@Marlon_Brandy, sobre “Canciones para un duelo sin espadas”

Cuanto más mayor más cínico soy y, paradójicamente, más me jode serlo. Recuerdo ser un post-adolescente algo más sensible abrazando con mucha impresión aquellos discos de desamor, “Blood on the tracks” de Dylan, “Too Much Love” de Harlan T. Bobo… Ahora ya casi nada me emociona, y si alguien me cuenta cosas muy íntimas me siento un personaje de novela victoriana y acabaré pensando que es una cosa de muy mal gusto.

Me siento bastante podrido cada vez que me descubro en este tipo de actitudes, pero ya me daba por caso perdido. Hasta que apareció Bassmatti por casa con su ordenador, con estas “Canciones para un duelo sin espadas”. Nos tocaba hacer de productores/mezcladores/consejeros, y a ello me dediqué, centrándome en lo musical y no tanto en lo lírico, debido a lo que citaba en el primer párrafo: ese pudor a saber más de lo que me gustaría, evitar compartir amarguras que ya bastante tengo con lo mío y el resto de actitudes que componen el cuadro clínico del 90% de nuestro entorno y al que me temo no soy ajeno. Pero entonces llegué a “Esta es la última canción que te hago en vida”, una torch song de hervor Bassmatti que, aquí sí, me pilló desprevenido. Ya era tarde para recurrir al cinismo, ya no podía evitar empatizar con esa letra (si no lo has vivido lo vivirás, estimado lector), y con un pequeño nudo en el estómago decidí que era la mejor canción que jamás había hecho G. Bassmatti.

Esta es mi pequeña confesión, una prueba de que estas cinco canciones me ayudan a ser menos cínico. El disquito alberga otros muchos argumentos de peso, muchos de ellos musicales (el pop guitarrero a lo Pastels de “Ya No” es de libro, la brisa tranquila de “A quién le cuento yo ahora” me recuerda a cuando Josh Rouse molaba, y “Una señal de viva voz” tiene que estar hecha en plena duermevela, seguro) y otros que tienen que ver con el encanto de la renuncia a la ambición (tirada de 40 copias, todas distintas…), del que no puedo ser más fan, a la vez que me apena que esa renuncia dificulte que estas canciones las conozca todo el mundo.

Autor: Marlon Brandy

Wau y los Arrrghs: El garaje no es para los guapos

Hace unos días un artículo de Kiko Amat para La Vanguardia tonteaba con el meollo de todo este asunto: el garaje nunca fue para la gente guapa, aquellas melodías no podían salir de jóvenes normales, y hay que estar algo tarado para que el fuzz le parezca a uno el sonido más celestial del universo. Atendiendo al DNI, Wau y los Arrrghs ya no son chavales (otra cosa es su vitalidad), pero sí lo era el público que anoche nutrió Mogambo. Y algo de esto hubo, una demencia colectiva incontrolable que hace que más de 100 jóvenes pierdan el control a golpe de fuzz y farfisa un martes cualquiera en una ciudad tan emocionalmente lineal como San Sebastián. Si los guapos dormían por ser martes, los feos optaron por el griterío y el baile, el mejor antídoto para la frustración juvenil, tenga esta la edad que tenga. La estampa, vista desde el fondo de la sala, era preciosa.

El mérito de Wau y los Arrrghs no parece muy evidente a la primera. Como en su anterior visita a Donostia, el grupo parece siempre que empieza a medio gas, enconmendado a la inspiración escénica de Juanito Wau, que siempre tarda algo en calentarse. Pero luego nunca falla, aparece alcanzado el cuarto de concierto y a partir de ahí se erige en un frontman sin igual en todo el país. En realidad todo el concierto es un in crescendo de libro, pivotando sobre canciones clave que elevan cada vez la tensión del concierto a un nivel superior. Así, cuando la cosa va entrando en calor, llega “It’s great” y la gente se viene arriba; un poco más tarde “Copa, raya, paliza” empieza a provocar los primeros pogos muy serios. Cuando, hacia el final del concierto cae el “Demoler” de los Saicos en la sala nadie se acuerda ni de su madre y la perspectiva de un madrugón laboral es el mal menor con cuyas ojeras, llegado el caso, señalaremos con desdén el anodino martes de nuestros guapos compañeros de oficina.

Autor: Marlon Brandy

Rissoto de hongos con LSD

“Buenas noches, Donostia, bienvenidos a la Capital de la Cultura…  2017 o así”. Esta fue anoche la bienvenida a los 150 peregrinos que arribamos finalmente a la sala Komplot con motivo del concierto de Discípulos de Dionisos y Los Chicos.

No era una noche cualquiera: más allá del cartel, flotaban en el ambiente las cuatro reubicaciones a salto de mata para este concierto, motivadas en origen por la prohibición municipal de celebrar bolos en Le Bukowski, lo que hizo del viernes uno de los días más absurdos en la política cultural donostiarra. Como era de esperar, nada de dramas. Citando a los clásicos, la parroquia tiró de “dientes, dientes” para montar la gran fiesta.

Comenzaron la velada Los Chicos, auténticos colosos del buen vivir que les da igual ocho que ochenta, haber puesto Bilbao patas arriba la noche anterior y haber vuelto de gaupasa en esas pateras con ruedas del Pesa (“spa de relajación”, según sus palabras). Quien hubiera seguido la discografía de Los Chicos quizá se viera sorprendido por el sonido de las primeras canciones: aquello era punk-rock que oscilaba entre la mejor tradición australiana (guitarras que recordaban a los Saints, melodías a cara de perro a lo Celibate Rifles…) y el punk’n’roll del sello Crypt, con los Devil Dogs viniendo constantemente a la cabeza. Lo mejor del concierto pasó por estos sonidos.

Resulta algo menos inspiradora la grasa rocanrolera y rhythm’n’blues, quizá por la falta del saxo, y los accesos de country-punk a lo Raunch Hands, aunque es posible que fuera sólo por la comparación con lo arrollador de las otras canciones. Versiones de She’s the one de los Chartbusters, citas al New Race de Radio Birdman… y un frontman cachondo que lleva por bandera el hedonismo más desbarrado, como ese reivindicación del rissoto de hongos con LSD.

Tirando de tópicos, Discípulos jugaban en casa y se notaba. Sus canciones, pese a su nula promoción mediática, eran himnos para media sala, y más de una vez Juan Holmes tuvo que compartir micrófono con espontáneos de la audiencia, que se sabían las canciones al dedillo.

Lo cierto es que la traca de himnos impresiona si se ponen todos en fila: “Pintxos” (paradójicamente en un día como ayer, la canción que mejor definiría la Donostia por la que muchos desean conocernos), “Coca Ardiendo”, “Ginger Lynn”, “Mi dedo en tu interior”…

Como siempre pasa con Discípulos, conviene no despistarse con lo desternillante de las letras, porque detrás hay una maquinaria de punk rock a altísima velocidad, de  arrebatos guitarreros escandinavos y melodías pop clavadas, que les emparentan más de lo que parece a  Airbag o los Ramones. Ya en los bises, el desbarre y la invasión de energía ciudadana que se ve en la foto.

Marlon Brandy

Gora Japón

Esto no es una crónica musical. No podría serlo, cuando lo visto anoche en el Escenario Verde se sitúa más allá de las artes escénicas, cuando radica todo su ser en el mundo de los sueños. Y como sueño que creo que ha sido, todo esfuerzo por contarlo resulta inútil. Podría recordar pequeños retazos, como aquel sueño de ovnis que tuve con cinco años y del que todavía me acuerdo.

Recuerdo contar unas 25 personas en el escenario. ¿Personas? Personajes si acaso, como esa bailarina subida permanentemente a una escalera de pintor, con traje de faralaes y un plátano gigante en cada mano; o como ese imposible director de orquesta, trasunto de yakuza crepuscular, fumando permanentemente como si las desgracias del protagonista de Old Boy fuesen las suyas propias. O ese pálido Gollum de tan desagradables como fascinantes contorsionismos.

Recuerdo poder cortar la magia con cuchillo al ver salir un dragón plateado desde el escenario y pasearse por encima de nuestras cabezas. Patti Smith (sublime) había gritado  horas antes que “love is the only fucking religion we need”, y esto era la prueba. Todos en la playa miraban al cielo con una sonrisa y seguramente con los pelos de punta. Qué momento tan emotivo, pardiez.

Yo qué sé. Recuerdo también a un judoka en calzoncillos que tan pronto hacía de Sam Cooke japonés como de Goran Bregovic espitoso. Como de repente estar en mitad de “El discreto encanto de la burguesía”; o en la escena del teatro de “Mullholand Drive”. Pero esto era verdad, y sucedió delante de nuestras narices, encima de nuestras cabezas, en la playa de la Zurriola de Donosti, mientras sonaba la banda sonora que Tarantino imaginó para finiquitar Kill Bill y mientras todas las referencias culturales que teníamos sobre Japón se confirmaban, se comprimían y explotaban a la vez. La densidad de información ha sido insoportable esta noche.

Shibusa Shirazu Orchestra se llaman, me pareció entender en la duermevela.

Autor: Marlon Brandy

Surfilm Festibaila a rabiar

Se agotaron las entradas en la noche del sábado, confirmando que la parte musical del Surfilm Festival ha adquirido la solera de cita ineludible en el calendario donostiarra. El reclamo era notorio, con algunas primeras espadas del indie nacional y alguna novedad de las que llaman a la puerta con fuerza. Y al final, como veremos, división de opiniones.
Comenzaron Nudozurdo ante un Gazteszena prácticamente vacío que no cogería color hasta la aparición de We Are Standard, lo cual habla a las claras del predicamento que tienen en la ciudad los getxotarras, y también de la impermeabilidad del público donostiarra a propuestas que causan furor en otras ciudades si no están convenientemente machacadas y prescritas de antemano.
Y quizá adoleció de ello el concierto de Nudozurdo, cuyo post-todo de ascendencia directísima a The Cure y Sonic Youth sonó muy bien, pero le faltó ese intangible que convierte un buen concierto en un momento mágico. Se podría pensar incluso que a la puesta en escena le falta la afectación que sí tiene el disco (y lo decimos nosotros, enemigos acérrimos de la impostura). En cualquier caso, “Mil espejos” o “Ha sido divertido” fueron de lo mejor de la noche, no así una esperada “El hijo de Dios” atacada con cierta desgana.
En noche de contrastes como era, los catalanes San Leon intentaron poner luz tras la oscuridad de Nudozurdo, pero lo que en éstos fue estatismo, en San Leon devino en un histrionismo que no hace ningún bien a las canciones. Estas, que existen (da fe su buen disco Bits & Pieces), quedan escondidas tras la planicie de su directo, consagrado a la figura de un frontman con pretendidos aires de rockstar, lo cual tiene un punto ridículo, dado el público (real o potencial), el escenario, y el tipo de música en el que nos movemos.
Y, al fin, We Are Standard, recién llegados desde Londres para reinar una vez más en la noche donostiarra. Lo que los de Getxo han conseguido no es fácil, y de ellos deberían aprender muchos departamentos de marketing insistentes en la fidelización del cliente. Sus efectivísimos trucos escénicos y musicales no pierden vigencia si la dosis es adecuada, y parece que sólo 6 meses desde el anterior concierto en la ciudad es suficiente para que los fans vuelvan a babear de ganas.
Quizá se les vio algo cansados al principio, pero no hay reproches posibles para una banda consagrada a la fe del hedonismo que no hace prisioneros. Una vez más, “On the floor” volvió a ser el punto álgido de la noche, aunque algunos echamos de menos aquella barbaridad que cruzaba a Laboa con Kraftwerk, y que nos regalaron en diciembre.
A partir de ahí, el barrizal en el que acostumbran a convertirse este tipo de citas volvió a aparecer por Gazteszena, gracias a la maestra labor a los platos de DJ Graham, habitual del Apolo barcelonés, quien comenzó a lo grande con clásicos básicos y acabó, incursión en el electro mediante, con una última hora gloriosa a base de soul, garaje y psicodelia escuela Nuggets. De lo mejor que hemos bailado en esa sala.
Por último, reflexión innecesaria: cierto miedo me atravesó la mente un par de veces. Miedo a que la tijera de la crisis meta mano a ciegas en cosas que funcionan y que son necesarias. Quizá no venga a cuento, pero la marca Donostikluba (como la de Gaztemaniak) es una suerte, una especie de milagro para una ciudad como Donosti, y un flotador al que los que tratamos de vivir (en) una cultura más alternativa nos agarramos con ansia. Citas como la del sábado lo constatan y nos hacen evitar un mundo de grises. Quede dicho, por lo que pueda pasar.
Autor:Marlon Brandy