El petit és molt gran

Supongo que la cosa va de templos pequeños. Capillas para orar a nuestros variados dioses musicales. Hay una en Guissona, parada y fonda de los proyectos de El Petit de Cal Eril. Y hay otra en Donostia, llamada Dabadaba. Cuando las dos se juntan la cosa es celestial para los feligreses.

Llegaba la banda del The Real Joan Pons confirmando su creciente popularidad en la tercera visita a nuestra urbe. Traían bajo el brazo «Eril, Eril, Eril», una gozada de soft pop con toques lunares elegante hasta en youtube.

Se pudo confirmar, de alguna manera, el desembarco el autobús de Gorka Urbizu. El de Lekunberri no solo ha arrastró gente sino que, como en la víspera bilbaína, salió a tocar dos temas, uno catalán y otro vasconavarro. Ahí quedó su impronta y su voz, para gozo de todos y todas. Hablando de voces…

  • Lo primero y casi más flipante (si eres musiquitas) fue alucinar sobremanera con los efectos de voz de Pons. Una mezcla perfecta, increíble, personal e intransferible que alteraba ese tono agudo y reflexivo que gasta al hablar. Ojalá robarle el preset al técnico
  • Lo primero y casi más flipante (si eres de lo que atienden al sonido) fue quedarte anodadado ante el encuadre general. Creo que es la primera vez que veo que un concierto suena como el lanzamiento recomendado por The Daily Dose . Acolchado pero presente. Dulce pero rasgado con dos Gibson SG. Con un bajista que se gusta del jazz. Y un metrónomo a los parches. Es tan fácil embelesarse ante esas voces, esos coros y esas canciones, porque…
  • Lo primero y casi más flipante (si eres ser humano) fue la belleza de unas composiciones nuevas, esas que comandaron toda la primera parte. ¿Tu también soñaste con unos Allah Las así antes de que se fueran al carajo? ¿A ti también te da igual que sean en catalán?¿Eres de los que piensan que el Petit de Cal Eril es una de las mejores bandas que cantan en romance?¿Has visto alguna vez un hombre desnud…no, esto no es aquí, sorry

Vimos varios niños y niñas petits y petitas durante el concierto. Y otros que gozaban como tales. Sobre todo cuando tocó repasar cortes de discos viejos, y brotó de forma más clara la sicodelia y ese prog tan mullido en la actualidad.

Los pequeños, como era de esperar, no duraron los 90 minutos del bolo. Los mayores, a nada que atendamos a la cola de la venta de discos y supercherías (a 22 euros el nuevo, así sí), disfrutaron sobremanera hasta el punto de querer seguir en casa con la pequeña gran fiesta.

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