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Categoría: Críticas de conciertos

Javier Corcobado: Dulce chatarra

Intérpretes: Javier Corcobado (voz, guitarra, saxo), Juan Pérez Marina (guitarra), Sergio Devece (bajo), Jesús Alonso (batería). Lugar: Teatro Principal (Donostia). Día: 25 de mayo del 2012. Asistencia: unas 100 personas.

Concentrado y excesivo a ratos. Saludando poco. Dando un par de veces las gracias. Así es Javier Corcobado, defensor de esa “poesía de vertedero” a la que le canta. Con letras rotas, visuales. Melancolías hirientes. Poses sentidas. Y voces recias.

Su último viaje es un homenaje a sus amores, acercando versiones de crooner a las oscuridades pasadas. La formula funciona, mejor cuanto más lírico se pone, cuanto más se acerca al tango (‘Te estoy queriendo tanto’), se lanza al desierto (como en su adaptación de Serge Gainsbourg) o defiende la canción castellana, caso de ‘La ladrada del afilador’. Su hora y media de actuación se pasa volando entre traumas y guitarrazos, entre sedas y piezas rotas. Un buen retorno.

Diego Vasallo: La vida raspa

Treinta minutos después del pitido -con perdón- inicial de la final de la futbolera Copa del Rey, Vasallo y sus compinches subían al tablado del donostiarra garito Le Bukowski. La gente le esperaba impaciente en las hileras de sillas que se habían dispuesto para la ocasión. Fans que pasaban de pelotas y camisetas. Asistentes que giraban la cabeza para mirar con gesto de desaprobación a quien hablara con un volumen algo elevado. Poco importaba que el parlanchín fuera famoso (que los había) o no. Quien osara romper la magia del autor donostiarra sería castigado con una fulminante firma de ojos.

El ‘Contacto en Francia’, nombre del trío acústico que acompaña en esta gira a Diego Vasallo, complementa y alegra las tonalidades tristonas del compositor. Sus vocales quedan más arrabaleras con el juego de dos guitarras y un contrabajo siempre juguetón. Un amigo, presente en el concierto madrileño de esta serie, llegó a afirmar sorprendido que “el autor parece hasta pasárselo bien sobre el escenario. De verdad, que te juro que se divierte y todo”. Damos fe de que la frase pareció cumplirse en todas y cada una de las quince canciones interpretadas y el terceto que cerró el bis de regalo.

Tonos que abarcaron desde lo inicios con Cabaret Pop, sus primeros pasos lejos de los históricos Duncan Dhu, hasta sus más recientes composiciones. Melodías cantadas con esa mezcla de manta y lija, una voz raspada que se aclaraba a la hora de presentarse o hablar entre canciones. Un hilo que juega a sobrecoger más allá del tono y la letra. Porque las sílabas interpretadas son tristes e íntimas, nocturnas y personales. Elaboradas con un patrón atractivo y añejo. Lejos de las tontadas que unos y otros cantan en los soportes más populares hoy.

El Columpio Asesino: Juegos nada infantiles

El día en el que se celebraba – o sufría, según gustos y pelajes- la efeméride de la canción más famosa de Celtas Cortos, el dichoso “20 de abril”, asistimos a uno de los primeros llenazos hasta la bandera del aún reluciente escenario de la Casa de Cultura de Intxaurrondo. La banda navarra El Columpio Asesino fue la culpable del éxito nocturno.

Abrieron puertas los locales Rulot, que en apenas media hora ventilaron su rock a lo Nueva Vulcano ante un público que quería otro tipo de bailes, los ingeniados por la formación capitaneada por los hermanos Arizaleta. La hora larga de la actuación “asesina” fue de menos a más, con una lista de temas que eclosionó en la sección final. Las canciones iniciales se sucedían una tras otra sin mayores diferencias, centrando su fuerza en el impacto más que en la diversidad sonora. Con un maquinista, el cantante y batería Álvaro Arizaleta, que realiza su difícil labor sin complicarse la vida. Tampoco ayudó la disposición de la sala, que ha alcanzado mejores valoraciones en lo referente al sonido en otras actuaciones más relajadas.

Afortunadamente, esta primera etapa centrada en las rabietas punk de sus primeros álbumes (tanto por estar presente en ellos como por basarse en esa marcada herencia de los Pixies) quedó atrás y empezamos a disfrutar de los muchos aciertos de los de Iruña. Entre la alegría ejecutante, el atractivo de unas tonadas alejadas de lo habitual, y que a la gente le gustan más los “subidones” de discoteca que a un tonto un lápiz, el quinteto abandonó la estancia entre vítores bien merecidos.

Homeless 04: Pop con vistas

Intérpretes: Cass McCombs. Lugar: Merendero de Ulia (Donostia). Día: 31 marzo 2012. Asistencia: unas 250 personas.

La cuarta etapa del festival itinerante Homeless paró en otro monte donostiarra. Si el debut de esta serie de eventos tuvo lugar en el festivo Igeldo, la edición de pasado sábado nos permitió ver el Cantábrico desde otro punto de vista. El del Merendero del Monte Ulía.

La organización, una vez, más impecable. Entradas físicas preciosas, autobuses desde el centro de la ciudad, bebida y comida a espuertas. La cita, una reunión social ya asentada en los calendarios donostiarras, tuvo su punto más flojo en lo único que escapa de las manos organizadoras: la música.

El escenario estaba colocado mirando al mar. La banda tocó bien. Y el protagonista cantó sin tacha. Pero las canciones fueron un poco rollo. Y mira que es raro que aterrice un grupo norteamericano que sea no ya malo, sino mediano, ¿eh?

Sin ser nada atroz, los ejecutantes transmitieron más bien poquito. McCombs oferta ahora una comida rápida digna de su apellido, esa especie de rock orientado a adultos con algunos ganchos: Ese toque a lo Feelies, esa canción que pudo firmar la Velvet Underground. Pero, como gotas en la arena, los aciertos pronto desaparecieron de nuestra memoria. La fiesta se cerró con algarabía en el bar Le Bukowski.

Ivan Ferreiro: La bella sencillez

Hay que echarle bemoles para plantarse en solitario sobre un escenario y tocar la friolera de -si no me fallan las cuentas- 21 canciones. En un concierto con doble ración de bises que sobrepasó los 100 minutos. Acompañado de un instrumento que, como bien afirmó el propio autor en su primera frase al micrófono, «solo empleo en casa cuando me aburro. Bienvenidos a esta frikada de concierto. Si no os gusta podéis abuchearme al final». Y que al llegar a esa conclusión, cerca de las diez menos cuarto, y lejos de quejarse, la gente abandonara la sala con ganas de más.

La gira que le trajo a Donostia se llama apropiadamente ‘Solo en casa’, y presenta un escenario hogareño. Una alfombra blanca de pelo alto, un sofá, una manta, mesillas, lámparas y un trofeo deportivo. Acompañado de una copita de vino, y tras la ya comentada presentación inicial, piano y voz atacaron ‘Me toca tirar’. Y bien que demarró el ex cantante del grupo Los Piratas: ‘Paraisos perdidos’, ‘Jet Lag’ y su divertido juego de contrastes entre la voz femenina y la masculina. La tacada de cinco temas sobre el mal rollo, en constante descenso emocional, iniciada con la aplaudida ‘M’, continuada por ‘Extrema Pobreza’, ‘Ciudadano A’ y su golpeo a lo Stranglers, ‘Farenheit 451’ y, allá por la Fosa Mariana de la emotividad, la versión del ‘1999’ de Love Of Lesbian.

No haremos un análisis pormenorizado ni una reconstrucción cirujana, pero sí indicaremos que tras la «disculpa» de Ferreiro («no soy el rey del buen rollo, en eso Bisbal me gana») la lista siguió engordando con canciones preciosas (‘Mi furia paranoica’), temas muy conocidos de todas sus épocas (claro que sonó ‘Años 80’, hombre. Y ‘El viaje de Chihiro’) , melodías coreadas por el público (‘Turnedo’), homenajes ajenos (‘Vidas cruzadas’, de Quique Gonzalez, ‘Toxicosmos’ de Los Planetas) y revisitas especiales a melodías que el autor estrenaba en su versión sencilla en Donostia (‘Días azules’). Así hasta superar la veintena de interpretaciones, dando como resultado una noche de domingo perfecta para unos espectadores que salieron encantados.

Deer Tick: Verbena rockera

Intérpretes: Latitud 43, Deer Tick. Lugar: Casa de Cultura de Intxaurrondo (Donostia). Día: 24 marzo 2012. Asistentes: unas 200 personas.

El sábado hubo una fiesta con dos bandas ya conocidas por los donostiarras. Una de ellas por vivir en la propia capital (Latitud 43). Y la otra, foránea (Deer Tick), por haber pasado por Kontadores hace un año.

Arrancaron los locales. En formato trío, su rock clásico animó a los presentes dando lustre donostiarra a la velada. El quinteto Deer Tick ofreció una amplia amalgama de sonidos angloparlantes. Capitaneados por un cantante ebrio de pigmentación (menuda chaqueta Micolor que sacó al escenario) y quien sabe si de algo más, tienen canciones muy chulas y otras medianas. Una diversidad que puede volverse en su contra. Especialmente gozosos cuando se mostraban como banda de pub y defensores de la versión canalla del pop-folk, había travesías que alejaban de la diana las creaciones de estos norteamericanos.

El bis recuperó a Nirvana y homenajeó a Los Ramones y The Clash. La noche se cerró con lo que un espectador definió como “momento chorra”, con el guitarrista cascándose un punteo con su miembro. Lo que a unos divirtió, a otros les pareció algo vulgar. Como el concierto mismo.

El reloj, la ciudad

Así canta ‘To The Clock, To the City’, uno de los muchos temas buenos que componen el último disco de Josh Rouse. Y eso hizo el autor asentado en Valencia. Llegó a la ciudad, y paró el reloj. Quien sabe si por la disposición de la sala, o la altura del escenario, pero el concierto de Rouse y sus Long Vacations convirtió el emplazamiento en un pequeño gran club de jazz. Con todas sus virtudes, y ningún defecto sonoro. Coqueto, cercano, terso. Muy confortable. Iba a decir cálido, pero la calefacción del lugar, a tope, achicharró muchas neuronas.

A todas las ventajas añadiremos la mayor de ellas: la aportación de los ejecutantes. Empezaron suaves y jazzeros, se animaron a pasear por ritmos brasileños y acabaron poperos. Con una fina niebla de soul que todo lo empapaba. Elementos ya conocidos, pero que hay que saber unir con elegancia y y dulzura. La que también demostraron los teloneros Napoka Iria. Dúo chico-chica. Ella con una voz entre delicada y portentosa. Él, rasgando entre el counrty y el folk.

Josh y su banda volvían a nuestra capital en formato trío, como en la anterior visita en 2010. Pero ya avisaba Rouse que nada de contrabajos, que ahora venían enchufados. Y el propio Rouse, con esa pinta de niño pícaro con traje de adulto, con una maleta llena de arte. Porque si algo tiene este norteamericano son canciones. Como soles. Las que le dieron fama en el pasado (discos ‘1972’ y ‘Nashville’) y las que le deben dar en el renacer presente, recogidas en su último álbum, ‘Josh Rouse & The Long Vacations’.

El autor conoce el negocio, y va disponiendo de sus múltiples aciertos a lo largo de un set. No hubo ni una sola canción mala. Únicamente trastabilló un poco en el primer set acústico en solitario. Casi escondido tras la batería, las preciosas canciones ejecutadas quedaron algo apagadas. Más divertido fue el segundo intento, cuando paró de manera aparentemente casual un tema para invitar al resto de músicos a acompañarle. El hecho de que tardara cinco minutos en afinar la guitarra mientras sus compañeros tocaban remarcó la idea de espontaneidad. La noche se cerró con ‘Love Vibration’, título que puede dar buena cuenta de lo allí escuchado. Composiciones vibrantes y de fácil enamoramiento.

Desgarradora intensidad. Crónica (completa) del concierto de Lisabö en Donostia

Ventajas de internet. Si no hay espacio en el diario para que entre todo el texto, lo cuelgas en tu web 😉

Intérpretes: Joseba Irazoki, Lisabö. Lugar: Sala Gasteszena (Donostia). Día: 16 de febrero 2012. Asistencia: lleno, unas 550 personas.

Un golpe. Otro. Un directo. Y hacia la lona. En esos breves segundos que discurren hasta que caes ves toda tu vida pasar ante tus ojos. Tu alegre infancia, los primeros besos, las penas. Todo en milésimas. Adrenalina e intensidad. Eso es un concierto de Lisabö. Una de las pocas bandas locales capaces de reventar la sala Gasteszena del barrio donostiarra de Egía por méritos propios.

Su creciente carrera ha sufrido un repunte popular con ‘Animalien Lotsatuen Putzua’, disco recién editado que se ha aupado a las listas de lo mejor del 2011 con total justicia. De manera casi sorprendente, porque se basan en una humildad envidiable y su música es cualquier cosa menos asequible.

Las canciones de estos irundarras son desgarradoras. Te vacían, te extenúan. Son cabreadas como el punk, pero contienen mayor poso de tristeza. Sus actuaciones exigen ir bien de forma. Aquí no se va a escuchar el single, dar palmas y cotorrear un rato sobre tus discos preferidos o los mozos y mozas más guapos y guapas. Asistir a su catarsis sobre el escenario exige igual predisposición a los pies del mismo. Sobre todo, si lo que quieres es comulgar y sanarte. Disfrutarlo.