Turismo de escombros y energía

Primer billetaje agotado en el Dock Of The Bay a cargo del film de Pj Harvey “A Dog Called Money”. Película que recoge la grabación de su undécimo disco “The Hope Six Demolition Project“ y los viajes que hizo para inspirarse a lo largo de zonas desfavorecidas del mundo.

Polly Jean, a quien mi abuela le pondría un plato de alubias nada más verla, pasea por Kabul, se pierde por los guettos de Washington, disfruta de las fiestas en Kosovo mientras el film lo une con la grabación de las letras inspiradas en esas visitas en un estudio semi abierto al público. La obra, que peca de repetitiva en su esquema, es un disfrute en el voyeurismo de estudio, en la posibilidad de ver de dónde vienen las líricas, en la maravillosa creatividad de unos músicos multiinstrumentistas, de unos sonidos pesados dignos de Tom Waits, en unos cantos espectaculares que superan hasta la prueba de quitarle el sonido de fondo.

Harvey tiene la elegancia de visitar sin querer cambiarlo todo (¿Eh, MIA?), sus notas sobre el terreno son los pasitos que llevan al disco con distancia y reivindicación sutil, de turista con conciencia pero turista al fin y al cabo. Al film se le va el minutaje, con 90 minutos que parecían buscar retratar el album entero cuando con hacerse un EP fílmico hubiera sido todo más gozoso.

En la segunda sesión del lunes – que coincidía con la proyección de otro film del festival, que se contraprograma estos primeros días- nos sentamos para ver el discurrir de las matinees del CGBG, aquellas sesiones de New York Hardcore de chavales de 12-14 años que luego más tarde tendrían más relevancia a lo largo del mundo: Gorilla Biscuits, Youth Of Today, Agnostic Front yotros combros de potente y alegre desafinar gritón

Se pasa de autocomplaciente el film, que cae en el pecado habitual de estos retratos: la verbalización de que sus propios autores hicieron algo básico en el devenir de la música. Los entonces amantes del pogo ahora salen con barbours, en una imagen que siempre me choca. Aunque no se si tanto como sería el verles aún en pantalón corto y camisetas SKA.

El CBGB es el mayor tugurio jamás retratado en un film sin una bola de derrumbe al acecho, haciendo que nuestros gaztetxes fueran hoteles de Doha a su lado. Lo cual me lleva a la mejor idea que pude sacar de esta -también larga- obra de Giangiacomo De Stefano: Para hacer cultura, para que nazca una escena, la zona debe ser pobre a rabiar, algo que sería fácil enlazar con los parajes retratados en el film de PJ Harvey.

En NY el Hardcore se fundó con alquileres tirados, llena de peligros que impedían el incremento de los precios y gente desarraigada y joven con mucho tiempo libre que hace grupos y fanzines nuevos cada semana. Los 4 minutos sobre el tema de la gentrificación que se ubican casi al final del metraje demuestran que en nuestro día a día será imposible que salga algo nuevo y refrescante solamente por esa cuestión.

AMA anuncia nuevo disco para el 2020

ama

Lo que era un rumor en la ciudad comienza a confirmarse. La banda donostiarra compuesta por los hermanos Javier y Borja Sanchez prepara el lanzamiento de su nuevo álbum. Un disco que se alejará de los cánones pop habituales del pop donostiarra para adentrarse en terrenos más contundentes. Así nos lo confirman desde el cuartel general de la banda. “Hemos sentido la necesidad de recuperar los orígenes contestatarios de nuestra urbe. Muchos nos acusan de capital burguesa y cara, que si pintxitos, que si la bahía. Algo con lo que nosotros hemos cargado en nuestra mochila sin realmente serlo. Ya sabéis, el Donosti pop, las bicicletas, los cafés, los paseos. Ni que fuéramos Kilian Jornet… Pero siempre ha habido un movimiento que luchaba contra esa clase media-alta y nos hemos sentido parte de ella. Ha llegado el momento de sacar la cabeza”.

Para ello, han desempolvado sus discos de los Ramones (“En casa los ponemos sin parar, como los de los Stooges. Pero no podemos decirlo por aquello del “qué dirán”. Ya nos hemos cansado. Salimos del armario del indie”), una banda a la que homenajean en la portada del nuevo CD- atentos a las letras usadas para el nombre del grupo- . “Hemos querido fusionar nuestro antiguo amor por Postcard con la sencillez impactante de los neoyoquinos en su Rocket To Russia.”.

No son los únicos nombres que ahora salen a la palestra. Como bien demuestra la carátula que hoy estrenamos, otra de sus nuevas inspiraciones viene de “Sanchis y Jocano”, el dueto donostiarra que hizo “La crónica de San Sebastián”. “Nos encantan”, afirman desde el cuartel general amatorio. “Nos gustan tanto que habíamos pensado cambiar el nombre del grupo ahora, con el nuevo enfoque, y llamarnos Sanchéz y Jocano. Además quisimos sacarnos la foto en la calle de nuestro familiar Sánchez Toca. Una frase para confirmar que vamos a pasar de arpegios y cuerditas para pillar la púa, la guitarra de flecha y el pedal de distorsión”.

El combo anuncia que para ganar en nervio y músculo, y siguiendo en ejemplo de Bullet Proof Lovers, su formación se completará en directo con nombres ilustres de la escena rock donostiarra. Por de pronto ya se encuentran ensayando en los locales de NCC y Discípulos de Dionisos, lo cual les ha inspirado en las adaptaciones de las viejas tonadas. “Por ejemplo, “tierra y sol” será ahora “tierra y rock”, y “los turbulentos” irá por el lado Burning”. Aunque no han querido confirmarlo, se rumorea que la masterización ha corrido a cargo de Ross Robinson (KoЯn, Limp Bizkit, Deftones, Slipknot).

El nuevo trabajo verá la luz a mediados del 2020 (“queremos llegar justo para el Viña Rock, que será nuestro gran estreno”) de la mano del sello de Mariskal Rock. El disco llegará precedido de dos singles aún sin título y se estrenará en exclusiva en la web Ruta 66.

La mejor banda del mundo (a tiempo parcial)

Desde Diciembre de 2008 llevaba sin ver a Lisabö en directo. Aquel concierto de la irundarra Sala Tunk fue la última de las paradas de un viaje que comenzó en la sala Mogambo allá por los primeros 2000: recuerdo que al acabar aquel concierto dejé de lado las buenas palabras habituales y a la pregunta de “¿Qué te ha parecido el concierto?” respondí, casi temblando, “me ha acojonado de miedo”.

Ahora tocaba volver al terror. En plaza anexa, Mosku/Irún. La segunda casa de estos fronterizos. Quizás por eso cuando ayer Karlos Osinaga daba las gracias a su gente, a su barrio, al sitio por donde han trasnochado toda la vida hiciera malo o bueno, uno las entendía de puro corazón. Yo estaba nervioso, como cuando esperas una ola muy grande después de haber sacado la cabeza del agua. No es habitual esa sensación tras casi más de 800 conciertos a mis espaldas. Pero se agradece como el primer día.

Lisabö tiene un arte al alcance de muy pocos. Tensan, gritan, golpean, aturden, violentan y despiertan. Su labor no es emperifollarse sino demostrar que la creatividad no se enmohece con los años. Consiguen que quieras más volumen siempre, que sueñes con abrazar el bafle. Sus golpes y contrastes son unas vitaminas extra para tu caminar cada día más cansado. En Irun lo volvieron a demostrar, sobre todo cuando la formación alcanzaba la forma de dos tríos, con la guitarra, bajo y batería repetidos. “Es cosa de frecuencias”, me dijo un compañero de evento. Y sin poder entrarle al detalle, me respondí mentalmente que sí.

Porque ellos activan partes del cuerpo dormidas. Ellos inspiran, te hacen vibrar, te dan envidia por cuestiones creativas, te hacen replantearte cosas aunque estés en las antípodas sonoras. Ellos saben convivir con las explosiones de energía, la poesía del grito, la belleza del estallido. Y nos ofrecen el resultado en la palma de la mano para que las saboreemos. Lisabö nos hace soñar con las posibilidades de un grupo (queda demostrado que son la mejor banda del mundo a tiempo parcial), con la independencia en las decisiones y publicaciones, con la creatividad elaborada y cabreada – quizás por eso cuando cantó Eneko BAP ayer la cosa bajo algo de intensidad. Por el simple hecho de cantar-.

Volví a salir del concierto acojonado, aterrorizado. Pero ahora en el cuerpo de un niño tras el túnel del terror, repleto de satisfacción. Con ganas, y esto es nuevo, de ponerme un disco suyo en casa. Más allá del pavor sonoro es el momento de disfrutarles en la rabia bajo techo. Y a esperar que no pasen once años para volver a encontrarnos.

La España Vacía

Mertxee abre el periódico mientras la brisa aletea las hojas del mismo. Como cada mañana desde hace 35 años el día comienza con un paseo por la playa, y la lectura de las novedades antes de arrancar la jornada laboral.

En su banco pasa de atrás hacia adelante, una vieja manía, las distintas secciones. Poco entiende ya de deportes y economía, algo menos de política y sociedad. Como las de su edad, tiene un Master en Esquelas. “Al menos no veré la mía”, se dice, mientras recuerda haber dicho una y cien veces en las cenas de navidad que para ese mal trago familiar elijan la de la fiesta de Pentecostés, con aquel peinado tan bonito.

Llega a un artículo muy grande sobre La España Vacía, y no le suena extraño. Ella tiene un colmado por donde todo el mundo pasaba y se fiaba en notas de papel. Hoy espera, ojea algún libro o revista, y mira los whatsapp con las últimas monerías de sus nietos, mientras un visitante entra preguntando por cambios para el parking. Ella también sufre la calma que hacía que la mercería abriera tarde “porque las niñas salen del colegio a las siete y son unas grandes clientas”, repetía una y otra vez Asunción. Pobre Asunción. Vaya foto le eligieron para el periódico.

Los hombres trabajaban en puestos de fuerza y relevancia, en empresas que cuidaban a sus trabajadores como el bien necesario para poder avanzar. Sudaban mucho para poder pagar una casa, pero lo conseguían. Trabajaban nueve y diez horas, pero la vida iba a su par y pocos trastabillaban. En los pueblos y las ciudades la vida se disfrutaba. Unos lugares de gran belleza clásica que destilan historia y cultura. Como aquel palacio, ahora derruido para importar mármol y ponerlo vertical. Como aquella calle, ahora troceada por muchos anuncios y sus tiendas. Antes todos los nenes corrían por las plazas y pueblos sin más queja que un berrinche y más herida que una pedrada.

Mertxe suspira mientras acaba el artículo de marras sobre ese país que tanto ha cambiado, que tanto ha empeorado, que se ha vaciado. Y lo ve propio. Ya no hay belleza. Ya no hay palacios. Y ya no hay gente. Gente que viva donde ella vive, en esta zona de la playa de una capital costera. Donde ya no hay casas sino etapas volantes de humanos visitantes. Donde por mucho que curres eres un autónomo subcontratado. Donde la belleza ahora se ve en exposiciones de la antigua belleza cercana. Donde la gente viene a ver lo que fuimos, cuando ya somos otra cosa. Donde la gente tiene que irse porque ya no cabe en los baremos. Y no les vamos a molestar, que son más importantes que nosotros.

A veces la España Vacía también está en la mitad de las ciudades turísticas

Esa gente que hace del pop un mundo más bonito

Persona que tiene por oficio hacer o vender objetos artísticos de oro, plata u otros metales preciosos. “ La definición de orfebre se queda corta, cutre, incompleta, prerrománica. Habría que meter las canciones de algunos grupos. Sé que la cabeza les tirará para TIMO Impala y esas cosas de mil capas farragosas y marketinianas.

Mas deben añadir en la categoría de orfebre supremo, mayestático a quien hace mucho y precioso con muy pocos elementos. Los cesteros, los toneleros. Y Jonathan Richman, que le da en la cara a todos los autores pop que “menos pedales y más buenas ideas”. Añadan también a Lachlan Denton (“el Denton” para quienes nos liamos con su nombre).

No querría para mis adentros las inspiraciones de sus discos, trágicas en mayor o menor medida, pero abrazaría con el amor de un perrete perdido sus canciones. Su forma de entender el pop, (sencillo, directo, más sencillo aún, un punteo, fin) está en las antípodas, nunca mejor dicho, de lo que hoy bulle en las mentes juveniles. Pero está muy cerca de lo que bullía en las nuestras hace varios lustros, cuando pasar de Re a Sol daba para un buen rato.

El concierto de Denton, demasiado breve pero bellamente irrepetible, elevó las ya hermosas canciones de su último disco hacia un mundo mejor. No debe mancharse con palabras la preciosa sensación que tuvimos, así que por eso sacamos la metralleta de ideas y unimos flores para hacer ramos buscando jugar con su paso por Donostia: El ramillete de las gemas pequeñitas, el de la sencillez reconfortante, el de la simplicidad impactante. El de la insultante juventud – los músicos no llegaban a los 25 años-.

Ese cosmos que se permite quemar el hit arrancando el concierto con él. El planeta de la envidia creativa, la felicidad tontuna, la satisfacción personal, el júbilo/jubileo de compartirlo en un garito, la adicción rejuvenecedora de la naturalidad y la franqueza. Tan bueno fue lo suyo que el evento posterior de Cool Sounds, backing band en los temas de Lachlan, quedó en una cosa jibarizada y regulera que nos permitió comentar lo bueno, buenísimo, que había sido el primer acto.