Casi nada está bien

Llego con ganas al “Todo está bien” de Daniel Ruiz García. Un libro breve que trata de sacar una foto a una noche electoral y su posterior resaca. “La perfecta conjunción de sexo, política y otros excesos en la España más canalla” que anuncia su promo no pasa de canallita, la verdad. Es el salir hasta las 2 am del cuarentón.

Y mira que tiene muchos espacios a los que asirse: la política, la nocturnidad, el periodismo de raza, las redes sociales. Pero a todos se asoma sin posarse, quien sabe si por la brevedad de esta obra menor -al menos en lo que a extensión se refiere-.

Con todo el lujo de detalles que puede tener obras más visuales (y por tanto, más pobres) como The Newsroom, Deuce y, si me apuran, Vota Juan, este “todo está bien” se queda en frase de pasillo de hospital, en respuesta superficial, en entretenimiento ligero. Es una foto que se toma de lejos y se amplia para ver de cerca, desbordándose de pixels. Se lee rápido y bien, pero se despista de igual forma. Una pena

La esperanza verde

Ahí sales. Con un pelo horrible. A veces sobrio. Otras en un sitio que no has vuelto a pisar. “Tus recuerdos en Facebook. Querido, tú nos importas, al igual que los recuerdos que compartes aquí. Pensamos que te gustaría mirar esta publicación de hace 13 años”. Y sale la portada del “Cannibal Sea”, aquel magnífico disco de The Essex Green. Entras en el juego. “Compartir en tu muro”. La foto vuelve a tu vida de manera temporal. Con un comentario añadido, quien sabe si con envidia. “Qué gozada ver que el grupo sigue vivo y coleando. Menudo concierto ayer en el Dabadaba”.

Sabes que no es la gran cita que hará que los jóvenes -ahora a otras cosas- cojan sus guitarras, que la gente invierta en cuerdas ni el pistoletazo que hará que tu marchita carrera se vuelva a poblar de llamadas buscando actuaciones. No habrá portada de revistas, ni destacados en las webs. Pero déjate de stories. Esa es tu vida, no?

El grupo de Brooklyn, paradigma pop de aquella maravillosa amalgama imposible llamada The Elephant Six Collective, ha publicado hace poco – 2018, 12 años después de su penúltimo disco- una estupenda selección de cortes llamada Hardly Electronic. Una llamada a la felicidad contagiosa, las edificaciones pop clásicas y las carreras creativas bien entonadas e hidratadas. Puntos en los que se han perdido otras bandas de mayor renombre. No hace falta rascar mucho para saber de quién hablo

Pero ahí retornan ellos, con la bella voz de Sasha Bell – seudomilenials: no la participante de Rupaul, aquí hablamos de la cantante- y el contrapunto cercano de Chris Ziter. Con canciones que tiran del folk de la Costa Oeste, saben sumergirse en la sicodelia más floreada/menos ácida, emular a los Carpenters para luego brincar sobre las estructuras o, pena que muy desafinado, clonarse en Gram Parsons. Manteniendo, y esto quiero destacar a estas edades, estas carreras interrumpidas y estos bagajes, la capacidad de sorpresa y atracción.

Con un Jeff Baron (¿o era Joan Colomo?) absolutamente encantado en su rol de guitar hero (con el beneplácito de un volumen demasiado presente) y un bajista que se olía desde Tolosa que era miembro del grupo antes de subirse al escenario, la banda demostró muchas cosas. La primera: que hay calidad como para despistarte de su carrera y acabar encantado con lo visto. Seguimos: Que no hace falta tirar de melancolía para satisfacer tus ansias de buenas canciones. Vamos acabando: The Essex Green siempre estarán en nuestro equipo, el de los partidos al sol, los menús caseros llenos de buenos estribillos y mejores coros y la belleza de la sencillez. Y Fin: Quedan fechas por España. Id a verles, merece mucho la pena.

PD: No dejéis entrar a los angloparlantes a los conciertos. Les da por hablar con la banda, que se lanza a hacer muchas bromas en ese idioma y nos perdemos cosa fina en el trayecto…

Yo he venido aquí a hablar de su libro

Falleció ayer de parada cardio-respiratoria el escritor y periodista Javier Ortiz. Es algo que él mismo, autor de estas líneas, sabía muy bien que sucedería, y que por eso pudo pronosticar, porque no hay nada más inevitable que morir de parada cardio-respiratoria. Si sigues respirando y el corazón te late, no te dan por muerto”. Ya da rabia tener que empezar un texto llevándole la contraria al autor en su propia necrológica.

Porque es innegable que Javier Ortiz dejó este mundo un abril de hace ahora diez años. Pero su corazón, de alguna manera trasplantado, ha seguido latiendo entre sus familiares, amigos, colegas y seguidores.

Uno de ellos, Mikel Iturria, el “señor lobo” de la cultura de la capital guipuzcoana, se ha tomado su largo tiempo para compilar este Javier Ortiz, talento y oficio de un periodista que anoche se presentaba en su Donostia natal dentro de una larga gira de presentaciones hechas con tanto cariño como elegancia, lujo humano y mimo. No hay más que fijarse en el puesto de merchandising, gestionado en cada ciudad por una librería pequeña, querida y tierna con sus estantes.

La sala de la casa de Cultura de Egia se quedó pequeña para la fecha donostiarra, la cual contó con dos espadas de alto nivel. A la derecha de Iturria, David Fernandez. A su izquierda Garbiñe Biurrun. Tras ellos, una foto del compilado. Arrancó un emocionado Iturria – el final de este largo trabajo de unir y desechar se amplifica cuando toca comentarlo ante los tuyos- recordando a algunos amigos ausentes para más adelante pasar a enumerar algunos de los caminos tomados en este libro, otros atractivos del antiguo director de Opinión de El Mundo y varias y variadas particularidades cercanas.

David Fernandez, ausente la víspera de Barcelona por un “quítame allá una huelga de controladores aéreos”, destacó al primera época de Ortiz, y vanaglorió el tino del periodista y el respeto que siempre mostraba por la libertad de expresión, arrimando el ascua parlanchina a su sardina catalana. Lo normal, ni mucho ni poco. Pero es que Ortiz hace ya 20 años sacaba fotos bien chulas del presente que ahora nos toca vivir. La columna sobre la rebelión es tela marinera. ¡Y es del 95!

Garbiñe Biurrun no entró en tanta harina personal, que la judicatura es menos expresiva, a veces, que la política. Pero supo destacar otros aciertos de Javier Ortiz con cercanía y admiración. Así, entre frases geniales de Oteiza que luego repetimos en el encuentro informal posterior y defensas de la naturaleza humana de Javier Ortiz, un periodista de raza cuando eso parecía implicar una lucha cuerpo a cuerpo.

El ya comentado Meet And Greek posterior fue un placer, mirando a cada lado y viendo gente de alguna manera cercana a tus enfoques culturales y amores tecleantes. Y la plasmación de un drama: cuando te traes a unos invitados tan reconocidos les haces una faena, Iturria. Ni tu ni ellos podéis echar mano de un pintxo sin que decenas de personas quieran saludarte, hablarte, sacarte una foto o comentarte esto o aquello. Tendrás que aprender a vivir con ello, Mikel.

Bill estuvo aquí

A veces vas a por lana y sales trasquilado. Es lo que parece haberle sucedido a Tom Avallone, director del documental “The Bill Murray Stories”, o “Bill Murray: consejos para la vida” en castellano. Para no destripar nada del film tiraremos de la promo ya publicada para decir que esta obra “cuenta esas historias en las que Bill se relaciona de maneras sorprendentes con la gente de a pie”.

El señor Murray, una celebridad estratosférica en EEUU, es famoso por apuntarse a cualquier fiesta o plantarse a poner copas en un garito. A la caza de estas aventuras se lanza Avallone, un emprendedor en toda regla – nótese la ironía- que viaja aquí y allá para preguntar a la gente por esos encuentros con el actor de “Cazafantasmas”.

Con una sobredosis nada disimulada de admiración porque alguien del star-system interactúe con gente de a pie, el director va entrevistando a gente flipada porque Bill ha aparecido de roadie en una fiesta casera del SWSX, ha invitado a una viandante a ver el béisbol con él o se ha puesto a fregar platos en una fiesta universitaria.

En esta categoría “me he flipado con este cartoncito” meteremos el análisis “zen” sobre las frases de Murray en varias de sus obras más famosas. Un fallo demasiado habitual en estas obras palmeras. En la carpeta ”pavor 2.0” podremos disfrutar de decenas, cientos de móviles grabando toda aparición de Murray por la acera. Bastante lejos de la idea de vivir el momento que defienden autor y director.

Pero ante todo, Murray es un tipo sobresaliente a la hora de hacer lo que le sale de la visera. Se le nota encantado de ir generando situaciones curiosas que la gente ve como iluminaciones y que él, parece, se intuye, se toma como un acto “despertador”. Así lo confirman el cantante del karaoke en el que se cuela, por ejemplo. Bill le dio vida para sentirse libre y acabar con su timidez.

A veces es un análisis pasado de frenada. La gente retratada es casi toda aria y bien situada. Se ve en el partidillo de Softball al que se suma nuestro protagonista. Una niña bien entrevistada afirma que “cuando ese vagabundo vino a jugar con nosotros me dio un poco de mal rollo. Pero luego al ver que era Bill Murray fue un subidón”. El efecto “despertador” solo parece sonar cuando el reloj es un rolex.

El propio director del film ve lo fallido de su idea cuando va en busca del actor. Porque las situaciones las genera Murray, con tanta sencillez como naturalidad. Y se va por donde ha venido, sin más explicaciones ni obligaciones. Elevando el listón de todas las situaciones cotidianas en las que se planta. Un maravilloso friki, sin duda, que merecía un mejor enfoque.

Pero que viva un poco más el amor

En ocasiones voy al cine con mi madre. Es una persona mayor, lo cual me alegra. Que haya llegado a mayor, digo. Tiene sus cositas, como todo el mundo, pero se mantiene viva y lozana, paseando a lo donostiarra por los bordes de la Concha a gran velocidad.

Esta semana fuimos ella y yo – y más gente en la grupetta del cine- a ver la de “El Gordo Y El Flaco”, de sorpresa. A mi madre mejor no menearle mucho las películas con anterioridad porque tiene una retahíla de excusas imbatible. Hasta ahora la elección de “películas blancas” parece haber sido de su agrado. Espero que la racha continúe.

Total, que la peli británica esta es una pocholada. Narra las aventuras de unos autores en su ocaso. Vital pero en ligero descenso, a los 20 años de su boom peliculero. Y la gente mayor se ríe mucho porque han visto los gags reproducidos en directo, o casi. Supongo que les pasará al revés con Muchachada Nui o Miguel Noguera. Cada humor tiene su tiempo, y el de este par era ingenuo, impoluto y lleno de muecas expresadas sin mucha prisa.

Me encantó el papel de los protagonistas, A Steve Coogan me lo encuentro cada vez más veces en las películas que veo, y cada vez me gusta más su forma de actuar. De John C. Reilly destaca además su caracterización.

“El Gordo y El Flaco” es tierna, emotiva, cercana, costumbrista y todas esas palabras que se usan para decir que no juega en las grandes ligas pero que juega en nuestra liga. Es un paseo de entretelas que no acaba donde todo el mundo se espera y de la forma que se espera.

“El chico con sobrepeso y el que parece que tiene un trastorno de la conducta alimentaria”  tiene hoteluchos, funciones, risas, relaciones personales en el tiempo, managers jetudos con la sonrisa perenne, negociaciones con los mandamases de los grandes estudios de Hollywood, rencorcillos callados  y sobre todo mucho amor. Ese amor que se mantiene, vive y se apoya a lo largo del tiempo sin grandes aspavientos ni declaraciones de quinceañero. Ese amor necesario para sus integrantes, esa complementariedad perfecta con sus imperfecciones, esa “necesidad“ frente a los caminos individuales.

Ese beso lleno de amor que, justo antes de salir de casa, escuché a mis padres darse a modo de despedida (tras más de 50 años casados) antes de partir hacia el cine.