El primer hotel de la gira

Su maldita cabeza se la había vuelto a jugar. Y eso que estaba apagada, o casi. Las primeras noches de hotel en las giras eran terribles. Parecían una espoleta de maldiciones oníricas. Y este sueño era tan recurrente como aterrador.

La historia iniciaba con el protagonista mirándose al espejo, poniéndose bien la fina corbata y soplando los primeros contactos con el saxofón. El camerino estaba nervioso, pero con una tensión callada, sutil y casi presente.

El resto de integrantes de la banda seguía con sus procederes habituales. El batería -portador oficial de la camiseta promocional del grupo-  golpeando con las baquetas una pequeña tabla, la cantante emitiendo gorgoritos agudos dignos de hacer varar ballenas en las playas. Y él tenso, erguido, casi balbuceando el aire dirigido a la lengueta. “Siempre hay que estar nervioso. El día que deje de estarlo dejaré de tocar”, solía decir en las entrevistas. Y una mierda. La respuesta real debería ser “El día que deje de estarlo empezaré a disfrutar de todo el proceso“.

Escuchaba su nombre por la megafonía “The Auto Tunes” y los músicos dirigían sus pasos hacia el escenario por la trasera del mismo. La gente silbaba de modo animoso, con salvas de aplausos que buscaban agasajar a los ejecutantes y ofrecerles una cómoda bienvenida

Y comenzaba el horror.

Cuatro golpes de baqueta daban inicio a la canción, que comenzaba con dos estrofas y un estribillo. Caían sudores por la frente del soplador, quien quería despertar de aquello que debía ser un mal sueño. Buscaba pellizcarse, pero le era imposible, tocando como estaba la parte del puente.

Habían comenzado la actuación con un single de su nuevo disco, canción en la que se paraban un rato para que batería y bajo calentaran el ambiente antes de volver al estribillo. “Ayuda, ayuda”, gritaba mentalmente el protagonista, queriendo avisar al cabrón del guionista para que por favor cambiara el transcurso de este pasaje de terror. Nada más lejos de la realidad.

Tras tocar un standard del pop de los ochenta el bajista animaba al público a dar palmas en mitad de una canción, para después ir presentando uno a uno a los ejecutantes – con su correspondiente mini-solo, especialmente relevante en el momento de la batería-. Recuperaron aquella versión de “Tears in heaven”, hicieron aquel cambio de tono para acabar la tonada  y se guardaron el hit para el bis, al que llegaron tras la parada habitual y la despedida que no es tal.

La gente, vital a rabiar como si solo viera un concierto al año, no aplaudía cuando le venía en gana sino que todos se unían al final de cada melodía, en un movimiento sobrecogedor cuyo recuerdo aún le provoca un malestar ingobernable.

Justo al final, cuando la vocalista daba las gracias indicando que jamás olvidarían esa fecha y esa ciudad, el soplador abría los ojos de golpe y observaba que las sábanas estaban empapadas de terror. No era para menos. Era una maldición soñar con 4x4s y estructuras cerradas. Con repetir clichés de rock. Con buscar la empantanada felicidad del pop.

Abrió la caja de CDs y se puso un disco de Miles Davis, y después uno de Tony Braxton. Buscando volver a la normalidad mientras la brisa se colaba por las cortinas de la habitación del hotel y el río reflejaba el sol aún naciente.