Con la botella de Fundador

De menos de 100 mililitros y y bien empaquetada junto con el resto de mis cremas hidratantes, claro está. Que luego la azafata se lanza al pimple y apunta la salida de emergencia al cruce de sus pantorrillas y ya está la francachela montada.

Sí, amigos y conocidos, me marcho a Nueva York. Pocos días. Siempre son pocos. Me llevo muchas felicitaciones y la envidia del Topo robaposts, que eso no lo consigue cualquiera del castigador urbano.

Tengo ya varias compras en mente, entre las que se incluirá algun artefacto sonoro más bien poco moderno. Caerá alguna guitarra, y espero que un autoharp si está al alcance. El summun se llama Synthaxe, pero es una bizarrada muy cara.

Luego todos esos elementos se pasaran años, meses y días sin salir de la funda, pero siento la satisfacción del coleccionista de arte, voyeur de obras que no puede tocar.

Voy sin guía de viaje. Espero que las energías me lleven por calles soleadas y sin maleantes, y por clubs nocturnos rockeros, poperos y sin malos rollos. No hay conciertos elegantes a la vista, pero en alguno nos dejaremos caer.

Recuerdo un amigo que siempre que salía de viaje (sí, el traslado también afectaba a los recorridos del autobús nacional) hacía un pequeño testamento donde supongo legaba sus pertenencias y se despedía de sus queridos. Yo, que apenas tengo nada propio y lo único que tengo pendiente son dos tortas a recibir, entenderán que no haga nada similar.

Pero admito que una de las razones de este post es trasmitirles mi terror a volar y mi deseo de no ser parte de ese minúsculo porcentaje mundial de catástrofes aéreas. Porque la hipocondría se tiene, no se adquiere.

Así que, o nos vemos en 10 días o nos vemos en más. 😀