donostiarra, la cual contó con dos espadas de alto nivel. A la derecha de Iturria, David Fernandez. A su izquierda Garbiñe Biurrun. Tras ellos, una foto del compilado. Arrancó un emocionado Iturria – el final de este largo trabajo de unir y desechar se amplifica cuando toca comentarlo ante los tuyos- recordando a algunos amigos ausentes para más adelante pasar a enumerar algunos de los caminos tomados en este libro, otros atractivos del antiguo director de Opinión de El Mundo y varias y variadas particularidades cercanas.

David Fernandez, ausente la víspera de Barcelona por un “quítame allá una huelga de controladores aéreos”, destacó al primera época de Ortiz, y vanaglorió el tino del periodista y el respeto que siempre mostraba por la libertad de expresión, arrimando el ascua parlanchina a su sardina catalana. Lo normal, ni mucho ni poco. Pero es que Ortiz hace ya 20 años sacaba fotos bien chulas del presente que ahora nos toca vivir. La columna sobre la rebelión es tela marinera. ¡Y es del 95!

Garbiñe Biurrun no entró en tanta harina personal, que la judicatura es menos expresiva, a veces, que la política. Pero supo destacar otros aciertos de Javier Ortiz con cercanía y admiración. Así, entre frases geniales de Oteiza que luego repetimos en el encuentro informal posterior y defensas de la naturaleza humana de Javier Ortiz, un periodista de raza cuando eso parecía implicar una lucha cuerpo a cuerpo.

El ya comentado Meet And Greek posterior fue un placer, mirando a cada lado y viendo gente de alguna manera cercana a tus enfoques culturales y amores tecleantes. Y la plasmación de un drama: cuando te traes a unos invitados tan reconocidos les haces una faena, Iturria. Ni tu ni ellos podéis echar mano de un pintxo sin que decenas de personas quieran saludarte, hablarte, sacarte una foto o comentarte esto o aquello. Tendrás que aprender a vivir con ello, Mikel.