Noche en rosa y gris

por Angel Aldarondo.

Como los colores de la sala de conciertos de Hondarribi, gris y rosa es el código cromático que este zinestésico percibió en la noche del viernes, ya que el verde de la Carlsberg apenas quedó registrado.

Poco color -si exceptuamos la presencia femenina- para que este servidor disfrutase de la noche. No alcancé a vibrar con ninguna de las dos propuestas -la culpa, en parte, fue del Pharmagrip-, y me limité a ejercer de cámara oculta desde una esquina de la sala, quedando totalmente off-beat, sincopado y sin remedio.

Los primeros en escena fueron los zestoarras Grises con su enérgica mezcla de estilos bien avenidos, tan resultones, tan bailables y tan oscuros como las noches de Standard o Mendetz. Pero quizá por que mi niñez musical sigue jugando en la playa de Delorean, no está dispuesta a compartir cubo y rastrillo en otros arenales vecinos.

Ese niño ya se ha cansado de ver cómo todos los castillos de arena se fabrican con el mismo molde y ha decidido pisotearlos todos. Lástima, porque estos Grises suenan bien. Seguro que volveremos a encontrarnos en alguna otra orilla.

A estas alturas llama la atención que ninguna propuesta electro-vanguardista con label cante en euskera aunque sus miembros provengan de zonas 99% euskaldunes. No sé si responde a una ambición por abarcar algún mercado allende, y/o buscan evitar cualquier rasgo de txapelismo. Por si así fuese, solo recordarles la fantástica versión del Gure Bazterrak de Standard que quita el prejuicio.

Una vez borrada la gama de grises de la paleta, vino el turno del tono rosa-chicle-folki de los canadienses Hidden Cameras. El número de músicos y su apariencia hacía presagiar un espectáculo pintoresco y folklórico. Y así fue.

Juguetones y sibaritas, funcionaron como un reloj suizo con un claro protagonista en el centro de la esfera, el amanerado Joel Gibb. Con su carismática voz encandiló inmediatamente al público en los primeros minutos, pero a la larga se convirtió en un pesado enemigo sonoro.

A pesar de que el ambiente festivo parecía ir en aumento, las agujas de mi reloj parecían renquear, cada tema sonaba igual al anterior. Tic-tac, tic-tac. Mientras, el reloj de del divo Gibb y compañía cayó en un bucle sin fin: los sollozos del cantante y el mismo ritmo de batería se alargaban durante minutos y minutos y minutos.

Me temo que no es nada fácil lograr lo que otras voces engoladas y excesivas como las Wainwright, Antony o Morrisey han conseguido: forzar los límites de oyente para pasar de la repulsión a la gravitación.

A pesar de todos los peros, el público -sobre todo el estrógeno- pareció disfrutar de la primera cita del resucitado programa de Gaztemaniak en este 2010. Como últimamente parece que hay que decirlo todo, reconozco que las palabras de este espectador invitado  a cronista -que no crítico musical- no serán las más precisas ni las mejor calibradas, pero tampoco pienso pedir disculpas por ello. Y el que no quiera que no baile.

Todo es tan jodidamente divertido

Ilustración: Mr. Rosco

Que dos propuestas tan diametralmente opuestas como las de Joseba Irazoki y Joan Colomo coincidan en una misma noche en un mismo Bukowski, solo puede entenderse como un genial combinado bipolar.

El beratarra, bien pertrechado por un batería de bigotes -literales y metafóricos-, nos arrastró al abismo de sí mismo con su telúrico repertorio de intensidad hipnótica. Un derroche impecable de talento, técnica y calidad musical. Si Joseba Irazoki no triunfa extramuros, esto solo puede deberse a su falta de pose y a su natural exhibición de campechanía, un pecado nada venial para un creador de paisajes y atmósferas entrañables.

Tras esa ración de sensibilidad extrema, y sin apenas tiempo para deshacer el hechizo, subió al escenario Joan Colomo. El lechuguino cantautor extendió su mano y nos subió a todos los asistentes con él para festejar algo. Quizá que era domingo, quizá que seguimos vivos, o quizá que el sol se funde.Es igual, porque todo es tan jodidamente relativo como su canción homónima.

Aunque seguía de farra desde el martes, el joven Joan conservaba intactas sus privilegiadas cuerdas vocales. No así las de su guitarra, como demostró con su divertida discapacidad para emular a Paco de Lucía. Se rió de él y con él, de Laboa y con Laboa, de nosotros y con nosotros, de Erentxun pero sin Erentxun.

Evitaré citar sus reconocibles referencias, porque para hablar de este pájaro catalán lo mejor es lanzar al aire una serie de adjetivos relativos. Irónico, humilde, cachondo, soberbio, gentil, tontorrón, provocador, barriobajista, frágil, descreído, mordaz, descacharrante, poético, payaso, ácido, juguetón, inteligente, apocalíptico y, o sobre todo, jodidamente divertido.

Tras su concierto y el desconcierto de la muchachada, nos brindó un regalo sumamente antidonostiarra: un improvisado karaoke que hasta las bellas mozas corearon. Sonaron retales de Las Grecas, Bisbal, Serrat, Sabrina (que no Sabina), Laboa, la Jurado, Los Chichos y, adelantándose a la petición de este servidor, Julio Iglesias. Logró una sorprendente interactividad -según él, inspirado por la exposición arty de Tabakalera- poco habitual por estos lares, si exceptuamos actuaciones de locales como Giorgio Bassmatti o Bo Elizegi. Sin duda, la mejor receta para un domingo por la noche.

Joan Colomo actúa el martes 23 de febrero en la FNAC de Donostia.