Tan lejos, tan carca (aquí)

  • Oficina técnica.
  • Plan estratégico de cultura a diez años vista.
  • la relación que debe tener la ciudadanía con las instituciones culturales.
  • Sónar, el Primavera Sound, el BAM.
  • Daniel Granados, guitarrista del grupo Tarántula y fundador del sello discográfico Producciones Doradas, es el asesor externo.
  • La intención es crear la normativa que reconozca esa actividad y que ampare a estos locales.
  • Analizando la situación jurídica para realizar un cambio en la normativa municipal .
  • El cambio legislativo podría beneficiar a 30 o más espacios.
  • Locales históricos que ni siquiera tienen licencia de bar.
  • El objetivo es «hacer un reconocimiento público y fomentar la música en directo».
  • «Un sello que reconozca una actividad que el ayuntamiento considera buena para la ciudad»
  • «Lugares reconocidos por su trayectoria de difusión musical, por su relación con el tejido local y con los músicos del barrio y que no hayan tenido una relación traumática con el vecindario»
  • «No es resolver un problema a partir de la normativa sino, a partir de una nueva normativa, hacer un programa en positivo de la música en directo en Barcelona. Y hacer pedagogía de ello. No puede ser que una ciudad que hace bandera de festivales como Sónar y Primavera Sound no pueda hacer bandera de todo el tejido de pequeña y mediana escala»

Barcelona protegerá la música en vivo tras décadas de restricciones

Si el 2016 nos deja algo así como herencia ya me doy por satisfecho.

Atento a la siguiente parte

A mi lado el chico no dejaba de comentarme cosas: “Ese punteo es un homenaje a la opresión birmana de mediados del siglo pasado”, “¿Te has fijado en la chaqueta? Es puro Bowie”, “Atento a la siguiente parte, es un magnífico compendio de lo mejor que ha dado Francia en el pop de jardines en los últimos años”. Sobre el escenario una banda de rock aguerrido que castigaba sus guitarras y parches con la crudeza habitual.

Y a mi vera, en la sala, los espectadores repartían bajo los parámetros que les contaba al inicio: Un asistente, un comentarista. La organización, impecable en el trato a los allí presentes, nos había dotado de un “explicador” para que pudiéramos entender la obra en su totalidad. Como en Corea del Norte, pero sin ver a la gente sonreír todo el rato.

Si esto que les cuento es una autentica soplapollez a la hora de que disfrutemos de la música, ¿por qué se nos torna tan necesario cuando las obras se visten de elitismo? La cultura hay que disfrutarla siempre como lo hacen los niños pequeños: Me gusta, o no me gusta. Me aburre. Me flipa. Paso. Vaya rollo. Quiero más.

Sino es que no se explica/goza en sí misma

Los indies del pueblo ya san escapau, riau riau

Anoche tocaba echar un vistazo a ciudades cercanas en el Dock Of The Bay. “Pamplona Sound” recogía en su corto metraje las cosas que pasaron en el pop/rock independiente de Iruña a principios de 1990. La etiqueta, como se ha cansado de repetir la directora, no busca responder ni agrupar sino preguntarse, de manera fílmica, si existieron puntos en común en los grupos de aquellos años.

La película empieza, casualidad, como el famoso libro de Nando Cruz sobre el indie patrio, poniendo el foco en Josetxo Ezponda, autentica espoleta en cualquier ciudad de provincias. Y tiene una columna central muy bien puesta: Jaime Cristobal, musicólogo, guitarrista y la persona con más gusto de la capital navarra. De su mano, acompañada de otras opiniones musiqueras, se pasea por los primeros 90 y se llega a la época Half Foot Outside de mediados de dicho decenio.

Grabado de forma muy casera, sin más ambición que sacar una foto del momento, “Sonido Pamplona” se apoya en decorados sencillos (sofás, pasillos, gatos, un radiador sin estrenar, estudios caseros de grabación, terrazas, una habitación digna del “Happiness” de Todd Solondz) para recoger las palabras de gente sencilla que hacía cosas por pura diversión y que ahora parece sorprendida ante la idea de hacer una película. Juan De Pablos pone su tono calmado a la narrativa, mientras Julio Ruiz le insufla relevancia al momento.

Faltan grupos y otros aparecen sin vivir aquellos años. Pero, como indican los títulos de crédito, “no son todos los que están, ni están todos los que son”.

Don’t Think I’ve Forgotten: Cambodia’s Lost Rock And Roll

El Dock Of The Bay viajó ayer a Asia para acercarnos la música «moderna» de Camboya. El director John Pirozzi, quien ya había participado en obras sobre Patti Smith y Leonard Cohen y se había adentrado en el tema camboyano con el documental musical sobre la banda Dengue Fever (“Sleepwalking Through the Mekong”), realiza un calmado retrato socio-político de la segunda mitad del siglo pasado con la música como apoyo.

La independencia de Francia, su propia Belle Epoque bajo el reinado del musiquero Rey Norodom Sihanouk – que se volcó lo cultural dejando un poco de lado esas tonterías demócratas- , la imposible neutralidad cuando Vietman se convirtió en un wok de bombas, Pol Pot y su poco amor por las libertades y el posterior regreso a cauces más occidentales. Todo ello, como indicábamos, con su correspondiente esponja musical.

Siempre paralelo al estilo tradicional – ese cuya voz deja la de Kimera en tono de Pavarotti- que volverá a la fuerza con los Jemenes Rojos, Camboya se emborracha de estilos occidentales. Primero con los afrancesamientos de su época colonial para más tarde desmadrarse con el surf garajero, el go—go, el beat o la música cubana. Esta es la época más interesante del docu, porque tiene temazos impepinables, dignos de las pinchadas de los Ayo Silver más rasgacubetas o Antton Iturbe, gure John Peel.

Sinn Sisamouth es el puente que une ambas vertientes esos años, y Ros Sereysothea su diva principal con estribillos tremebundos

Aunque lo que más nos ponen la pilas son los autores desmelenados (caso del «zombie» Yol Auralong ) y, en general, la frescura de aquellas nuevas recetas de ingredientes extranjeros. Todas las canciones de la película tienen unas producciones fantásticas, tan salvajes como sus primas transoceánicas. Esas melodías en ocasiones versioneadas en idioma local, como se solía hacer en la época.

La época de Pol Pot se antoja atroz, con un regreso al pasado y el exterminio de todo lo que huela a cultura extranjera (traducido: todos a plantar arroz al campo, vaciado de las ciudades y solo se permite ejecutar música tradicional a riesgo de que el que sea ejecutado seas tú). Quien pudo camuflarse aparece en la película. De muchos otros intérpretes no volvió a haber noticias.

Tras 4 años de apagón volvió la luz, y Camboya vuelve a ser el país de los hombres no violentos y la asimilación de las brisas foráneas. El actual r’n’b que suena al final del metraje, mezcla de nacionalismo estatal y el habitual contoneo USA, sirve para reafirmar la idea de que aquel medio siglo fue, también en esta zona de Asia, un sitio vibrante y lleno de vida.

Mavis! Mavis! Mavis!

Así, como Prince la presentaba o despedía en pública, repitiendo 3 veces el nombre, abandonamos el Cine Trueba ayer tras la proyección de “Mavis!”, la película sobre la voz principal del las Staples Singers. Llenos de vida, sonrientes. Emocionados con la vida de Mavis Staples, en un film vital que se tornó ideal para un lunes mustio y algo arrastrado.

Con algunas hebras en común con la proyección de Nina Simone (el racismo, Martin Luther King), la obra de Mavis empieza a diferenciarse desde el minuto 1. Concretamente desde que sale el letrero de “HBO” y uno se relaja a disfrutar en el asiento. Y vaya si se disfruta. La vitalidad de la gran dama traspasa la pantalla y dispara dardos de emoción y cercanía. Por ejemplo, cuando describe su relación con Bob Dylan. O cada vez que se menciona a su padre, pilar fundamental de la familia. Verla llorar al escuchar la revisión del disco perdido de “Pops” te deja el corazón blandiblú.

Hablar de Mavis, o de las Staples Singers que completaba con su padre y dos hermanos, es hablar de la vertiente más pacífica y espiritual de la música negra de los EEUU. Los exitosos comienzos Gospel -fueron el primer grupo en vender un millón de discos de este estilo religioso- y su cercanía a Luther King, el pequeño salto secular al folk, la pirueta triple mortal al soul de stax…

Tras la llegada de la música disco la familia Staples deja de aparecer en las portadas (exceptuando el pequeño momento Prince) hasta que el gran Jeff Tweedy decide producir sus discos en solitario. Siempre con una sonrisa, guardando penas y mostrando gran vivacidad. Una vitalidad que mantiene -con nuevas rodillas- a día de hoy, como bien se puede ver en los conciertos actuales que muestra el film y de la que pueden dar fe los asistentes a su concierto en el Jazzaldia hace unos años.

PD: ¿por qué me pasé media sesión soñando con cambiar a Jeff Tweedy por Jason Pierce en los siguientes trabajos de Staples? Qué bien le sentaría el gospel eléctrico de Spiritualized a la cantante de Chicago…