Felizmente invadidos

Era la hora de la siesta de un día que había empezado muy pronto, saludando a quienes dejaban esas discotecas que aún ofrecían bebidas, luces y deseos. Tras un divertido lunch, bien armado, tumbado en una acogedora casa en la que no pararon de actuar los distintos elementos de la última invasión británica de nuestra ciudad, la folk que suele mostrarse en el Alboka una vez al mes (Charley Atkey – el miércoles que viene está en el bar de la calle Easo- y Tristan Crowley completarían el equipo mosquetero), nos íbamos a lanzar al descanso ligero.

Y apoyado sobre el almohadón en el suelo, cerré los ojos, pero fue imposible dormir. Luke Armstrong, quien hasta entonces se había mantenido en un segundo plano, haciendo punteos tranquilos en ejecuciones ajenas, disfrutando del queso y sonriendo apoyado en una columna, me alteró el sueño de la manera más bella posible.

Sus canciones, tan tranquilas como increíbles, un paseo por los lagos más calmados de los setenta, fueron un sorprendente caminar por los acordes, sin mayor egolatría que la aportación de los elementos a la composición final. Si a Luke le ilumina un foco es porque alguien lo ha movido sin querer.

Apoyado en una cejilla imposible, que permitía pulsar solo algunas cuerdas dejando otras al aire (y pisando el autor las libres por encima del castrador sonoro), y con afinaciones abiertas imposibles de imaginar para gente cerrada como yo (sí, claro que es muy normal cambiar de afinación mientras tocas), el isleño apenas interpretó dos composiciones. Lo justo para que, adaptando su postura poso visible, desde este pequeño espacio promulguemos nuestro amor por su arte e invitemos al resto de los humanos a disfrutar de sus embriagadoras maestrías.

Me consta que pronto le veréis en un escenario más populoso que los que hasta ahora pisa. Sirva entonces este vídeo como pequeña presentación