El futuro es verde

Hubo un par de olas orilleras cuando el Dabadaba sacó a la palestra sus increíbles números del 2019. El pequeño, mínimo, remolino tuitero vino por el comentario de algunos usuarios de que apenas se programaba música en euskera en este espacio, recordemos, privado. Algo difícil de concretar cuando son DJs, y algo más comentable cuando son bandas y el idioma elegido. Algunos de los grupos vascos, por ejemplo, eligen el castellano o el inglés para ponerle letras a sus temas. Y otros chillan tanto -Lisabo- o tan bajo – Oso Fan- que da igual en qué canten a niveles estadísticos.

El garito, tan elegante como cuando colocó unos letreros contra cualquier tipo de violencia machista en sus paredes hace ya muchos meses, aceptó la sugerencia y respondió indicando que ampliar las bandas en euskera era uno de sus retos. Los dos llenazos dobles de Zea Mays y Skateitan, gustos aparte, indican que el 2020 avanza en este sentido. Pero donde el Daba siempre añade un valor es cuando su I+D excava y encuentra, más pronto que tarde, oro reluciente. Innumerables los conciertos de los que hemos salido ojipláticos. Ahí es donde la sala se hace única y se distingue de otros txokos públicos.

La (esperemos) penúltima joya descubierta en Dabadaba responde al nombre de Verde Prato, banda unipersonal de la artista Ana Arsuaga, y le tocó pisar el tablado de Egia el pasado viernes. Venía ella, con sus 23 años, a abrir el concierto de Carla Di Forno («di pietra», que es como nos dejó la australiana Buitoni). Mi “muy querida Jenny” me preguntó si “era una de esas lánguidas que tanto te gustan”, y echando cuenta de su bandcamp no tuve del todo claro qué responder. Tenía muy buena pinta, pero no te puedes fiar de las maravillas que graba la gente en el estudio.

Nos costó varios segundos darnos cuenta de que aquello era harina de otro costal. Ni los gestores, salseros y programadores del garito se quisieron perder el estreno. El argentino meneándose en  los tonos más urbanos, el del pelo rizado poniendo en euskera «CONCI DEL AÑO» para tuitearlo, el eterno joven atento a todo lo que pasaba en la sala y sobre ella y el seguidor blanquiazul sin pestañear en exceso mientras se refrescaba el gaznate. A su vera Harry Baden soñaba con colar esa voz en sus canciones.

Porque Ana «Prato» ha conseguido, con dos cacharros y muchísimos estudios académicos, montar un proyecto sencillo, directo, oscuro y terriblemente atractivo. No por los fuegos artificiales ni por el juego de pedales. La belleza puede residir, quien sabe, probablemente, en esa voz celestial digna del certamen de masas corales que se celebra en su Tolosa natal. Cuando subía lo hacia en calma, como Kate Bush en sus discos o Kilian Jornet en el Aconcagua, como si fuera facil llegar a esos tonos sin moverse un pelo del tono. Cuando bajaba mantenía esa misma entonación perfecta.

Más allá de lo tangible, vayamos a lo sugerente: sus canciones. Asentada en el folk, sus canciones podían arrimarse a Rosalía, desperezar el cancionero carnavalero, soltarse a capela, oscurecerse como Lana del Rey y encontrar la luz en temas de corte opaco, oscuro. Fue tanta la belleza, tanto el atractivo, tanta la sencillez y tanto el hipnotismo que no tuvimos mayor problema en irnos a mitad de concierto de la kiwi, la presunta artista principal. Constatando que tanto Ana, como la allí presente Mursego, como Maite Larburu, echan por tierra el garrulismo de la testosterona de los grupos de chicos para, con estudios académicos y una creatividad sin parangón, demostrar que los 20 serán de ellas.

La fiesta del montaje

Soy un firme defensor de que las películas documentales musicales no deben durar más de 60 minutos. Todo metraje que supere esa duración tendrá secciones desechables, momentos baldíos y espacios a los que la tijera les vendría de perlas. Una hora es tiempo más que suficiente para contar la vida de una banda, sea minoritaria en las afueras de Madrid o una formación mundialmente conocida. Por eso acertó este año el Dock OF The Bay añadiendo cortometrajes a su lista de proyecciones. Breve, directo, conciso, acertado. Siempre deja un gran sabor de boca, a veces por la calidad y otras por la brevedad.

Por eso me temblaban las canillas cuando eché un vistazo a la película de Suede «The Insatiable One». Dos horas. ¿Qué carajo se puede contar en dos horas?¿Están locos?¿Me van a meter recetas de cordero estilo aranda?¿Viajes de slow travel? ¿Lecturas en voz alta de libros de Shakespeare?¿Un concierto entero del grupo de Brett Anderson, quien ya empieza a parecer una señora mayor como todo buen intérprete pop británico entrado en años?

Sentado en mi butaca, tuve el inmenso placer de echar por tierra mi teoría inicialmente expuesta. La pelicula sobre Suede se pasa volando. Vo-lan-do. Tiene un montaje raudo, directo, conciso, sin grandes palabras seguidas y muchas palabras bien puestas. Imágenes en vivo, charlas en un sofá, visitas a estudios, portadas, deserciones, detalles de grabaciones, adicciones detalladas pero no mencionadas literalmente, pequeñas polémicas y su Top Of The Pops. Con un guión perfecto que ahonda en los primeros éxitos. Una sorpresa escuchar tantas canciones buenas. No recordaba que fuera tan fan de la banda.

Se echan de menos más respuestas de Bernard Butler, primer guitarrista del combo al que solo se le plasma en la gira de reunión del 2013. Ese espacio se llena con opiniones divertidas de Justine Frischmann, primera novia de Brett Anderson y presente también en la película de MIA, como esa que dice que “dejó al cantante de Suede por otro chico”, como si ese chico fuera un fontanero, un técnico de luces o un conductor.

Cuando la fatiga aparece en el espectador la película corre sobre caras menos conocidas y discos menos populares. Y para cuando te das cuenta estas recordando lo buena que era la maqueta de “The drowners” o la fuerza que tenía “So Young”. Qué demonios, al final Suede es una formación que ha sabido evolucionar con estilo.

Muchachada INXS

Whitewashing. Así se llaman las campañas que se hacen para limpiarse la cara ante la gente. Y algo así podría decirse de la película que sobre el cantante de INXS proyectó el Dock Of The Bay en sus sesión de clausura. Ni un solo mal gesto del protagonista, ni una sola mala cara, todo digno del mejor anuncio de dentífricos. Vale que Hutchence no mató ni una mosca en su vida, pero digamos que la familia ha hecho una selección de imágenes y fotos dignas de la mejor comunión.

Aún así, la película es un rato triste, dejando en el cierre un poso de pena ante el suicidio del cantante, agobiado por los problemas familiares y, dicho en voz tan bajita que no se oye en la película, su decadencia popular y sus posibles alteraciones drogotas. Solo Kilye Minogue apunta y dispara a propósito de los excesos de esta super estrella siempre guapa y bien peinada y con unos culottes que a nosotros nos quedarían mal hasta en carnavales. Cuanto daño hicieron los 90 a la gente no slim-fit

El film acierta tirando de voz en off, así entrevistados y protagonista dejan de poner su jeto en pro de una narración que nos lleva a través del mundo y sus lujos: los grandes conciertos, las casas en el sur de Francia, los amigos famosos, las novias famosas, los silencios sobre los desmanes,… Se hace difícil creer que una persona viva atormentada, resacosa, pasada o agobiada por la fama con solo ver dientes blancos y gestos sonrientes por todas partes. “Es un Muchachada”, apuntó alguien en el debate de bar posterior. Y tampoco le pudimos negar mucho la gracia.

Como también es complicado hacerse fan del grupo con este film, dado que su música suena poco y no amplía los parámetros de comercialidad sintética que tenía la banda en sus años. Una belleza efímera de triste final.

El día que conocí a Saxoman

No vamos a descubrir al “Niño de Elche” a estas alturas del cuento. Paco Contreras Molina nació flamenco y ha ido creciendo abierto, experimental, juguetón y feliz, como bien explica en “Niños somos todos”, el film que ayer proyecto el festival Dock Of the Bay. Una obra que recoge el paseo del autor por Bolivia y los encuentros con gente de distinto pelaje, casi siempre despeinado para nuestros ojos.

El gran Mikel Zumeta la presentaba en la sala como una “road movie”, y lo pudo ser porque el autor busca moverse interna y externamente. La voz en off del propio autor ilicitano confirma, entre otras breves explicaciones biográficas, que estos viajes deben ser experiencias que devuelven un ser distinto.

Es complicado saber hasta qué punto ha cambiado, partiendo de un arranque o estadio tan experimental y plural. Pero tiene que ser una sensación vital grabar con Saxoman, el personaje más potente con el que se encuentra en el periplo. Su canción mientras un músico sube a poner unas velas en una lápida es un temazo que se divide entre la carcajada y la creatividad, y el tema sideral, extraterrestre, lisérgico y hasta heavy grabado a medias con “El Niño del ché” (así lo llama en este absolutamente prodigioso making of paralelo) destaca la idea principal de esta gira: Hay que llegar a los sitios, y adentrarse en ellos hasta donde se pueda.

A diferencia del docu sobre Pj Harvey, donde la inglesa tomaba una actitud pasiva en sus viajes, Contreras busca, pregunta, salsea, se cuela, lanza, propone, experimenta -no solo vocalmente- “porque el niño juega, experimenta, crea sin objetivo, sin concepción del tiempo”, como afirma la voz no presente de la película

Siempre con el sonido, la música y su ausencia como elementos principales, “El Niño” visita a unos nanonitas (como los de Ulia, para los donostiarras) de los que busca sacar de donde no hay – hasta que llega la noche-, se une a un coro infantil en una iglesia, pica de las músicas tradicionales, graba la espectacular actuación de un músico de hoja arbórea – sí, han leído bien-, tiene tiempo para acordarse de un autor vasco de manera muy acertada (mejor no detallarlo por si aterrizas a este blog buscando info sobre la película que quieres ver) y visita a un extraño compositor primo hermano de Luis Pinto. Niños seremos todos, Paco, pero como tú hay pocos

Una película con música


Ayer el Dock proyectaba “A bright light – Karen and the process”, película que pivotaba sobre la figura de Karen Dalton, autora de los años 60 y 70 que no tuvo el éxito esperado y que ha recibido algunos pequeños subidones de popularidad con motivo de las reediciones de sus discos.

La obra, de la suiza Emmanuelle Antille, se basa en la búsqueda «fan» de la europea de los puntos, pasos, rasgados e hitos geográficos de la cantora norteamericana. Pensada como una pequeña road movie artística y afrancesada que no llega al «arte y ensayo», la realizadora y sus amigas pisan Colorado, Nueva York, Baltimore y Woodstock indagando en los sitios que pisó, el aire que respiró, las casas en las que habitó y los amigos que frecuentó.

El film suple las carencias con mucho arte. Ante la ausencia de vídeos y fotos de Karen Dalton, la realizadora echa mano de trucos (grabar en super 8 y llevar así al pasado imágenes de hoy) huyendo de los tópicos parlanchines para hacer una película no musical. Hay bustos que elogian, pero queriendo romper la seriedad de las declaraciones ampulosas. Hay música de Dalton, pero versioneada, crujida por el tiempo, como parte de la ensoñación de un guión que consigue mostrar todas las versiones encontradas posibles sobre la historia de la cantante y guitarrista.

En la posible explicación de su falta de éxito unos hablan de su adicción, para otros fue relevante su temor al escenario, para estos su feminidad fue el freno y para aquellos el cuidado de sus hijos fue lo que le impidió ascender en el mundo musical. En una vida muy similar a Judee Sill en este sentido, podemos decir que en algunos de esos círculos secantes estará la verdad, aunque tampoco parece tan relevante para que el coche siga en la carretera

Integrada en la categoría “Lo que importa es el camino”, “A bright Light” son diálogos, descubrimientos, búsquedas e inspiraciones. Está fenomenal que el grupo de viaje dibuje, escriba o cosa elementos creativos bajo el influjo del paseo por Norteamerica al calor de Karen Dalton. En un devenir que consigue ir dándote los datos poco a poco, permitiéndote conocer en pequeñas dosis la historia vital de la heroína (sí, en ese sentido) Dalton. Hasta la mitad del metraje no sabes de su enganche, y hasta el final no te enseña cómo murió. Buscando, quien sabe, que su paseo vital sea el de la directora y el nuestro.