Eutanasia Blues

Acaba de pisar la ciudad Springsteen (59 años), y se casca un concierto de tres horas. El chavalín Tom Waits (otros tantos) sigue mostrándo su particular y enérgica visión del mundo.

Los Rolling Stones (Keith Richards 65 tacos) siguen dando giras y saltitos sobre las tablas como usted y yo viajes en bus de línea.

Entonces…¿Por qué Jonnhy Winter, la estrella del blues que ayer inauguró el Jazzaldia en el adaptado Victoria Eugenia Skoda, se escapa de estas definiciones?

Dado que nuestra hospitalidad con los astros sólo entiende de lujos enplatados, puede que Winter no haya visitado Akelarres ni Arzakes, y que por eso el chato anda tan tan tan fastidiado.

Otra razón por la que no se haya pasado por semejantes templos puede ser que el empuje vital de esta gira es la bancarrota económica en la que entró a finales del 2006. O que la enfermedad nerviosa que le apaleó en 2001 y le impidió mover la mano derecha hace que sólo tome sopas con pajita.

A diferencia de los artistacos nombrados, Winter no pisa un gimnasio ni para ducharse en mitad de la gira por el desierto. Mientras los Rolling (mito) se cambiaban la sangre en Suiza para rejuvenecerse, el tejano (real) mantenía un largo romance con las agujas para otros usos menos terapéuticos. Quizás por eso sus 64 años son todo un poema.

La verdad es que, vista la figura, en vez de plantarle en el Guggy de turisteo deberían dejarle en alguna residencia de día, a echar unas cartitas. Tocar sentado es el menor de sus problemas. La verdadera dificultad es que su falta de agilidad inferior se ha trasladado al tren superior, ése que tantas alegrías ha dado al mundo blues.

Porque Clapton “mano lenta” a su lado es Mister Tapping. Fraseos monocordes, excesivamente pausados, dignos de alguien de primero de guitarra, una voz apagada entre un volumen brutal de instrumentos entre los que se incluye su guitarra.

Su hora y media por contrato contó con la larga introducción en la que destacaba la aportación efectista y efectiva del guitarrista Paul Nelson (un compañero me indicaba que esos paseos urgentes se debían a su necesidad de mostrar toda su tienda en los 15 minutos que le jefe les había dado, pero el choque de vitalidades era evidente) y el elegante juego arpegiador de Scott Spray.

A Tony Beard lo dejamos en el campo de los olvidados. Madre, que arte a los palillos. Ni yo en mi primera visita al chino.

El sonido iba mejorando o empeorando según te situaras en el pistonudo foso de un Victoria Eugenia sin butacas y con suelo plano como en los elegantes teatros británicos reconvertidos a salas de conciertos. Buena idea de los promotores y bueno su intento de convertir el VE en una gran Gatera (bar blues clásico donostiarra cerrado hace diez años). Lástima que el nombre sea lo único que sigue sonando atractivo en esta estrella bluesera.

6 comentarios en “Eutanasia Blues

  1. Lo mejor del concierto de ayer del albino fue lo que no hizo el, osea quitar las butacas y convertir el teatro en sala de conciertos. un punto para la organización.

  2. WordPress es una jodienda. A veces (la mayoría) se come los mensajes como por arte de magia.

    Venía a decir que estoy hasta las tetas de vueltas de carcas, y que estaría bien que apareciera una nueva hornada de jovencitos con ideas, sin necesidad de copiar esquemas del pasado y con proyectos innovadores, para que no tengamos que suplicar el regreso de carrozones y llorar pensando en los viejos tiempos….
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    http://federicapulladixit.blogspot.com/

  3. Vivan las viejas glorias. Ellas no regresan, están. Y se ennoblecen con el paso del tiempo, aún más cuando suspiran por su pasado. Porque es humano, y divino. Y trágico. Y hermoso.
    Sentir nostalgia del futuro le acerca a uno a los estertores de su presente. Yo no quiero nuevas ideas, sino buenas ideas.
    Bienaventurados aquellos que no supieron dejar un bonito cadáver. Por DIOS, di algo.

  4. Del libro de las revelaciones:

    Y Dios se preguntó si era una vieja gloria y el mundo le contestó que sí, en pleno macroconcierto. Y siguió las palabras del profeta Crepúsculo y aceptó su condición de viejo. Y dio por buenas las palabras del chico clonado: «Bienaventurados aquellos que no supieron dejar un bonito cadáver».

    Después, Dios subió a los cielos y castigó a Tom Waits con mil versiones de Scarlett Johansson como consecuencia de los precios de sus conciertos. Porque Dios pensó que una cosa era ser mayor y otra ser tonto.

    Y vio que todo estaba como debía y descansó tranquilo.

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