Sagrado Corazón de Jesús: Amén

Foto: Irene Mariscal Petain

Hay una rama musical que me encanta. Yo la llamo «Beat Happening 2.0». Son esas canciones que no importa tanto cómo están grabadas, pero que transmiten muchas grandes emociones. Suenan crudas, trastabilladas. Son directas, sencillas. Sin alardes. Grabadas en poco tiempo pero de manera tan emocionante que llegan más lejos que las super producciones. Porque nuestras emociones son granos de azucar, no platos muy elaborados.

El apellido “2.0” viene de que lo que antes eran bajos afinados justo justo o batería a las que les falta media estructura ahora pueden ser tablets o móviles con sus bits limitados y sus programaciones estancas. Es la nueva generación de las canciones que no puedes defender ante gente más popular.

De todo esto me acordaba cuando vi a Sagrado Corazón de Jesús en el Dabadaba. Un tipo que puede actuar en recintos masivos (el Daba se puede tomar como tal si hablamos de música independiente) pero que difícilmente podrá llenarlos. Un artista con tantas virtudes que su llegada al gran público sería considerado el cuarto secreto de Fátima.

El formato es de aúpa: Una one man band con un portátil a su lado del que no ha cambiado ni un preset de fábrica. Un micro de night club. Un look de oficinista con doble vida, contable dedicado que a las noches se pasa por la Boites a sacar su lado artístico. Y todo esto, que si tienen mal día puede sonar a chufla, broma o boutade artística, es elevado a los altares con unas letras absolutamente maravillosas. Qué arte a la hora de cantarle a los ángeles, las economías, los santos, los demonios, los amores y los requiebros.

Pueden escucharlo en bandcamp, claro, o comprar el disco que sacó para Discos de Kirlian. Pero en directo esas canciones viajan con alas blancas y belleza de querubín. Yo ya me considero miembro de su iglesia, y caminaré por el desierto divulgando su palabra. Amén

En lo alto de la escalera. En lo más alto.

Lunes a la tarde. Cargo la guitarra y la mochila para que vuelvan a casa. Cargar, el verbo. Ojalá fuera Transporter, habría tiros y saltos y coches caros destrozados. Pero yo, no soy un sherpa que va a ir ladeándose con la edad hacia el lado que aguantaba la guitarra.

Llego al túnel de Egia. Camino hacia la vertiente del río. Voy cruzando el río (no me hagan seguir el estribillo, por favor) a nivel subterráneo. Ciclistas que vuelven a casa se cruzan en mi camino. Señores mayores a los que todo les vuelve a llamar la atención, pero esta vez por falta de estímulos más relevantes, se quedan mirando mi pesado caminar. Hoy no está el flautista punk. Le tocaría ducha.

Llego a las escaleras solo. Nadie de frente, nadie a mi lado. Levanto la cabeza y veo una pareja adolescente sentada casi al nivel de la calle. Muy felices. Se distancian unos pocos centímetros. Son jóvenes, es la medida. Si estuvieran cada uno en una acera deberían escribirse cartas o telegramas.

Sigo mi caminar. Y sonrío. Siempre lo hago, me sale de dentro, sin filtro. Es un sentimiento puro. Porque son dos chicas, en sus tiernos 20, o menos, quienes se están queriendo. Con una felicidad máxima, y el pelo cortado de manera la mar de normal. Es su mayor logro. Que todo sea normal. Y por eso sonrío…