Un día de perros (incluye galería de fotos de Flickr)

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Olviden el síndrome del nido vacío y sus ejemplos jubilados, con la señora besando al caniche y el señor arrastrando al chihuahua de txikiteo. No recuperen la carpeta del “Agility”, porque de eso verán poco entre los humanos participantes.

Las Exposiciones Caninas son otro mundo muy nuestro. una filia digna de los sótanos austriacos que incluye correas de cuello, lacas especiales y peinados de gran perifollo.

Ficoba se dividió en 3 grandes naves para que los canes y sus dueños pasaran las pruebas de trote, pose, dientes y pintas, en una suerte de “Bataplan a las 06:00 am” con gran predicamento, este también, al otro lado de la Isla del Faisán.

Unos y otros acarrean con grandes jaulas, peines especiales, mesas de ducha y peinado, mantas acolchadas y esas mesas de picnic tan propias de los encantes franceses. Allá echan sus horas los de dos patas, orgullosos de sus ejemplares, mientras los de cuatro se mantienen amaestrados de principio a fin, tan entrenados para estos fines que uno llega a dudar que correteen por la calle en horas de ocio. Hasta posan cual “Little Miss Sunshine” cuando sus dueños así se lo solicitan.

Viendo la cantidad de participantes parece un gran mercado que cuida hasta sus despedidas (hay un stand de un crematorio de chuchos) y a sus participantes con un mimo a veces cercano al de las camisas pardas. Apenas hay ladridos entre participantes, y las charlas que cazamos al vuelo destacaron el caratcer elitista de estos eventos, con gente hablando de cruces de linaje excelso y jueces internacionales de similar alcurnia. Hay seguidores de Cesar Millán haciendo populosas demostraciones con sus alumnos sobre las virtudes del amaestramiento. Y muchos humanos en formato “empresa de airbnb”, con más de uno y de dos ejemplares a concurso.

Jamás podré acusar de explotación a este tipo de eventos. Aunque la línea entre el cariño y la exclavitud a veces pueda parecer muy muy fina, no dudo del cuidado extremo de los dueños a estos seres especiales. Ni tampoco niego que lo hagan en la búsqueda de un premio y de una aceptación social.

Pero si me guío por mis instintos animales, solo puedo apuntar que entré encantado de comerme una hamburguesa o un cordero asado y salí con ganas de ir cortando correas para que los chuchos se escaparan del lugar en una nueva rebelión dálmata.

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