Hablando desde el corazón

Creo que en el fondo somos hijos de la Nocilla con chorizo. Un punto de partida algo libertino para referirnos a la música que nos emociona. Pero quizás todo sea más digno si se amplía la explicación: Era un bocadillo que quien lo amaba lo hacía a capa y espada, y quien lo odiaba no podía estar en la misma habitación que el comensal. Porque eso tienen las mezclas personales: personalidad en el gozo.

Algo así sucede con los Pastels. Una banda que, en sus ¡31! años de vida ha sacado menos discos que los Smiths en 20 meses. Una formación que olvidó el afinador en su primera furgoneta de viaje, y ahí se quedó. Un grupo que marcó el indie de cassettes – no hay que ver la de grupos que adoran sus primeros y medianos pasos ahora- pero que siempre habló con el alma, el soul.

Porque aunque uses guitarras eléctricas y juegues, como la voz de Aramburu, a jugar a ser equilibrista sobre los tonos que en teoría te deberían corresponder, el soul siempre ha sido la expresión viva del alma. The Pastels se ha ido convirtiendo en un grupo tan atractivo que, con los años que calzamos ya, nos permitimos volver a sentir el impulso juvenil compuesto por “me da igual lo que digas”, “por Dios qué bonito” o “Entiendo que no te gusten, pero yo no puedo vivir sin ellos”. Creo que es la aparente imperfección, la profesionalidad de su amateurismo emocional, lo que sirve de anzuelo para que piquemos una y otra vez.

Sentir que Stephen Pastel es, como nosotros, el niño suplente que metía un gol en el último minuto y que, lejos de recibir el abrazo de todos, volvía solo andando a casa. Katrina es nuestro amor platónico ideal, si en nuestra adolescencia nos hubieramos cruzado con una señorita que hubiera sabido cantar algo más puro que “las cuarenta”. Juntos, en compañía de amigos (Gerard Love es influencia y heredero, no hay más que escuchar su debut como Lightships), construyen un disco cuya belleza está, puede estar, es hablarnos desde el corazón. Y conseguir eso es tocar el cielo.