Al final ha ganado el Ambrosio

La frase del título no es mía, es del agudo Ketari, el Pequeño Timonel de Txomin Enea, y bien podría servir de epitafio en el funeral de Kulturaldia, el magazine cultural que ha flotado sobre Donostia los últimos años. Su autor principal, Jon Pagola, echa la persiana del negocio precisamente por no serlo. Maldiciones del autónomo, que debe dar misa (en las teclas) y repicar (los dineros). Así, mientras en Tabakalera – y similares mastodontes públicos- siguen apareciendo puestos de trabajo directivos cual piojos en una guardería, las salchichas peleonas de la ciudad menguan y desaparecen. Alber Vazquez lo resume a las mil maravillas en FB. Pásense por allí, y así se enteran de que hoy viernes presenta libro trotón en Garoa.

Como en toda relación de cariño, en Kulturaldia hubo varios “pero qué coño andas Jon” y “de puta madre, así sí” a la hora de ver en las redes sociales sus entrevistas, reportajes, textos libres y opiniones. Los mayores lo veían como un enfant terrrible, y los chavales como un aburguesado. Pero Kulturaldia mantuvo viva una pequeña llama de defensa de los conciertos pequeños, las exposiciones que justo ocupaban una pared y las películas que, con suerte, tenían un pase. No fue su rama principal, y de ahí su ocaso (económico. Esas cosas dan muchos y buenos amigos pero poco duros). Mas solo por eso ya merecía un click y unos minutos de atención. La pregunta es tan simple como demoledora: ¿Quién hará ese ingrato trabajo ahora?

Kulturaldia también permitió conocer a bilbaínos bien integrados en la city. Y carcajear con las ocurrencias y sucedidos llenos de verosimilitud de los escépticos giputxis. Vernos reflejados en los actos anunciados, y reirnos un poco de nosotros mismos (siempre que no se toque la Real, cama de agua en cuestiones de ironía escrita). Ironías y reflejos de la vida, su último post, el de despedida, la esquela, será el más visto o leído de la web.

Mucha suerte en la nueva aventura, señor Pagola. Fue un placer.

La nueva tierra prometida

Los pueblos grandes con atractivos sufren muchas veces el síndrome “Las Vegas”. A saber, intentar concentrar todas las cosas bellas/representativas/atractivas del mundo en un solo espacio, normalmente pequeño y asequible al paseo. Así, podemos ver la Torre Eiffel, los canales de Venecia o la Fontana de Trevi dispuestas en dos calles y otro par de avenidas largas. Todo ello como puro complemento a las luces de las tragaperras, claro. Para qué darle aire a la Torre Eiffel parisina si la puedes meter entre hoteles.

Algo similar podría decirse de la penúltima de la lista, la cercana Donostia. Agotados los colores, efectos, perspectivas y enfoques de su bahía, la ciudad necesitaba reinventarse. Y qué mejor que dirigir sus monedas a la nueva “burbuja inmobiliaria”, la del turismo. Cómo no ser burbujeante algo relacionado con las bebidas…

Como en aquel caso de hace apenas unos años, todos podemos ahora ser partícipes del éxito, todos podremos vivir en una VPO con un Audi y disfrutar, en nuestro caso, de una casa en los Alpes, dado que la de primera línea de playa se da por supuesto.

Ese es el nuevo paradigma, a veces trufado con guiños al personal (carteles de apoyo a los pequeños, los desfavorecidos, los de las afueras) y al empresarial (ponerle un tren a la puerta de la zona en la que tienes 6 establecimientos – San Martín y Getaria, la nueva Milla de Oro- ). Hacerte partícipe del éxito de otros y venderlo como un beneficio para todos. Sin posibilidad de renegar o simplemente opinar, a costa de ser tachado de obtuso, separatista, freno al futuro o bilbaíno.

Y si estas alejado del foco, tranquilo, todo irá llegando. Porque lo que ha funcionado en un sitio debe funcionar en todos. Es lo que tiene la homogeneización, que como los chaparrones todo lo cala.

El Barrio de Amara es el último ejemplo de aplastamiento turístico basado en clichés y mentes de poco recorrido. No se me ocurre definir de otra forma la liberal idea – a 100 euros de canon mensual durante 15 años, no olviden- de poner un bar (y su terraza, faltaría) en la zona de los preciosos e infrautilizados baños públicos del Parque situado entre el Araba y el Topo, el demoniado “Parque Menchu Gal”. Menudo cuadro, chica.

La explicación, que como las declaraciones de los futbolistas tiene la profundidad de un charco, afirma que “Donostiako Sustapena-Fomento de San Sebastián ha estudiado la incidencia de la transformación del antiguo evacuatorio en un café-bar con terraza en relación a la actividad comercial del barrio de Amara y ha concluido que desde el punto de vista comercial, la combinación y mixtura de usos comerciales con usos hosteleros, el llenado de funcionalidad de espacios abiertos y edificios vacíos, puede ser una herramienta capaz de propiciar un entorno urbano comercial más atractivo, competitivo y generador de valor” particular y empresario, añado para el barrio de Amara y para la propia ciudad“. Dan ganas de preguntar por esos estudios usando las herramientas disponibles para ello.

Claro que la apisonadora no para. Y el ketchup turístico avanza sin freno. Vosotros, esquineros, también estáis invitados a la fiesta del turismo embriagador. En la cercana Avenida Sancho el Sabio se va a mejorar el tránsito de los peatones, creando zonas diáfanas para el paso de las personas, sin la interrupción de los elementos vegetales y decorativos, lo que mejorará ostensiblemente este espacio urbano, tanto para los peatones como para los comercios de la zona”. Resumiendo. Quitar las zonas verdes (“interrupciones”)  y árboles para poner terrazas. El cemento es la nueva tierra (prometida). Ni que fuéramos gansters. Aquellos al menos te tiraban al mar. Estos no nos dejan ni morir tranquilos.

Porque la última astracanada ha sido homogeneizar los paseos inter-tumba del Cementerio de Polloe. [Ver corrección al final del texto] Borrar esos caminos inspiradores, esos arbustos resplandecientes, esos gorriones que no tienen donde posarse al faltar el agua natural en la zona, au revoir árboles calmos (“Eran tres. Vino el día con sus hachas….”).

Como en Paris, como en Tokio, como en Viena, como en toda ciudad que se enorgullezca de sus afamados ( se cierra la etiqueta de ironía) . Adios romanticismo [PDF], vamos. Ahora contamos con la comodidad del parking de mercadona a la hora de visitar a los fenecidos. Quizás por eso se hagan menos canciones a lo Berrio y más a lo Auryn.

No os hagáis mala sangre con el tema. Con un poco de suerte, en dos veranos a esas calles del camposanto le brotarán mesas y sillas y un bar brasserie Kiosko.

Y el muerto al hoyo y el vivo al bollo (de mantequilla)

PD: Gorriones aparte, lo de Polloe merece rectificación. Se están hormigonando y asfaltando aquellas calles que quedaron pendientes tras el hormigonado realizado en 2004. responde a una necesidad de la gente mayor, titulares de los panteones, que tienen problemas de accesibilidad en unos viales con gravilla. Y los arboles siguen y seguirán donde estaban, rehaciendo los alcorques existentes. Dicho queda

El Kutxa Kultur Festibala ya es donostiarra

En su quinta edición ya podemos afirmar sin ningún rubor a dudas que el Kutxa Kultur ya es un festival donostiarra. Era fácil conseguirlo, había buenas pistas: Se celebraba en el Monte Igeldo, desde donde se ve toda la postal. Se sube en Dbus cada pocos minutos. Y el nombre del banco estaba por doquier, hasta en los dichosos vasos de plástico. Pero ninguna de esas cuestiones le otorgaba por sí mismo la calificación de “Donostiarra”. Vean por ejemplo el Festival de Publicidad ese que nos han colado y que ni Dios recuerda ni el nombre.

Mas una, solo una, y nada más que una variable lo hace donostiarra: la encarnizada crítica ante los despistes, trastabiles y desenfoques. El Kutxa Kultur ya es la Real, sus promotores Loren y nosotros el mejor entrenador de futbol. El Kutxa ya es el Sirimiri, y nosotros los afiladores de teclas ante los bidegorris y peatones. El Kutxa ya es música, y nosotros los “comentarisas” de la Semana Grande de Sagüés. El kutxa ya es Sálvame, y nosotros sus tertulianos. Porque el festival ha dado el salto, y ya no solo opinan los musiqueros recalcitrantes sino que ahora tienen voz y mando gentes menos habituales en estas lides. Bienvenidos todos.

Está claro que tiene cosas que mejorar, que este texto no es el hijo de una “payola”. La pulsera de marras aún se encuentra públicamente del lado del promotor, con ese baile de gastos y costes que afectan a la imagen del evento. Y a veces hay malos tragos, como cuando un concierto pequeño coincide con uno grande y los sonidos se pisan en demasía. O cuando debe pasar un bus entre un escenario y el público por razones hoteleras. El tránsito entre escenarios puede resultar algo obtuso en las horas punta. Seguro que los promotores toman escucha activa de esas cuestiones  (Sí, el tema del canje del vaso también me ha pillado por sorpresa. Aunque sois unos quejicas. Yo pienso usarlo este año hasta para pruebas médicas)

El Kutxa ya es un festival grande (¿demasiado para Igeldo?), lleno de gente joven en las barras y los tickets. Chicos y chicas que a veces parecían los asistentes de las compañías aéreas cuando se suspenden 15 vuelos de golpe, tragando todas las quejas de los espectadores con variable estoicismo y sin tener galones para responder, gestionar o mandar a tomar por culo.

Nuestro pequeño juguete montañero ya tiene hechuras de BBK en muchos sentidos. Y diferencias: Con una columna vertebral correctamente asentada en los grupos que el banco ha subvencionado este año (la selección fue maravillosa), los vascos han salvado en buena parte el papelón: Berri Txarrak el viernes y Belako el sábado pueden colgarse esas medallas tranquilamente. Una base ideal que tiene equilibrios si se mantiene el año que viene. No hay tanta madera en la serrería de la popularidad local. Aún y todo, chapeau por la apuesta. Y la respuesta.

Sobre el resto hay cosas que no atienden a razones populares (Bloc Party) y otras piruetas que el festival siempre se ha permitido tomar (Cat Power y su capítulo de “Control de aduanas”). Hay baños de masas (Corizonas), guiños viejunos (El Inquilino Comunista) y aplausos a rabiar (Young Fathers). Hay delicatessen (Aries y Borrokan). Hay elegancia mañanera (Petit Pop). Y a veces toca ese grupo que te encanta, y otras te encanta un descubrimiento (en mi caso, Músculo!). Y también hay cosas que vienen bien para ir a cenar o desperdigarse socialmente, que para eso es un festi de verano.

“No estoy de acuerdo con lo que dices”, dirá algún lector. Y eso, amigos, hace más donostiarra aún al Kutxa Kultur. Un “embolao” gigante que esperemos tome apunte de sus aciertos y derrapes para seguir creciendo de manera ordenada y feliz.

Glad is the festival

Yo también me pasé por Glad is The Day. Cómo no hacerlo, si fue hasta mi vecina, la que canta en karaoke por el patio hasta los anuncios de la tele.

El festival del Bukowski y el Dabadaba (los Rik Mayall & Ade Edmonson de la vida cultural donostiarra) alcanzó números de festival gordote -en asistencia y antagonismo de presupuesto- en su edición del 2016, con muchos aciertos y la pizca de suerte necesaria. Consiguiendo, ya de paso, clarear la sombra que siempre cubre a quienes se encargan de animar las noches.

Porque hizo sol. Eso es básico en una ciudad nublada hasta en lo climático. No olviden además que el parque ya tiene su uso los días de fiesta como espacio de esparcimiento. El domingo pasado hubo, además, cañas, chuletas y música. Como el Musika Parkean, pero distinto.

Así, mientras el Músika Parkean pone el foco en gente cercana interesante, Glad Is The Day ha rebuscado en las agendas de sus garitos para ofrecer algo a juego: arriesgado, desconocido, sabrosón y especial de más allá de nuestras fronteras. Hubo murcianos, macarras, Berrio – es categoría propia-, countries, Djs de zapato y zapatilla… Todo con medidas ideales: 45 minutos de actuación. La fórmula, por todo lo expuesto y algo más que seguro se me escapa, ha funcionado. No hay más que ver las fotos de instagram para constatar su pelotazo: el 95% de las mismas son de montoncitos de gente presente , quedando el 5% restante para recoger a los músicos haciendo musicadas.

Quizás este punto sea el que diferencia ambos eventos (además del clima, para tragedia de Parkeros y habituales….). La otra es la de ofrecer un día completo, que también ayuda a dispersarse y centrarse cuando uno guste. Como todos los presentes, a algunos grupos les hice caso y en otros charlé con los conocidos del lugar.

Quienes teniendo hijos siguen con el nervio encontraron la cita idílica. No había mas que ver la de niños que se estrenaron en esto de los conciertos, en brazos de sus padres. Por cierto, que por mucho que se puedan conjugar planes unos cascos de insonorización siguen siendo una buena idea hasta que los mozalbetes tengan el timpano ya formado…

Supongo que este éxito de respeto y diversión, civismo y desparrame, iniciativa privada pero no de ímpetu, debería calar en una ciudad normal. Menos mal que Donostia siempre es diferente, y en 2017 seguro que hasta el día anterior a la celebración los promotores seguirán esperando confirmación de permisos y demás orfebrería legal.

Breve guía de porqué Lorena Álvarez es la mejor del mundo

Nadie escribe como ella. Está en el maravilloso punto medio, ese “centro” tan buscado por los políticos y los comedores de pizzas. Habla llano, pero muy certero. Tiene letras de varias capas, desde la risa hasta el latigazo. Todo en la misma frase. Y tu te lo comes como un yogur líquido, sin enterarte. A veces pasa un rato y te paras y dices “hostia”. Otras llega a la primera. Ayer, en su concierto, me acordé de Gloria Fuertes, homenajeada por ser su aniversario (e igual por eso también me acordé de Mursego, ausente ayer). No llega a ese nivel de angustia transformada en comedia que sutiliza la agudeza. Pero no le anda lejos. Es tan difícil hoy en día buscar alguien que entone sencillo y claro y que se le entienda…

Es una persona especial. Siempre tiene una sonrisa, aunque ayer viniera a Donostia con pocas en teoría. Quizás fue un concierto más de “canciones” que de momentos. Las dos nuevas, por ejemplo, son un salto hacia arriba comparable a cuando Fosbury dejó de hacer la tijera. Ni Karen Dalton ni hostias. Älvarez hizo en “mapamundi” y “el arroz” (o algo así) una demostración de que también sabe hacer canciones con los pulgares. Que lo suyo es tradicional, vale, pero que eso también implica pucheros golosos y usar especias.

Si no la has visto nunca, te gana. Si la has visto ya, te vuelve a ganar. Y si la ves siempre que puedes, te sigue ganando. Es un win win perfecto. Sorprende la primera, encanta la segunda y maravilla las sucesivas. Ayer había sillas (por expreso deseo de la cantora) y tampoco frenaron los aplausos. Ayer la gratuidad lleno el sitio de paracaidistas, y todos sonrieron – lo de bailar es que no se estila aquí, Lorena- con esa frase, aquella entonación o ese juego de palabras Retorno a “Mapamundi”. Algo tan mundano que lo puede hacer cualquiera, pero que solo se le ocurre a los buenos.

Porque inspira. Poca gente hay en el mundo que te invite como ella a seguir la rueda de la creatividad. Eso que parece tan fácil en Lorena es realmente complicado. Pero que me parta un rayo si después de cada uno de sus actos musicales, esos magníficos momentos de sencillo acompañamiento,  no he querido ir corriendo a casa a canturrear, a sacar una de sus canciones o cambiar letras para hacerlas más comprensibles. Sonriendo, claro.

Hace calendarios. De bolsillo. En 2016. En La Alhambra. Usando los ropajes que hay para turistas. Luego se cambia un trabuco por una guitarra antigua con photoshop y listo.