La cultura

Cultura es respetar, siempre. También facilitar. Cultura es abrir puertas, ofrecer cosas. Algunas buenas, otras aún no, otras malas para algunos y otras tremebundas para todos. Cultura es poder tener ayudas para andar, no andar por las ayudas. Cultura es incitar al privado para que lo sienta como público. Cultura es cobrar bien donde pagan bien apra luego tocar donde quieras. Cultura es pagar por ver un acto. Cultura es pagar por escuchar.

Cultura es comprar, es apoyar físicamente, es alabar al ajeno, es disfrutar. Cultura es vivir las obras soñando que ojalá las hubieras hecho tú. Cultura es encontrarse con gente común en espacios comunes, y que no sean funerales. Cultura es tirar dinero en instrumentos, sin esperar recuperarlos. Cultura es tirar dinero en hacer discos, porque deseas que la gente se aleje un poco de la rapidez actual.

Cultura es disfrutar de las artes que no controlas. Cultura es diversión, fiesta, alegría. Cultura es la mejor gasolina para el ocio. Cultura es la mejor manera de matar el tiempo. Cultura es crear, y un poco creer. Cultura es viajar para ver o escuchar. Cultura es sorprenderse, o aburrirse. Cultura es disfrutar en soledad, con los cascos. Cultura es la única variable con la que se deberían medir las cosas culturales.

En un vistazo, esto es la cultura para mí en este minuto y medio. Y Barcelona es la ciudad que más se acerca a mi cultura.

Carta a Ana

Kaixo Ana. Aspaldiko. ¿Qué tal estas? Ayer te vi en la tele. Y eso, verte, suele ser una alegría, por tu vivacidad, tu ingenio y sonrisa habituales. Salvo ayer. Ayer Arrate y yo nos quedamos encogidos en el sofá. Tensos. Enfadados. Llenos de rabia. Llorando. Queriendote dar un abrazo fuerte y mandarte mil besos. Quizás esta sea mi forma de hacerlo, no sé.

Ayer te vimos en la tele, y eso suele ser una alegría. Pero en el capítulo de ayer de #UrHanditan (bien Madariaga de presentador, bien Etxegoien de guionista. Buen tandem) ojalá no hubiera salido nadie, ni conocido ni desconocido. Me he dado cuenta de que ayer volvió a despertar en mí la rabia latente de los abusos a menores. Máxime si quien la realiza es un miembro de la Iglesia. No les tengo simpatía, han sido muchos años bajo su yugo estudiantil. Pero no les deseo ningún mal. Salvo que lo merezcan. Si es que hacer justicia es hacer algún mal, que lo dudo.

En mi vida muchas veces he visto ese merecimiento. En EGB, por ejemplo, el director se “fue” al “retiro” por unos supuestos abusos a unos amigos míos de clase. Y en BUP la rumorología habló con los años de casos similares. Y no lo entiendo. No puedo entenderlo.

No me entra en la cabeza como alguien en quien ponemos la educación docente (¡y religiosa!) de nuestros hijos puede aprovecharse de esa manera, con ese despotismo, con ese poder, sobre humanos que aún ni razonan. Pero qué esperar de un país cuyo partido más votado es el más corrupto y cuyo mantra “son casos aislados” tan bien se ha aceptado entre nosotros.

No quiero quemar a todos. No quiero despellejarlos en bloque. No es eso. Pero ayer tuve que apagar mentalmente lo que escuchaba varias veces. Cuando hablaba el teólogo. No por sorprendente, que sus opiniones son habituales en la vieja escuela católica, esa que he vivido yo. Sino porque me revolvía las tripas. Me las tensaba, las llenaba de ardor, de dolor, de pena, de impotencia.

Escucharle decir “qué liberales somos pero a veces que severos para otras cosas” cuando analizamos el abuso de un cura no me entra en la cabeza. Lo siento. Como no me entra que, siendo como somos todos iguales ante la ley, a unos los “castiguen” a un retiro y para otros delicuentes pidamos 10 años de carcel, duración que apuntaba el abogado y sin embargo compañero de algunas fatigas sonoras Pablo Ruiz del Cerro. Pero qué esperar de un país aconfesional que otorga a la iglesia la libranza del pago de impuestos y una casilla en la Renta.

Sigo tenso. Lo noto tecleando ahora. Y triste. Con el estómago cerrado. No tiene salida este texto. No tiene un giro con confettis, no acaba en un punto final majestuoso y catártico. Solo era la respuesta a un deseo, Ana. El de mandarte un beso muy fuerte. A ti y a todos los afectados. Supongo que, de alguna manera, esta es mi manera de hacerlo.

La bicicleta, ese medio trans

Estoy hasta la cachimba del tema de los ciclistas. Seres adorados en los vídeos de Noruega, pedaleando sobre ruedas bajo tempestades. Humanos idolatrados en series televisivas veraniegas y como ejemplo de sostenibilidad laboral (ver el film Quicksilver, con el protagonista de insano nombre kevin BACON)

Chicos y chicas que deben ver la invasión de su carril por parte de los trotadores varios bajo comentarios de “no seas amargado”. Rodadores urbanos  que debe hacer frente a coches de reparto, sillas de niños, 4×4 familiares que “si solo paro un ratito a por los niños”, maletas con ruedas empujadas por seres de viaje, o gente simplemente andando por esa zona dedicada a los desplazamientos sobre dos ruedas con alegría y puta “convivencia”.

Una idea que, a tenor de las notas de prensa, no hace sino subir y subir – bien- en kilometraje dedicado y distancia coloreada, en Donostia. Ciudad que ya ha hecho una apuesta clara por no herir la sensibilidad de su nicho – con perdón.- de mercado: sus octogenarios habitantes y los turistas. Consumidores de parkings, trenes, pintxos, aceras y…ruedas? Dos ruedas? Me gusta más el verdejo, ande va a parar.

No parece de mente muy preclara mandar a los ciclistas a la carretera en el Paseo de La Concha “para hacer respetar la obligatoriedad de ir a 30 kms por hora”. Una idea cojonuda, cierto, si adiestras niños bomba con el ISIS o eres un gestor de campo de concentración y Mengele te quiere cuidar el parvulario un rato.

Poner petates humanos sobre ruedas para que unas cosas con potencia, chapa y velocidad frene contigo, como cuando aparcas y apenas hay sitio. El funcionamiento de esta idea los fines de semana por carreteras secundarias da buena cuenta de su efectividad.

Cierto que hay zonas conflictivas en la ciudad, que se arreglan y arreglarán con tiempo, educación -nadie fue niño e hizo carreras en bici por sus calles, claro-, igualdad – también se puede avisar a los peatones de las invasiones de carril rojo, ¿no?-.

Mas, puestos a llevar a cabo una iniciativa rompedora y de seguro funcionamiento, propongo que sean los peatones quienes vayan por el pavimento. O los coches por la acera. Seguro que se cumplía lo de las zonas 30 y de paso nos daba un “Tiritas para la conviverncia” o “La Milla del Betadine” o algo así megacultural quetecagas

In & Out

No lo entiendo bien, así que seguro que me podéis ayudar.

  • Un UTE cultural, digamos que “la capitalidad 2016”, organiza y patrocina dentro de un paraguas gigante de dinero público un acto que consiste en dejar a los chavales expresarse haciendo grafittis en una zona “acordonada” y alejada del mundo de los palillos y zuritos.
  • Esos chavales, que chavales son, aprovechan la visita a la ciudad para grafittear calles más céntricas que el getto concedido
  • La idea, por supuesto, hace saltar las normas de la ciudad. Publicandose en los diarios comentarios de “No es que sean de Banksy precisamente”, como si hubiera pintadas In y pintadas OUT. El gran error de la gente que manda (recordad la historia Banksy – Denis Itxaso). En una tierra que durante 30 años se y ha pintado de negro día sí y día también de slogans políticos o violentos. Igual precisamente por eso. Puede ser.
  • A la vera de este punto unos niños pintan en el mural callejero de su colegio y les cae una reprimeda legal similar. La ley es la ley, amigos, y de arte saben los jueces y policias un buen rato. Poco importa lo de “hacer cantera” en el arte. Como si esto de pintar, o cualquier otra cosa, solo fuera buena al ser aceptada. ¿Y cómo se llega ese punto?
  • Más allá de las buenas reglas de horarios y, algo menos, lugares en los que ejecutar los estilos, recuerdo un bando de Odon Elorza en el que dejaba en manos de la Guardia Municipal el categorizar una música ejecutada en la Concha o La Avenida como “música de buen gusto”, una etiqueta que te salvaba de la multa. La policía del arte se hizo carne en Donostia.
  • Muy cerca de algunas de estas irereverentes pintadas plenocéntricas se encuentra la Milla de La Paz. Resumo, que la historia da para mucho: Fotos sobre distintas tensiones en el mundo con palabras tabakaléricas que nos hacen más tontos por no entender el concepto. La eterna revisión de “la cultura elevada y el arte menor”. Todo ello con un coste público de 250.000 euros (¡”La Milla de Oro de la Paz”!), dedicándose solo el 3,4% al “contenido” de la muestra. Un proyecto que, recuerden, tenía un contenido ‘racaneado’ a agencias por no pagar a los autores de las fotos. Ojalá una ley que obligara a que el contenido sea el 40 o 50% del costo total de un proyecto subvencionado hasta las trancas.
  • Cerca también otro artista mundial ha llenado de tiras un puente para que la gente ponga sus opiniones. El montaje (vaya, también es de K6 Gestión cultural) físico ha sido obra y gracia de voluntarios, y el coste total ha podido equivaler al sueldo -real- de 350 camareros un año.Pero, eh, “Tiras por la paz (“una experiencia artística comprometida socialmente, única y original”) tiene como objetivo ofrecer una experiencia artística comprometida socialmente, única y original, que brindará los instrumentos necesarios para crear un espacio de agregación ciudadana durante el tiempo que permanecerá en exhibición. La intervención contempla la importancia de la comunicación entre el arte y la sociedad, y profundiza el rol de cada una de las partes. De esta manera, se crearán nuevos lenguajes y puntos de vista en torno a la construcción del concepto de paz en un lugar emblemático: un puente que representa la unión de dos cosas, el fin o el comienzo de un camino.

Conclusión: No pintamos nada

Conclusión 2: Nos toman el pelo

Al final ha ganado el Ambrosio

La frase del título no es mía, es del agudo Ketari, el Pequeño Timonel de Txomin Enea, y bien podría servir de epitafio en el funeral de Kulturaldia, el magazine cultural que ha flotado sobre Donostia los últimos años. Su autor principal, Jon Pagola, echa la persiana del negocio precisamente por no serlo. Maldiciones del autónomo, que debe dar misa (en las teclas) y repicar (los dineros). Así, mientras en Tabakalera – y similares mastodontes públicos- siguen apareciendo puestos de trabajo directivos cual piojos en una guardería, las salchichas peleonas de la ciudad menguan y desaparecen. Alber Vazquez lo resume a las mil maravillas en FB. Pásense por allí, y así se enteran de que hoy viernes presenta libro trotón en Garoa.

Como en toda relación de cariño, en Kulturaldia hubo varios “pero qué coño andas Jon” y “de puta madre, así sí” a la hora de ver en las redes sociales sus entrevistas, reportajes, textos libres y opiniones. Los mayores lo veían como un enfant terrrible, y los chavales como un aburguesado. Pero Kulturaldia mantuvo viva una pequeña llama de defensa de los conciertos pequeños, las exposiciones que justo ocupaban una pared y las películas que, con suerte, tenían un pase. No fue su rama principal, y de ahí su ocaso (económico. Esas cosas dan muchos y buenos amigos pero poco duros). Mas solo por eso ya merecía un click y unos minutos de atención. La pregunta es tan simple como demoledora: ¿Quién hará ese ingrato trabajo ahora?

Kulturaldia también permitió conocer a bilbaínos bien integrados en la city. Y carcajear con las ocurrencias y sucedidos llenos de verosimilitud de los escépticos giputxis. Vernos reflejados en los actos anunciados, y reirnos un poco de nosotros mismos (siempre que no se toque la Real, cama de agua en cuestiones de ironía escrita). Ironías y reflejos de la vida, su último post, el de despedida, la esquela, será el más visto o leído de la web.

Mucha suerte en la nueva aventura, señor Pagola. Fue un placer.