Lemoooooooooooooooonnnnnn

Ayer en el dock tocaba sesión con finales tristes y gentes de agrio final a la que los limones – y la fama- les acabaron sentando mal. Esa era la premisa, aunque entre los cítricos melodiosos del programa de Pepe Navarro – Juan Antonio “Canta”, protagonista del primer film- y salir en la gala de los Oscars -Elliott Smith- hay un océano de popularidad y magia. A fin de cuentas poco importa, el resultado peliculero en ambos casos no alcanzó el heaven (adores you) del que nos hablaba el norteamericano Smith

El film sobre el sufrido californiano se hace eterno. Y mira que tiene un montaje raudo y ágil, que en eso los de EEUU son bastante espabilados. Pero nada, no hay manera. Puede que sea por la falta de dinamismo. O la ausencia de datos. O la falta de canciones, por más que la belleza de las mismas era innegable. Pero me da que para que una peli de 90 minutos te llegue debe estar basada en tonadas briosas y no languideces. Porque aquello fue una letanía superficial basada en opiniones de los más cercanos que evita las zonas oscuras (drogas, depresión, cambios de ciudades) y se centra en el magnetismo del creador. ¿Qué coño era la “intervención” de la que hablaban? Joder, sonaba a 1984…

Se agradece el paseo por la vida creativa anterior a “X/O”, canciones en las que ya se intuían algunos dejes del posterior Smith. Y la sinceridad/ingenuidad de las opiniones del chico de pelo sucio, así algunos detalles sobre el inconformismo ante el éxito (como no tocar “waltz#2” para un programa de radio). Hasta los muy fans salieron desencantados al finalizar la única película que en el dock15 no ha recibido aplausos tras los créditos finales

“patuchas, el hombre de los mil limones” se centra en la vida de Juan Antonio Castillo “Canta”. Famoso a nuestros ojos por salir en el programa de Pepe Navarro cantando aquello de “un limón, y medio limón”, el metraje ofrece algo de luz sobre la existencia de este autor, sus obras teatrales, sus comienzos exitosos por Argentina y sus canciones no limoneras. Pero parecen demasiados focos para una vida que no consigue transmitirnos su aura especial.

Quizás nos pille demasiado al norte para captar la esencia, pero el regusto final es que “patuchas” es demasiada salsa para tan pocos caracoles. Se agradece el intento de rebuscar y presentar, pero no consigue transmitir la imagen de hombre especial que supone era Castillo. Ni se desea haber conocido con anterioridad esas canciones que se paseaban por Libertad 8. En su vertiente teatral todo suena a juvenil. “Los profesores no sabían canalizar esa energía” puede ser una forma preciosa de decir “no sé que hacer con este chico”. Imaginar estar observando la obra “Mambo” en un Lugaritz cualquiera me hace desear con fuerza la idea de finalizar como los protagonistas de estas dos obras. Ay, pena que ayer faltara Dricius en la sesión para encumbrar este momento (dramático, en todas sus acepciones) como hiciera con “El Zurdo”