Galicia-Gijón-Berlín

Tsunami de documentales ayer en el Dock Of The Bay. Gran sentada popular – sold out- en el estreno de esta rama del certamen. Una rama oxigenada, variada, llena de perlas breves y aún más breves, que le va a venir muy bien al festival para abrir, diversificar y ampliar su enfoque.

Lo vimos ayer, y lo veremos el año que viene. En los 10, 20, 30 minutos que los autores eligen para montar sus grabaciones no todo son paseos laudatorios sobre un músico o un estilo. Nanay. Ayer hubo de eso, y de aquello otro, y de lo de más allá. No despiezaremos todos, solo daremos apuntes. Vamos allá.

El mejor fue Os Corpos, del director Eloy Domínguez. Una orgía de felos, peliqueiros, farrapadas, hormigas gigantes, hormigas lanzadas, peleas de harina (¿seguro que es harina?) y barro. Con un micrófono que todo lo pilla de manera excitante porque todo es excitante. Con una cámara empotrada entre la gente, que la asimila y se la lleva de aquí para allá. Con un final tenebroso, terrorífico. Un chute de adrenalina como espectador. Verlo es querer ir y vivirlo.

Encuentra hueco en el top “A deer falling into the sea”. Con Al Pagoda, Berlín t el blanco y negro como opción estilística. Con el confinamientos como acompañante. Con frases sueltas. Y un montaje vivo, de planos cortos, en los contrastes de la ciudad alemana. Estos han pillado el rollo de cómo hacer una tarjeta de presentación de un álbum a la primera. Estilazo.

Uno que no se si ha pillado el mismo rollo es Israel Fernández, estrella emergente del flamenco nacional más pop. El publicista le ha montado un super anuncio de contrapicados y muchas caras de modelo de anuncio de H&M con la cámara acerándose que explotan su belleza gitana. Tira para vídeo de Rosalía, pero se queda en Corte Inglés Primavera-Calé. Encantará a los amantes del publirreportaje, que son legión.

A lo demás le pegaremos un meneo rápido. “Hacer una diagonal con la música”, con la artista electrónica Beatriz Ferreyra, habría sido un complemento perfecto, didáctico y cotidiano del documental “Sister With Transistors”. “Entre el monte y la marisma” es una tragedia flamenca a la que no le salva ni el gracejo andaluz al hablar. “$TILL HUNGR¥” es un guapo documental de skate con formas de skate, música de skate, carreras urbanas de skate, trucos de skate, miradas a la poli de Skate Y viveza juvenil. Es fresco, juguetón y orgulloso. A “La tierra llama” no le vi mucho encaje musical en el certamen (añadir emoticono de hombros encogidos). Y oye, Dock, el año que viene dos películas menos en esta sesión no vendrían mal. O una vacinilla.

Sonrisas y lágrimas

Relax. Calma. Inspire. Del verbo respirar, no del otro. La película “Stop!” de Doble Pletina es un juego. Un divertimento. Una serie de ocurrencias de unos y otros. Una lista de amigos que salen en la pantalla. Unos chicos majísimos, el Parchís del nuevo milenio, yendo de aquí para allá por Barcelona. Gente haciendo cosas. De algunas de ríes y con otras te ríes. No es tampoco “Las Aventuras de Enrique y Ana”, que aquella jugaba a tener un marcado guion. Ni, maldita sea, es una película de Rocío Durcal. Una de esas en la que, en cuanto te despistas, te sale un temazo como un obelisco cantado por la más grande de entre los poperos.

Aquí hay canciones. Preciosas. Pero pocas. Y podía haber sido un asidero al que agarrarse si uno u otro momento, uno u otro minutaje, te desengancha del metraje- Corto, que eso ayuda, 55 minutos- . Y podía haber durado 20 o 120. No habría cambiado el enfoque ni la sensación de que “Stop!” es una sonrisa del grupo de Barcelona, una nueva arista de su mundo.

Tuvimos que dejar a la carrera la película para que nos diera tiempo a ver la siguiente. El Dock Of The Bay es el nuevo PS, el nuevo Zinemaldia. Se habría agradecido más respiro entre films, pero por algo será que lo tienen que montar así. ¿Mereció la carrera entre salas – que están a 8 pasos una de la otra-? Sin duda, si lo que te mola es hundirte en la pena, el bajonazo, la tragedia diaria y las dificultades. Quien pensó que iba a asistir a un homenaje potente, festivo, dinámico, de esos de la BBC a Poly Styrene, una precursora de muchas cosas en el punk británico, se equivocó.

La película, en la que forma parte activa la hija de Poly residente en Madrid. Es un obituario gigante, casi eclesial. Triste a rabiar. Con música triste. Palabras tristes. Planos tristes. Porque tiene que ser triste. “I am a Cliche”,una de las películas más tristes que ha proyectado en su historia el Dock Of The Bay, ahonda en la vida personal de aquella “rompe y rasga” de la new wave británica. Una luchadora que peleó contra el machismo de aquel antisistema que era bastante «prosistema» en eso. Una punk al cuadrado. Una autora que peleó contra el racismo. Y peleó contra sus propios demonios mentales.

La obra, que será completista para los muy metidos en su vida pero que al resto nos hundió en la miseria, reflejó sobre todo el difícil caminar por la vida de una autora que se topa con el éxito de repente, que quiere tener vida privada pero no lo consigue, que se pasea por el Nueva York durete del CBGB para volver asustada, que ve que el mundo se escapa de sus ideales, y que sufre un trastorno bipolar del que buscará relajarse de todas las maneras que se le ocurran.

La hija, presente en la proyección, está muy presente en el film, que es una visión personal sobre esa madre que tenía altos y bajos, esa luchadora y esa autora. A mí me dio palo quedarme al debate, solo me dio mucha pena ver “I Am A Cliche” y no podía más que querer abrazar a la sucesora. Y hoy en día no se puede.

La Concha de tu película

Ayer el Dock Of The Bay se puso local, formador, juguetón y machihembrado. Una Joint Venture entre chicos y chicas de La Escuela de cine Elias Querejeta y los grupos de las residencia de Kutxa Kultur, ambas dos ubicadas en Tabakalera, se unieron para crear una obra en común. La llamaron “Meet Me Deep Down In My Dream”, y se estrenó ayer en el Centro de Cultura donostiarra.

Los cineastas propusieron planos cercanos, letras sobre fondo negro, paseos por La Concha con los ojos de un turista – el resto ya no podemos ensoñar con algo que ya hemos visto millones de veces-. Los músicos, quienes tocaron en directo sus peripecias rodeados de mil cachivaches, hicieron de complemento sin sobresalir, destacando en esos fondos que suelen acompañar a la voz narrada y sentida. Unos y otros, juntos y juntas, entregaron un trabajo que dejaba en manos del espectador la asignación de un significado y que aunaba el enfoque de trabajo de fin de curso y la obra pequeña de corte onírico y amable. Que sale La Concha, hombre, que no hay nada menos punk que eso.

Qué modernos son los antiguos.

Helmut Lachenmann. 85 castañas. Divertido. Instigador. Sabedor de su lugar, entre el punk, la invitación, el conocimiento y las aristas. Con la soltura de un jubilado en una cena de First Dates. Concreto en su música. O en lo que sea lo que haga. “Si esto no es música, entonces, ¿Qué es?”, dice casi al comienzo de una película primorosamente montada y mejor titulada: «My Way»

Con pequeños extractos de sus obras, para no aturdir a los recién llegados. Goteando sonrisas en las cartas que recibe, respetuosamente alemanas todas. Con frases ocurrentes sacadas de una mente que parece tener bastantes. Con datos, referencias y compañerismos en estas labores tan paralelas a los usos habituales de violines y timbales.

Siempre ofreciendo nuevos caminos a los rigurosos ejecutantes y oyentes. “¿Pero cómo le voy a dar al timbal en un canto?”, cuenta un músico en el ensayo de una de sus peculiares obras. Se le intuye cachondo por dentro en los ensayos de sus obras. Profanando templos lujosos desde dentro. Tocando temas de Gershwin y Bacharach en la tranquilidad de su casa y acabando con una carcajada como si hubiera hecho la mayor transgresión del mundo. Conviviendo años con las obras hasta que las entrega. ¿Hay alguien en la sala que no ame a un procastinador de este nivel?

Dos personas abandonan El Trueba durante la proyección. No parece haberles despertado la curiosidad casi juvenil de sus creaciones. Cuando eso es la película. Escuchar, disfrutar, dejarse llevar, conocer, abrirse, excitarse, inspirarse. Si este film no gana el Dock se quedará a milímetros de hacerlo.

Hay una imagen que me pone cachondo en Sisters With Transistors. El ruidista Thurston Moore, amado por todos los otorrinos del mundo, visitando la casa de una de las impresionantes, increibles, alucinantes autoras electrónicas que nos ha dado el siglo pasado. Ella, buena persona, le ofrece una de sus actuaciones, o pasajes, o transiciones sonoras. El Sonic Youth se tapa los oídos, mira con asombro, no sabe cómo reaccionar. Suck This, Moore.

Detalles nimios aparte, esta necesaria recopilación de autoras nos presenta a unas investigadoras. Unas luchadoras. Desde antes de la Segunda Gran Guerra hasta antes de ayer con los primeros Ataris. Ahí queda ese hit absoluto que es «Synthetize Me», ya en los albores del milenio.

Aunque no muestran interés en la canción, en lo clásico, en lo asentado. Lo férreo. Necesitan y buscan un espacio de libertad. “No queremos tocar obras de autores blancos muertos” afirma una de ellas. Son, por bemoles, unas conquistadoras de mundos cerrados que les minusvaloran. “A la misoginia se le combate con osciladores”, dice otra en un momento del film. No quieren ser Helen Thayer. Ellas quieren su propio mundo.

Y, sobre todo, son unas autoras. Que se montaban sus propios estudios de radio para hacer lo que querían, deseaban o sentían. De forma manual, loquísima, haciendo loops a mano con cintas. Metiendo micros en tubos para buscar efectos. Filtrando ondas mecánicas hasta llegar a donde ellas querían. Que luchaban contra el temor al cambio, en este caso de género, en las firmas de las piezas. La compositora de la primera banda sonora eléctrónica de un film confirma que la asociación sindicada de turno no le permitió que la registrara como “música”. Quizás por eso muchas no hablan de canciones sino de paisajes o transiciones. Porque un hueco debían buscar para acercarnos sus pensamientos digitales y que les dejáramos tranquilas sin tanto pelo en pecho.

Gagarin vive en el Dabadaba

Ha querido la casualidad (y la soberbia colección creciente de Filmin sobre los documentales musicales) que estos días haya visto un par de obras sobre movimientos similares en espacios y sociedades diferentes.

“I am Gagarin” presenta la caída del imperio ruso y el alzamiento de la juventud tecno en la actual Rusia. Un docu apoyado en el paseo de una artista que nos guía por aquellos años locos de nuevas libertades adquiridas o tomadas.

Fiestas en museos del espacio – de ahí el nombre del film-, casas ocupadas, peña de la que se intuye más desmelene que el descrito, cierto toque arty y pocos planos como para hacer memes desencajados. Pone a la vista los heridos de aquella guerra, e idealiza sin excederse. Tiene un pase, pero no dos.

Rock-Ola. Una noche en la Movida” pone los pies en el mismo momento, aunque varios años antes. La sala madrileña, sede oficial de La Movida, no fue solo eso. Fue un gaztetxe con licencia, un espacio creativo abierto a todos – tremendas las obras de teatro que se mencionan, entre las que destaca Poch haciendo Hamlet- y un lugar en el que mostrarse y gozar de lo más granado del pop mundial. La lista de grupos que pasaron por la sala puede poblar los festivales actuales Boomer sin extrañeza.

Y tirando de ese hilo me acuerdo de Alex Dabadaba. De sus primeros años con un concierto al día. De sus impulsos programadores llenos de vitalidad e interés, aunque no siempre fueran de mi interés. De su ansia por acerca a la ciudad muerta cosas vivas pequeñas-desconocidas-locas-imprescindibles, “que el año que viene no podrían venir porque ya van a a ser muy caras” como decían los del Rock-Ola. Del garito madrileño se hizo en 2009 un documental necesario, justo, blanquito e informativo. Del segundo, si las cosas van por el camino actual, se hará una lonja monotemática sin nervio vital.

Ya lloraremos luego, como con Rich y las tiendas antiguas. Eso nos sale muy bien y lo tuiteamos aún mejor