Todo empezó a caminar de la forma más natural

Ya hemos dejado pasar el tiempo, y el poso ahí sigue, saludando desde el fondo del placer eterno. Ya echamos el cogarrito de después del concierto.

Han pasado los Exnovios, ese pisito sonoro en La Chantrea que es la Factory de Warhol con pósters del Derby de los Spacemen 3. Han pasado, justo después, los Holy Wave, que jugaron con su amor por Stereolab hasta que decidieron espabilarse un poco. Y hasta ha pasado todo un festival, El Boga Boga, orgullo de la ciudad para unos pocos y joya para quienes siguen abriendo ostras y no se han lanzado a los ganchitos de bolsa.

Y ahí sigue, saludando, con una sonrisa, la que dejó en los presentes.

Me falta el contexto, el antes y el después – la inspiración me pilló trabajando–. Muy importante cuando hablamos de Mursego. Un alma libre, “la autora vasca más importante desde Mikel Laboa”, como afirmó un pequeño gran afamado cantante vasco navarro. Una mutante que sabe amoldar el terreno a sus pies, que aún construye conciertos exclusivos para cada sitio. Una artista que no ha perdido la frescura inicial, y eso es un halago mayúsculo para tantos años de paseos. Tiene canciones para regalar, y mutaciones superpoderosas para ocupar tres pisos de la mansión del Doctor Xavier.

Y Mursego decidió, con la bahía de La Concha de fondo, tocar “Los Planetas” de La Buena Vida.

grabado por: Juanra Moonpalace

Me dio pena que Javier Sánchez, presente en el festival, se hubiera ido ya. Habría compartido con él mi emoción, mi felicidad, mi sonrisa. La belleza de la melodía al chelo. El respeto y devoción escuchada en una creadora que te mete tecno a lo tradicional con más personalidad que nadie –y mira que es una mezcla manida–.

A mí me pareció un bello milagro. Un puente entre dos ramas de un árbol, el vasco. El dedo de ET y el de Elliott Taylor con un halo de luz. O la propia amistad entre los poperos donostiarras y los ruidistas andaluces «homenajeados» en el título original. Por cierto, la canción fue n.º 1 en ventas de singles en España.

El vídeo, la canción, la vida, me llevaron a un momento personal tabernario, cuando la gente de Nuevo Catecismo, Discípulos y La Buena Vida coincidían en los bares de los viejo. Y charlaban de sus cosas, se vacilaban y se despachaban birras. Esos mundos tan opuestos para los foráneos, entre la arena, los cafés y los gaztetxes. La distorsión y la limpieza, el grito y el susurro. Se unían donde la noche se desperezaba.

Hay muchas formas de tender puentes. Uno es de manera nativa, espontánea, saludando y charlando. Y otra, más pública, tocando una canción del vecino. Ambas emocionan igual, y siguen demostrando que esa semilla melódica, que seguro sigue en generaciones fuera de nuestro foco, sigue viva en nuestra cultura.

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