La gran broma final

Habíamos dejado para más adelante un análisis de fondo a lo que plantea la atractiva película “auto”, ese retrato de la autoedición discográfica española capitaneado por Marxophone y otras figuras relevantes. Repetimos: lo que ahora van a leer no es un comentario de la película, sino un vistazo a su base.

No pelearemos contra la autoedición, mon dieu. Nos parece una gran forma de trabajar. Con sus esfuerzos titánicos y pequeñas satisfacciones. Complementaria en algunos aspectos a otros contratos con empresas mayores. Y puede dibujarse bastante bien en la redistribución de la riqueza generada por la cultura, llegando más cacho al artista directamente. Así, Nacho Vegas, Fernando Alfaro o Vetusta Morla defienden su postura, con acierto y razonamientos creibles.

Pero no vale.

Sí, muchos de ellos han formado parte del entramado que les ha dado el reconocimiento que ahora les aúpa hasta donde están, sea donde sea eso. Y no pasa nada por abandonar un barco que se hunde. Todos los días lo vemos: en el fútbol, en el mercado laboral,…

La música autoeditada es una lotería. Literal. Muchos apuestan por su boleto, a unos cuantos les toca lo echado y unos pocos son los agraciados con el sistema de apuestas (y El Estado es el que más gana). Es como si en un reportaje de sorteos solo salieran palabras de los ganadores.

Por eso, la pequeña – y sabida- “trampa”, ya emprendida por Radiohead en su día, consiste en elegir esa opción cuando tienes una base de fans enorme. Lo demás es el efecto myspace de Artic Monkeys. Pura chiripa. Una promo ideal para los distintos soportes 2.0.

Tan solo Vetusta Morla (y Lisabo, no retratados en Auto) pueden tomarse como ejemplos de partir de novias y acabar gustando a sus madres y abuelas. Bueno, Lisabo igual no son tan enamoradizos 😉

El resto no dejan de ser ejemplos de gente ya asentada que decide tomar esta vía. Sin más. Ni Menos.

La hora feliz

Esta semana Paul Heaton colgaba un mensaje en su página de FB recordando que hace 27 años Stan Cullimore y él compusieron en la tranquilidad de su casa y plenos de inconsciencia (el texto finalizaba con “quién iba a decir lo que nos esperaba al cruzar la esquina…”) dos canciones como dos soles: “Happy Hour” y “Build”, las que probablemente sean, junto con “Me and the Farmer”, las melodías más conocidas de The Housemartins.

Eran otros tiempos. La música era orgánica y nerviosa. Qué decir de la carga social que tenían estas canciones. Salvo los pesados cantautores protesta, hoy en día el las líricas viajan libres de mucho peso gracias al mar de Alborán.

Un reciente post -genial- de JNSP recuperaba la imagen de estos cuatros chavales, comparándolos con Los Smiths. Más allá de los mencionados tintes sociales (Housemartins en las letras, Smiths en las declaraciones) y una vida creativa muy intensa, ambas formaciones fueron de lo mejor de su época.

Pero no voy a entrar en ese mundo. Lo que quiero destacar es la poca repercusión que han tenido más allá de los círculos de musicolegas. Nadie les reivindica, nadie los pone como primera referencia, nadie habla maravillas de ellos. Que yo recuerde, tan solo Fran Nixon ha hecho alguna defensa de sus valores en alguna ocasión. Ni me quejo ni lo critico, tan solo lo constato.

Y también estoy encantado de que no esté en sus planes reunirse ni para jugar a la petanca. Supongo que Fat Boy Slim está encantado con sus amaneceres en Goa, y Heaton investigando sobre clubes de futbol de segunda en Polonia. “London 0 Hull 4” seguirá girando en mi tocadiscos, como lo hacía en aquel cuarto del extraradio donostiarra, con un oyente igual de feliz

12:43

Suena Dotore mientras el café intenta despertarme. Difícil tarea tiene hoy.

Recuerdo estar en el Círculo de Bellas Artes hace unos cuantos primaveraclubs y encontrarme con un músicolega. No sé quién tocaba en ese momento, algún grupo guay rollo Aller. El compañero me dijo “pues toca Dotore en una sala aquí cerca, fuera del programa“. De locos. Montar un concierto paralelo al Primavera Club. Y me dije, pues vamos. Mayestático total, que eché a andar solo.

Bajé del círculo a la calle con 3 indiecaciones sobre cómo llegar. Ya sabéis que Madrid no tiene secretos para mí, así que fue fácil. Perderse, digo.

Llegué a la sala y pagué la entrada. Intenté colarme vía “soy amigo suyo”, pero nada. En verdad, Dotore y yo nunca habíamos tratado hasta ese día, aunque tenemos comunes.

La discoteca era un horror. Espejos, cristales, señores con sus queridas.Tocaban un grupo normalucho, y luego iba él. Recuerdo escuchar la canción que sonaba ahora al empezar a escribir este texto, “el mejor final“, y echarme a llorar un poco. Como con la segunda canción del disco nuevo de Berrio.

Dotore peleó contra todo, y ganó. Al acabar me acerqué, encantado, a saludarle. Y recuerdo charlar como si compartieramos local, en plan colegas. Supongo que flipó al verme allí, lejos del festi, en Madrid. Fue muy atento, y lo recuerdo con cierta felicidad.

Después volví al festival. Como quien ha visto un tesoro y vuelve a la cantina a contarlo. A nadie le importaba, lo cuál hacía más grande y personal mi tesoro.

Phantasma: Luces de bohemia

Sonaba “Amanece”, el momento en el que los fantasmas se recogen hasta nueva presencia. La canción que Rafael Berrio publicó en su “Diarios” era el colofón a una gala (así la denominó el autor) que juntó a dos extravagantes

Rafael declamó, y reclamó, su espacio en los mundos graves. A veces viaja con sorna, fíjense, pero ante la repleta sala de la casa de Cultura Ernest Lluch sus fraseados – apenas entonó- giraron y se escondieron. Con momentos de aplauso operístico, como en ese paseo por las calles de Donostia, rodeado de objetos inanimados que te van a sobrevivir, enunciando las tres maneras de beber ginebra (“soledad, mala estrella, desgarro”). Yo ya me entiendo.

El donostiarra, volviendo a la nomenclatura berriana, tiene a su lado un ángel. Un ángel guardián, que responde al nombre artístico de Mursego. Que juega, pero menos, con los loops. Que alcanza el cielo con “euskal existentzialistaren abestia”, una divertida maravilla de sopa de letras. Que abraza con amor a Nietzsche y elabora preciosas canciones de corte siciliano. Oh mammarsego.

Juntos parten del “Come together” para ofrecer “Niño Futuro”, el cierre salvaje. Al que le sigue un bis de, por supuesto, dos unidades. Todo ello empaquetado sobre un fondo de imágenes tenues. Sesenta minutos largos de paseo poético por los libros carcomidos y húmedos, casas palentinas frías y solitarias como sus habitantes. Por esas rendijas, las nuestras, se cuelan sus palabras, sus parábolas, sus guitarras y sus giros. Escucharlas de vez en cuando (no será este un espectáculo muy paseado, mal que nos pese) es bien reconfortante.

Los “dockies 2013”

Sin querer atacar el justo galardón del jurado oficial, que aupó a lo más alto a “searching for sugar man” con total merecimiento, nos atrevemos a completar el hipotético palmarés con otros tantos hipotéticos premios

  • Premio al mejor guión, por su frescura y espontaneidad, al documental de Barón Rojo. Aunque aún dudamos si es un biopic o un Spinal Tap. O una cosa queriendo ser la otra.
  • Premio a la mejor música – difícil cuando la temática es la que es- para el anuncio de Gescom previo a las emisiones. Exigimos un “Director´s cut” para gozarlo en plenitud. O, en su defecto, un mini documental el año que viene.
  • Premio autoproducido, claro, a “Auto”, el docu indie. Los dos minutos de Limbo Star – Nacho Vegas, o el divertido y explícito detalle del “Fuerte” de Fernando Alfaro les hacen merecedores de mención. El director de la peli ha confirmado que ellos mismos se harán el premio, lejos de la industria del trofeo.
  • Premio canalla a Serge Gainsbourg, la única persona que siempre que ha salido en imágenes dejaba la sensación de que se habían grabado un día antes de su muerte. Lo de cantar con el tabaco y el mechero en la mano, un must.
  • Premio a la mejor mezcla cinematográfico-sonora, ex aqueo, a Parade y Cápsula. El primer dio un concierto de película, y los segundos se cascaron un remake de David Bowie impresionante.
  • Premio al mejor backstage para el Trueba´s Corner. Y su pintxopote. Y la posibilidad de meter bebidas al cine.
  • Y mención especial a todos los organizadores, colaboradores y promotores, por traernos a Donostia este certamen tan chulo.