Exposición alimentaria en un inmenso pabellón. El único sitio donde llamarle al micro alcachofa incluye 26 jubilados dándose la vuelta y extendiendo su mano hacia tu persona. Los eternos jíbaros de las cocinas, ingenieros de la comida en miniatura (nada que nuestras abuelas no inventaran gracias al hambre existente), explican cómo los niños son capaces de comer hasta pescado si se les convence con colores y formas.
Mientras pensamos que gracias a esa fórmula nos pasamos media vida comprando el mismo producto aparece un pequeño grumete en la pantalla. Aún mastica una adaptación natural de su Pescanova semanal mientras le cuenta a la cámara que “hay que comer pescado, porque es bueno para el cuerpo y tiene muchas vitaminas necesarias”. Como si el niño estuviera leyendo un teleprompter, las palabras preciosas, sabias, certeras, salen de su boca a la misma velocidad con la que entran los alimentos.