Porqué no toco en bares

Pongo por escrito en unas pocas líneas mi idea sobre, como afirmaban Gabinete Caligari, los “Bares, qué lugares. Tan gratos para conversar. No hay como el calor del amor en un bar”.

La negación tiene sus particularidades: La realiza un artista menor en popularidad, local cuando no nacional, y suaves tonadas. Cuando el artista estuvo acompañado por una banda y las tonadas fueron algo menos suaves, la consecuencia fue la misma.

Se cobre o no entrada por asistir, siempre están bien presentes el ruido de fondo, el zumbido vocal, el runrun de la marabunta, la carcajada que te come. En ocasiones prima el desconocido, otras el conocido que por amistad se acerca a verte. Ninguno de ellos muy concentrado en tus creaciones.

Son libres de no hacerlo, pero sus expresiones te superan en muchos sentidos. Salvo que te dediques al apasionante mundo de las frecuencias que hacen daño físico a los humanos.

No niego que deba haber sonidos de conversación. Yo mismo acudo a establecimientos los fines de semana a tomarme unos tragos con mis amigos y conocidos. Las tabernas son espacios de jolgorio y contacto social, de risas y confidencias, de miradas furtivas y sonrisas cómplices. Precisamente por eso, no se puede exigir respeto de manera indignada, pero…¿Entonces, que coño pinto yo en todo eso?

En esas ocasiones diarias, el artista se siente en un espacio que no es el suyo, como el convidado de piedra, como en la primera cena en casa de sus suegros. Y creo que todos estaremos de acuerdo en que los bares son y deben ser el espacio de expresión artística más pública de las cosas más pequeñas. Y mejor que un bar, la calle misma.

Luego están los hosteleros, que en la mayoría de ocasiones son los primeros en carecer del respeto necesario hacia el actuante. Cuando no tocas tras unos barriles de cerveza o en el espacio preferencial en el que se suelen desarrollar los concursos de escupitajos lo haces con el barero pidiéndote que vayas acabando, que la cosa se está animando y hay que poner el pachá mix. ¿Entonces, que coño pinto yo en todo eso?

Tras una mala experiencia decidí hace unos años, salvo la excepción del pasado viernes realizada por pura amistad y con resultados decentes, no tocar jamás en un bar (siempre y cuando no sea un acto que supera las barreras de mi ticket de bus urbano. Entonces debes adaptarte a lo que desees, y la ilusión suele ganar a las prohibiciones). Desde entonces, Casas de Cultura, oficinas de bancos, centros cívicos, festivales musicales, tiendas de ropa y casas particulares han sido y serán escenario de mis berreos.

Serán escenarios pequeños que en la mayoría de ocasiones no atraerán a nadie nuevo, pero en los que existe una predisposición a escuchar, porque quienes se han acercado lo han hecho solamente para eso. Los propios organizadores y los asistentes se desviven por ti, pagando en la moneda que más nos gusta: el cariño. Y el respeto. Y el silencio. A muchos, con eso nos vale.

3 Comments

  1. Pingback: 1000 egun | Auggie

Comments are closed.