La ciudad que seguimos perdiendo

“A la salida, todos a llorar”, “Qué vergüenza, Ayuntamiento”. Las dos últimas firmas del libro de visitas de la exposición La ciudad que perdimos” puede que sinteticen bien la sensación de deforestación emocional que sienten los visitantes a la muestra, una entente entre la Bienal de Arquitectura -que parece haber venido para quedarse a la ciudad- y Áncora, la asociación para la conservación del patrimonio cultural.

A grandes rasgos, el paseo por los paneles y fotos del “antes” y “después” recogen los edificios que, a partir de 1960, fueron pasto del desarrollismo, empujados por la pasta de los dueños – públicos y privados-  y constructores y una legislación que, tras la visita, parece siempre demasiado laxa. Nos invade, quien sabe si injustamente, la sensación de que en este campo el dinero consigue cosas que para los asalariados y artistas serían inviables.

“La ciudad que perdimos” divide sus 700 imágenes en varias secciones para recordarnos que somos como Marty McFly pero sin un final feliz tocando Johhny B Goode. Tras el vistazo general y los aciertos del Ensanche Cortazar, la guía centra su foco en los edificios demolidos en los distintos barrios de la ciudad. Una caminata de 90 minutos guiados que desata las pasiones y comentarios de los visitantes según sea el barrio de nacimiento de cada uno. No hay problema, en todos ellos hay cuestiones que hoy en día suenan a capitalismo salvaje.

Personalmente, y por motivos diversos, fue un doloso placer descubrir

  • Que la evangelización de los Jesuitas del barrio de Gros se produjo a golpe de desescombro.
  • Que los “L´hotel pàrticulier” que jalonaban el Paseo de la Concha nos podía haber convertido en una MegaSanJuanDeLuz. Y que el bloque que quedaba, ahora comprado por el hotel de Londres, va a elevarse hasta el infinito y más allá, por cielo y suelo. Ojo a los parkings, koxkeros, el nuevo boom cuando te limitan por arriba en Donostia. No olviden que cada hotel tiene derecho constitucional a contar con uno…
  • Que Villa Sobrino es un gran ejemplo de disparate político-hostelero. Y la Zona de Villas de Ondarreta, otro gran solar del que poco a poco, falta de protección mediante, van a ir cayendo manzanas desde 2009.
  • En la zona de firmas libres puede destacar la Torre de Rozanés, la cual, y cito de la expo, “Odón Elorza impuso su demolición sin contar con una propuesta definida para construir el Talent House”. Puede que fuera una buena idea o mala, pero hacer el derribo un domingo a la mañana bien puede inclinar ligeramente la balanza.
  • Que comparar lo que había, lo que pudo haber (Boquería) y lo que hay en el Mercado De San Martín es una forma como otra cualquiera de echarse a la bebida. Dejar hacer, dejar caer… es la teoría ladrillo-económica.
  • Que solo hay nueve portales protegidos en la urbe, lo cual parece poco freno para tirar una edificación completa.
  • Que Donostia podía haber sido, sin un levante más alto que el otro, una ciudad cuyas visitas vendrían por el lado elevado arquitectónico (a lo Burdeos, París o Berlín) y no por el rasante juego de Pintxos de la Parte Vieja, el único de los cascos antiguos vascos que no cuentan con una protección especial. Y así nos va.

Gracias desde aquí a Áncora, una entidad que aunque a veces parezca pasarse de frenada es la única que nos alerta de los posibles desmanes urbanísticos

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