Amateur: “Debut!”

Por fin ve la luz lo que muchos esperábamos, el disco en formato clásico de “Amateur”, la parte de LBV que aún no había publicado nada tras la disolución de aquella banda que tanto lujo trajo a nuestro indie, cuando se cumplían esas dos premisas, “nuestro” e “indie”, de manera justa, correcta y feliz. La espera ha merecido la pena: “Debut!” es una obra mayúscula, mayor, grande, preciosa, preciosista, macerada, exquisita.

El análisis podría finalizar aquí, y sería justo. Pero injusto que tras 3 años de trabajo de estudio la cosa se quede en un breve lateral de un diario físico o digital. Porque – si quieren ausencia de pasión se van a un magazine, hombre-  no con todos los grupos te vas de gira en la furgoneta (Ay, Lleida, en el corazón), no con ellos aprendes y te moldeas, ni con ellos cambias música cuando eres aún una probeta con 17 años y no sabes por dónde te da el aire en el colegio de curas donde no dejas de ser un bicho raro. No con todos los grupos te abrazas en un bar cada vez que les ves, no con todos has crecido, vivido y compartido tu vida. Hoy toca Amateur, pero AMA ya estaba en esta categoría, por supuesto.

Debut es un disco mayúsculo, enorme. Calmado como lo son la edad, la sabiduría y las horas de estudio en la elaboración. Resplandeciente en su melancolía, abierto en sus ideas, Beatle (“El rastro de una estrella”, ésta con un cristalino guiño Bacharach) y norteamericano como Mikel lo era en LBV.  De la estela de aquella banda, cierto, pero en la búsqueda de nuevos planetas. Y con unos estribillos dignos de ser copiados, fusilados, silbados y/o canturreados. De templete y vela diaria. Con colaboraciones que suman más que evocar. Hay cierto aire Berrio (bueno, vale, Cohen) en “Da Vinci”, un arranque fantástico con una canción lenta (ole ahí), unas entonaciones sin marejadas ni tonos altos. Ese toque folk de “Dulce Final” y de muchas de las cuerdas del disco, el arreón Dylan de “Será verdad”, la chansón oscura de “Solo era un sueño”, esas letras que evocan con cierta pena, respeto y felicidad por haberlas podido compartir…y tantas y tantas bellezas que casi alcanza la cota de museo vivo del pop. Un stendhalazo en toda regla, queridos.

Rendidos hemos caído, como cantan en el corte inicial, ante la nueva colección que, quién lo iba a decir en los días que corren, se nos hace corta. A ver esa edición de doble vinilo para el año que viene, con los dos adelantos y toda la pesca de alta mar de este gran barco que vuelve a salir del puerto.

Ojalá nos queden muchos discos, muchos conciertos y muchas alegrías con este grupo de Donostia. La ciudad puede sentirse orgullosa de todo lo que hacéis unos y otros, queridos. Con todo el derecho del mundo, catarsis aparte, de poder volar solos y libres por el mundo, por vuestro propio carril. No veo a nadie de los mencionados directa o sutilmente (Lanzagorta, De Lucas) en una banda tributo. Y menos mal que tenemos el acróstico para quitarnos de encima la idea que nos sobrevuela a todos y que, espero, pese lo justo en un análisis musical.

Los indies del pueblo ya san escapau, riau riau

Anoche tocaba echar un vistazo a ciudades cercanas en el Dock Of The Bay. “Pamplona Sound” recogía en su corto metraje las cosas que pasaron en el pop/rock independiente de Iruña a principios de 1990. La etiqueta, como se ha cansado de repetir la directora, no busca responder ni agrupar sino preguntarse, de manera fílmica, si existieron puntos en común en los grupos de aquellos años.

La película empieza, casualidad, como el famoso libro de Nando Cruz sobre el indie patrio, poniendo el foco en Josetxo Ezponda, autentica espoleta en cualquier ciudad de provincias. Y tiene una columna central muy bien puesta: Jaime Cristobal, musicólogo, guitarrista y la persona con más gusto de la capital navarra. De su mano, acompañada de otras opiniones musiqueras, se pasea por los primeros 90 y se llega a la época Half Foot Outside de mediados de dicho decenio.

Grabado de forma muy casera, sin más ambición que sacar una foto del momento, “Sonido Pamplona” se apoya en decorados sencillos (sofás, pasillos, gatos, un radiador sin estrenar, estudios caseros de grabación, terrazas, una habitación digna del “Happiness” de Todd Solondz) para recoger las palabras de gente sencilla que hacía cosas por pura diversión y que ahora parece sorprendida ante la idea de hacer una película. Juan De Pablos pone su tono calmado a la narrativa, mientras Julio Ruiz le insufla relevancia al momento.

Faltan grupos y otros aparecen sin vivir aquellos años. Pero, como indican los títulos de crédito, “no son todos los que están, ni están todos los que son”.

Don’t Think I’ve Forgotten: Cambodia’s Lost Rock And Roll

El Dock Of The Bay viajó ayer a Asia para acercarnos la música “moderna” de Camboya. El director John Pirozzi, quien ya había participado en obras sobre Patti Smith y Leonard Cohen y se había adentrado en el tema camboyano con el documental musical sobre la banda Dengue Fever (“Sleepwalking Through the Mekong”), realiza un calmado retrato socio-político de la segunda mitad del siglo pasado con la música como apoyo.

La independencia de Francia, su propia Belle Epoque bajo el reinado del musiquero Rey Norodom Sihanouk – que se volcó lo cultural dejando un poco de lado esas tonterías demócratas- , la imposible neutralidad cuando Vietman se convirtió en un wok de bombas, Pol Pot y su poco amor por las libertades y el posterior regreso a cauces más occidentales. Todo ello, como indicábamos, con su correspondiente esponja musical.

Siempre paralelo al estilo tradicional – ese cuya voz deja la de Kimera en tono de Pavarotti- que volverá a la fuerza con los Jemenes Rojos, Camboya se emborracha de estilos occidentales. Primero con los afrancesamientos de su época colonial para más tarde desmadrarse con el surf garajero, el go—go, el beat o la música cubana. Esta es la época más interesante del docu, porque tiene temazos impepinables, dignos de las pinchadas de los Ayo Silver más rasgacubetas o Antton Iturbe, gure John Peel.

Sinn Sisamouth es el puente que une ambas vertientes esos años, y Ros Sereysothea su diva principal con estribillos tremebundos

Aunque lo que más nos ponen la pilas son los autores desmelenados (caso del “zombie” Yol Auralong ) y, en general, la frescura de aquellas nuevas recetas de ingredientes extranjeros. Todas las canciones de la película tienen unas producciones fantásticas, tan salvajes como sus primas transoceánicas. Esas melodías en ocasiones versioneadas en idioma local, como se solía hacer en la época.

La época de Pol Pot se antoja atroz, con un regreso al pasado y el exterminio de todo lo que huela a cultura extranjera (traducido: todos a plantar arroz al campo, vaciado de las ciudades y solo se permite ejecutar música tradicional a riesgo de que el que sea ejecutado seas tú). Quien pudo camuflarse aparece en la película. De muchos otros intérpretes no volvió a haber noticias.

Tras 4 años de apagón volvió la luz, y Camboya vuelve a ser el país de los hombres no violentos y la asimilación de las brisas foráneas. El actual r’n’b que suena al final del metraje, mezcla de nacionalismo estatal y el habitual contoneo USA, sirve para reafirmar la idea de que aquel medio siglo fue, también en esta zona de Asia, un sitio vibrante y lleno de vida.

Mavis! Mavis! Mavis!

Así, como Prince la presentaba o despedía en pública, repitiendo 3 veces el nombre, abandonamos el Cine Trueba ayer tras la proyección de “Mavis!”, la película sobre la voz principal del las Staples Singers. Llenos de vida, sonrientes. Emocionados con la vida de Mavis Staples, en un film vital que se tornó ideal para un lunes mustio y algo arrastrado.

Con algunas hebras en común con la proyección de Nina Simone (el racismo, Martin Luther King), la obra de Mavis empieza a diferenciarse desde el minuto 1. Concretamente desde que sale el letrero de “HBO” y uno se relaja a disfrutar en el asiento. Y vaya si se disfruta. La vitalidad de la gran dama traspasa la pantalla y dispara dardos de emoción y cercanía. Por ejemplo, cuando describe su relación con Bob Dylan. O cada vez que se menciona a su padre, pilar fundamental de la familia. Verla llorar al escuchar la revisión del disco perdido de “Pops” te deja el corazón blandiblú.

Hablar de Mavis, o de las Staples Singers que completaba con su padre y dos hermanos, es hablar de la vertiente más pacífica y espiritual de la música negra de los EEUU. Los exitosos comienzos Gospel -fueron el primer grupo en vender un millón de discos de este estilo religioso- y su cercanía a Luther King, el pequeño salto secular al folk, la pirueta triple mortal al soul de stax…

Tras la llegada de la música disco la familia Staples deja de aparecer en las portadas (exceptuando el pequeño momento Prince) hasta que el gran Jeff Tweedy decide producir sus discos en solitario. Siempre con una sonrisa, guardando penas y mostrando gran vivacidad. Una vitalidad que mantiene -con nuevas rodillas- a día de hoy, como bien se puede ver en los conciertos actuales que muestra el film y de la que pueden dar fe los asistentes a su concierto en el Jazzaldia hace unos años.

PD: ¿por qué me pasé media sesión soñando con cambiar a Jeff Tweedy por Jason Pierce en los siguientes trabajos de Staples? Qué bien le sentaría el gospel eléctrico de Spiritualized a la cantante de Chicago…

Nina Simone

Sureña, negra, bisexual y mujer. Al cóctel explosivo de Nina Simone no le faltaba ni el cardamomo. Y a pesar de todo eso, o quizás por toda esa pelea que su hermano describe como “las siete personalidades distintas de Nina”, ella fue “Amazing”, como recoge el título del film que el domingo vimos en el Dock Of The Bay.

Sobre esos cuatro pilares, sin apoyarse en exceso en ninguno de ellos, se asienta la película norteamericana que pueden pasar sin miedo por el canal ARTE – y no lo decimos solo por la rotulación de la misma-. Quienes solo la conocieran por la música del anuncio de Chanel Nº5 seguro que salieron retemblados con lo observado.

Extraña saber que la hija de la Sacerdotisa del Soul no quisiera participar en esta obra. No hay sal sobre ninguna herida, y apenas menciona los asuntos más turbios (drogas, relación con su padre, su ocaso). Pero poco importa que no ahonde en esas cuestiones Deluxe. La obra, la artista, se basta y se sobra para aturdirte, inspirarte y revolverte. Sensación que puede verse aumentada por la ingesta de un par de “1906”s en el ambigú del Teatro Principal. Una birra que deja la Voll Damm en Nenuco para traseros.

El asiento nos come cuando la vemos en escena. Dura, pétrea, terrorífica, parando los conciertos si alguien habla, con esa mirada penetrante. Y una voz rota y reconstruída para sonar directamente desde el alma. Suavidad envenenada. Dulzura que no quiso dejar de lado los problemas sociales de la época y que nos rompe un poco cuando escuchamos que “siempre está triste”. Ahora, cada vez que la volvamos a escuchar, seguro que nos encogemos un poco más.