Wild Honey: Menudo Flash

No creo tanto en la mejora tras la mesa de sonido de Tim Gane –seguro que presente en detalles y enfoques, pero no decisiva- como en una evolución natural del buen hacer compositor de Guillermo Farré para que su segundo disco como http://thisiswildhoney.com/ , el titulado Big Flash, sea una absoluta delicia.

Tras un debut cándido que nos regó las orejas de buen pop, tan simple y sencillo en algunas melodías como clásico y elaborado en otras, llega una genial continuación. Sigue manteniendo su columna vertebral sonora de gustos y amores. Pero, como los buenos autores, consigue virar sin perder el eje. Ofrecer otros trajes, pero volviendo a pensar en cada escucha eso de “coño, mira, Wild Honey. Ayquébonico”. Que no es Spiritualized, vamos, anclados en una fórmula más cercana a la noria que al paseo.

“An army of fat synths” es un single que todo creador firmaría como su “one hit wonder”, y uno de los temas en los que más se nota la mano del ex de Stereolab – frase que compartimos con Laetitia Sadier-, junto con “It´s all in the film”, otra nube de azúcar.

“The Kite and Captain John” puede viajar sin vergüenza al lado del 1972 de Josh Rouse – sí, dejad mi yugular tranquila, que sabemos que ambos se basan en lo más soft de los 70- . “My Memory may also be a wish” podía tranquilamente venir firmada por The High Llamas.

“Gothic Fiction” es muy feliz y soleada, indie pero sonando bien. Un tema que te llevarías al fin del mundo. Y, para seguir con los aciertos que todos destacamos, ese “Rogerio Duprat…” brasileño que esperamos sea una puerta a más composiciones de ese palo.

Hay más canciones geniales, como “Keyboards under microscophe”, pero no somos de los de destripar la película en el primer café. En resumen: “Big Flash” es un disco dulce y muy bonito para estos tiempos de discos impactantes y efímeros.

Atención spoiler: Van a derribar el Bellas Artes y no vais a poder evitarlo.

Recoger firmas en 2013 para evitar que derriben un edificio que fue declarado en ruina técnica hace 10 años es un acto muy romántico que demuestra eso mismo, que somos más románticos que el Ensanche Cortazar. Lo de mover el culo ya es otra cosa, más como de periferia. En Donosti somos de gatillo fácil: nos quejamos primero y pensamos después.

En la petición de charge.org no se ofrecen soluciones al problema, porque tampoco se han molestado en detectar el problema. No proponen alternativa al derribo, ni plantean posibles usos una vez recuperado/reconstruido. Tampoco especifican quién debe recuperarlo y explotarlo ni de donde saldrá el dinero para hacerlo. Se limitan a exigir que no sea derribado: es mejor esperar a que se caiga él solito.

En el Ayuntamiento nunca ha habido voluntad por recuperar el Bellas Artes para destinarlo a un uso cultural cuando eso era posible, y ha sido abandonado hasta ser irrecuperable. Apenas nadie se había quejado antes, y ahora que es demasiado tarde queremos que el Bellas Artes resucite con un click. Pero no somos ingenuos, somos románticos.

Dicho esto que cada uno firme lo que quiera, pero escuchar tanta indignación tras décadas de silencio es un poco raro. E inútil. Que hoy haya una empresa privada (la propietaria Sade) dispuesta a reconstruir el edificio adaptándola a las necesidades de un hotel me parece la mejor de las peores noticias posibles (eso si ya tenemos claro que los que nos importa de ese edifico es su impacto paisajístico). Además, no difiere mucho de lo que están haciendo en Tabakalera, solo que ahí se están gastando vuestro dinero

Besarkada.
-Angel Aldarondo-

Hablando desde el corazón

Creo que en el fondo somos hijos de la Nocilla con chorizo. Un punto de partida algo libertino para referirnos a la música que nos emociona. Pero quizás todo sea más digno si se amplía la explicación: Era un bocadillo que quien lo amaba lo hacía a capa y espada, y quien lo odiaba no podía estar en la misma habitación que el comensal. Porque eso tienen las mezclas personales: personalidad en el gozo.

Algo así sucede con los Pastels. Una banda que, en sus ¡31! años de vida ha sacado menos discos que los Smiths en 20 meses. Una formación que olvidó el afinador en su primera furgoneta de viaje, y ahí se quedó. Un grupo que marcó el indie de cassettes – no hay que ver la de grupos que adoran sus primeros y medianos pasos ahora- pero que siempre habló con el alma, el soul.

Porque aunque uses guitarras eléctricas y juegues, como la voz de Aramburu, a jugar a ser equilibrista sobre los tonos que en teoría te deberían corresponder, el soul siempre ha sido la expresión viva del alma. The Pastels se ha ido convirtiendo en un grupo tan atractivo que, con los años que calzamos ya, nos permitimos volver a sentir el impulso juvenil compuesto por “me da igual lo que digas”, “por Dios qué bonito” o “Entiendo que no te gusten, pero yo no puedo vivir sin ellos”. Creo que es la aparente imperfección, la profesionalidad de su amateurismo emocional, lo que sirve de anzuelo para que piquemos una y otra vez.

Sentir que Stephen Pastel es, como nosotros, el niño suplente que metía un gol en el último minuto y que, lejos de recibir el abrazo de todos, volvía solo andando a casa. Katrina es nuestro amor platónico ideal, si en nuestra adolescencia nos hubieramos cruzado con una señorita que hubiera sabido cantar algo más puro que “las cuarenta”. Juntos, en compañía de amigos (Gerard Love es influencia y heredero, no hay más que escuchar su debut como Lightships), construyen un disco cuya belleza está, puede estar, es hablarnos desde el corazón. Y conseguir eso es tocar el cielo.