Crónica del concierto de Kokoshca en el Dabadaba

“No hay manera, cada vez que intento aparcar cerca acabo super lejos”, “pues ven en bici”, “qué pasada la peli de Netflix que vi ayer, de terror pero acojonante”, “No te creas, que al cerrar el Bata nos quedamos sin saber bien a dónde ir”, “Hombre! Qué pasa tío!? Qué andas? Has visto a los teloneros?”,” No, paso de otra birra, píllame una cerveza mejor”, “Ayer el Bilbao y mañana en Vitoria”, ”A ver si quedamos y nos tomamos algo de tranquis”, “Hombre! Qué pasa tío!? Qué andas?”, “Esta canción me gusta, la del vídeo chulo aquel, has visto el vídeo? Pues resulta que sale el tío de cocinero loco con un cuchillo, debe ser una crítica a los kebabs y una defensa de la cocina vasca”, «No me parece tan guapo, me gusta más Jose», “Hombre! Qué pasa tío!? Qué andas?”, “Y entonces él me dijo, ‘Para nada» jajajajaja”, «¿Qué ha dicho, casa o laca?», “Voy a echar un cigarro fuera, de liar, de liarnos un rato”, “no te creas, que al final la receta no era tan difícil”, “Hombre! Qué pasa tío!? Qué andas?”

Dicen que las crónicas deben basarse en lo que se escucha en concierto. Y esto fue lo que escuché ayer. Pena que tocaran tan alto los músicos, eso me impidió escuchar más frases sueltas

Menudo jardín, queridos

Así me quedé yo tras el visionado

A veces caes y picas, como con las chucherías los domingos a la tarde. Ves recomendaciones, y aplausos en redes, y le das al play a obras infames como “Grey Gardens”. Os pongo en situación, para que no os pase a vosotros.

La película está hoy en Filmin, que a veces se viste de maravilloso videoclub y otras de balda de Remar. “Una obra única, no verás otra igual”, decían los del streamin y Amaia Guelbenzu con todo su buen corazón. “Menos mal”, añado.

El metraje se adentra en la casa destartalada de dos primas de la realeza Norteamericana, parientes de los Kennedy, que están pajaritas. Intuyo que allí en EEUU, la cosa tendrá su morbo, el tema habrá tenido su recorrido y su sombra. Pero desde aquí, la plácida Donostia, es una mierda pinchada en un palo.

Poco importa que la hayan registrado los hermanos que hicieron “Gimme Shelter”. Podría haberla grabado un perro con una Go-pro. Cámara y audio – y un par de armas escondidas, que vaya par de protagonistas- se cuelan en la casa para hablar del pasado, de los buenos años, de los amores perdidos – o escapados corriendo, que normal- en dos guiones paralelos que se suceden en las cabezas de las damas de honor fotografiadas en una decadencia sin belleza, casi cruel.

Compararla con “El Desencanto” es emparentar las goitiberas con un Ferrari o a Vetusta con Radiohead. Reiterativa, monótona, sin más aliciente que ver el cronómetro llegando a su final del metraje, “Grey Gardens” es una película situacionista que te permite pensar en la lista de la compra o en los jerseys que has visto en la tienda del barrio. En eso, un 9,5

PD: Cristina Plaza me hace llegar esta obra de arte que mejora el original hasta límites insospechados

Música de todos los colores

Focos altos y luces de bar. Gente y gente. 4 mascarillas. Una semana de película. Ojalá teletransportarse, dividirse, huir de las labores y bañarse en ocio. Tener 25 años de nuevo. Donostia ha tenido uno de esos findes de mayo habituales, locos. “Hasta el 40 de mayo no te quites el…vaso”

Ha habido baño de masas con Izaro en el Velódromo. Una sensación, más allá de vasca, más allá de chica, más allá de todo. 6000 personas disfrutaron de su buen sonido y sus variadas canciones, amén de unos invitados de copetín que han querido sumarse a esta gran fiesta de la de Mallabia y sus compinches vestidos de colores. Muchos de los asistentes se estrenaron en el oval y en eso de los grandes conciertos. Espero sea un primer paso para ir bajando pisos y que luego vayan a salas y tascas, que tenemos menos cantera pop-rock que el City de Guardiola.

Ha habido baño de melodias en el Altxerri, con los escoceses Dropkick ofreciendo sabrosas tacadas de melodías. A Andrew Taylor ya le teníamos a buen recaudo, pero su compinche Al Shields ha sido toda una relevación si nos atenemos a los comentarios que dejó a su paso. Aquí su bandcamp, auténtico puente aéreo Edimburgo – Nashville que para en sitios como Fountains Of Wayne.

Ha habido baño de fotogramas en el Dock Of The Bay, que no solo resiste orgulloso sino que sigue acercando a Donostia las últimas novedades en eso del cine documental musical. Intentamos ir a una película por día, pero no nos dejó la agenda. Nos chifló Sinead O Connor, nos gustó muy mucho Courtney Barnett y nos adentramos en el folk perdido de Connie Converse. Lloramos no poder ver en pantalla o sobre el tablado a Ainara Legardon. Y perdernos a Verde Prato, en clara ascensión a los cielos poperos con esa neblina eusko-sintetizada. Y la gozamos con la radio de Tulsa, que el 10 de junio pisa Dabadaba, que también acogió el sabroso cartel de Vulk + Borrokan el fin de semana y el aerobic moderno de Molly Nilsson a sala completa a mediados de la pasada.

Hasta hubo música de museo, con Maite Larburu descubriendo los escenarios interiores de un Museo Chillida que anuncia su agenda de verano variada y abierta. Y hasta nuestro pequeño Guggy, el Bastero de Andoain, recibió otra suculenta visita, la del canino Marc Ribot. Punto de partida del Festival de Rock de Andoain, que viene como en sus mejores años. Y gratis, oiga, para usted, para mí y su primo el de Villarcayo.

Y de cierre velas, tarta y champán. O Tequila. O Pisco Sour. Depedro la bordó en el Victoria Eugenia. Encantó, espabiló y puso en danza. Su mezcla transfronteriza fue un gozo, una felicidad. Y eso el domingo a la tarde vale oro, plata y bronce. Cerca, en el Kursaal, Amaia – la fake, la de Pamplona, que Amaia solo hay una y se apellida Montero- desplegando su mezcla de calma, madurez y simpatía.

Donostia es una de las ciudades más caras del Estado en eso del alquiler. pero con estas agendas tan nutritivas y gozosas – el ticket más barato fue ¿15 euros?- la cosa se pone aún peor. Como nuestra agenda siga tan sabrosa y rica pronto habrá un comunicado de los hosteleros quej´ándose de que la gente «va demasiado a los conciertos» y no se deja los cuartos en papeo pequeño de palillos y platos. Señal de la relevancia y buen hacer cultural de la ciudad, sin duda.

La creatividad en off

“Cómo ser una autora de éxito y no ahogarse en tus sentimientos”. Ese podría haber sido el título español de “Anonymous Club”, la película dirigida a la carrera de Courtney Barnett proyectada en el Dock Of The Bay. Una obra que parte de una premisa atractiva (que Courtney grabara en un magnetofón sus ideas durante una gira larga) y que ofrece sus puntos más interesantes lejos de esas voces en off.

Imagen y sonido se unen para un pequeño descenso a los infiernos. No es la de Barnett una cara cristalina, mantiene siempre la distancia aunque el cámara sea amigo suyo. Por eso no sabemos el grado de realidad de ver a la australiana machacándose, gestionando peor que mal las entrevistas, grabando solo frases bajoneras en el walkman y autoboicoteándose a la menor ocasión – las frases del camerino ante una sala llena que le va a cantar todas las canciones-. Sin llegar la sangre al río, que ella sabe que después de la tormenta siempre hay luz. Pero tan clara es la idea que el film acaba sus títulos de crédito con un mensaje que dice “Si has pensado cosas así o te has visto en estas situaciones llama a los siguientes teléfonos de ayuda”.

La imagen es, sobre todo en la primera parte, de videoclip largo, recogiendo conciertos brutales y canciones maravillosas. Y nos va llevando desde el enfado de su disco rock hasta la paz que va alcanzando con sus canciones más acústicas. Tiene algunos momentos tópicos (“Tocar las canciones así, sola, me va a permitir conocerlas de otra manera”) pero no llega a la soledad del avión de las estrellas del rock.

Mejores son los fotogramas referidos a la creatividad. Un proceso, el de escribir (esas) letras, que tiene muchos minutos y días de bloqueo, de choque, de dibujicos en el contorno de la hoja, de frustración. Un camino que tiene minutos chulos como los registrados en la habitación de hotel con el ordenador y la guitarra, buscando rimas desde la mayor de las cercanías.

También choca y sorprende que una autora que ha vendido medio millón de discos guarde todas sus cosas en un almacén, viva a veces en casas a cambio de tenerlas en orden y que salga en el film pasando un aspirador, lo nunca visto en este tipo de palmeos cinematográficos. Quizás remarcando el caracter humano, o disoluto, de los músicos. Pero uno acaba la proyección con ganas de coger la guitarra y canturreando las canciones de la protagonista. Y cuando pasa eso es una gozada.

Una triste y cariñosa vida

Qué bien le sientan al Dock Of The Bay las películas musicales pequeñitas. Las que ponen el foco en una historia mínima para desempolvarla con cariño y cierto orgullo descubridor, en busca de la justicia. “Talking Like Her”, la obra de Natacha Giler sobre la autora Connie Converse, es una de estas pequeñas narraciones llenas de impulsos sobre una creadora libre y oprimida, desplazada de la línea temporal del éxito.

El éxito, ese término tantas veces usado en la peli, a veces cojea. ¿Qué es el éxito? Entiendo que Giler quiere referirse al reconocimiento de unas canciones costumbristas, arpegiadas como Dios ilumina los campos nublados. Y… ¿Acaso no hay más reconocimiento de que una directora decida hacer un film para honrarte, defenderte y buscar que te amemos? Y no es la única que va a poner imagen al folk de la norteamericana de bonitas canciones. Unos sonidos hoy asimilados y entonces inasumibles por género y enfoque.

En el fondo la vida de Connie es la vida del 99,9 por cierto de los autores musicales. Defender tus creaciones hasta que un día dices «basta» y te piras. Pero Converse puso la zapatilla en la clasista Norteamérica de los años 50, donde la mujer era un florero y una cocinera. “Talking with her” recupera algunos homenajes de autores coquetos (Destacó Martha Wainwright y “One By One”, pero la sombra del amor llegó en su día hasta Mike Patton),radioperiodistas efusivos y abueletes que la conocieron y registraron en vida.

Gracias a ellos podemos hoy escucharla en la grabación de cinta de bobina. La directora usa la “voz en off” para añadir literatura, ensoñaciones, deseos y entusiasmos mientras la película va poniéndose triste en un tramo final en el que habla de la depresión, el bajón y la desaparición (física y/o vital, no aclara ni importa) de una autora más cercana a Daniel Johnston que a Rodríguez «Sugar Man» en un país y una época homogénea.