Aplasta a los vascos de pasta

Oh, Euskadi. Esa tierra tan bella. Con tantas tradiciones envidiables por el resto de pueblos. Con esa cultura ancestral tan influyente para propios y ajenos. Con tantos puntos de interés para quien desee adentrarse en la historia presente y pasada. Apoyando de manera innata toda nueva obra, todo nuevo paso rupturista. Oh, Euskadi. Qué bella eres y cuánto te quiero.

Oh, Euskadi. Ese mercado pequeñito pero orgulloso de sus elementos. Esa dignidad creativa que se abre paso entre las músicas invasoras foráneas. Ese amor por la tradición que tanto marca gran parte de las creaciones culturales buscando renovar y refrescar sin olvidar los orígenes. Aunque se pierda dinero, aunque todo el trabajo no sea más que el de una ONG encubierta. Oh, Euskadi. Qué interesante eres y cuánto te quiero.

Oh, Euskadi. Siempre navegando contracorriente, huyendo de los maleficios externos y la mala praxis cultural de otros mundos. Siempre elegante y autocrítica, siempre contestataria en tus ofertas, siempre apoyando lo sugestivo frente a lo popular. Lo pequeño y puro frente a lo masivo. Y cuando es masivo en carnes propias, desviando la mirada hacia otros campos más malditos. Mirando sin mayores envídias al resto. Oh, Euskadi. Pura y casta. Qué atractiva eres y cuánto te quiero.

Oh, Euskadi. Si todo lo que he dicho no fuera justamente la carcasa con la que vendes tu producto y funcionaras exactamente igual que el resto…

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