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Categoría: Críticas de conciertos

Triángulo de Amor Bizarro: Amor ruidoso

Pocas veces guardamos boli y papel en el bolsillo y disfrutamos de la música sabiendo que sabremos transmitir la maravilla de la que disfrutamos sin más apuntes que los de nuestra felicidad. El concierto de Triángulo de Amor Bizarro fue uno de esos momentos. Una formación espectacular cuya elegancia viaja envuelta en un guante de boxeo. Abundan las distorsiones y pedales de efectos en unas composiciones que te ponen los pelos de punta, pero a base de guitarrazos.

Sus creaciones son dignas de los mejores My Bloody Valentine, conjunto que editó un álbum para la historia y dos fantásticos discos pequeños. Obras que estos gallegos han hecho propias para construir unas canciones plenas de energía. También se dejan influir por más formaciones enormes: Los Planetas, Pixies, Jesus And Mary Chain. Grupos que nacieron agrestes y que el paso de los años ha convertido en piezas básicas de rock indie.

Pero no todo van a ser estridencias. Porque este cuarteto gallego también puede sonar a Stereolab o esos The Pains Of Being Pure At Heart a los que parecen reverenciar en su último single. Un tema que en directo es, para variar, un tortazo sonoro. TAB consiguen que queramos vivir en sus canciones (la parte final de “Ellas se burlaron de mi magia” es una obra maestra de la exaltación), que entremos en internet para mirar cuándo es su próxima fecha y viajar hasta ella. Es lo que haríamos por un amor. Y este, aunque suene bizarro, lo es.

Primavera fest: Ricos platos sonoros

Intérpretes: We Are Standard, Nimu, Daniel Trim, Frank Caro. Día: 27 de abril del 2013. Asistencia: unas 250 personas. Entrada: 18 euros.

Este fin de semana la discoteca donostiarra Bataplán celebraba su cita anual (o puntual) con las músicas ejecutantes, ampliando la propuesta habitual de un concierto a la inclusión de varios DJs de atractivas mezclas y estirando su duración a dos noches. Envuelvalon todo, pónganle un cartel y ya tienen el Primavera Fest.

En el lado pinchadiscos destacó Bimba Bosé. Más allá de su nombre, ofreció una buena sesión eléctrónica. Los Zombie Kids demostraron que también saben liarla en la costa, llevándose el hipotético premio a la mejor pinchada. La cantera local demostró buena forma y supo rayar a la altura. Apunten al menos sus nombres, por si se los cruzan en el futuro: La Fabrica de Colores, Nimu, The Wicked Pair.

Pero todos los focos se dirigían, por fama y potencia escénica, a We Are Standard. Los bilbaínos andan paseando su fabuloso nuevo trabajo, el reciente “Day”. Y esta fue la presentación oficial donostiarra, y no el desdibujado acto de entretiempo que se cascaron hace pocos meses en Intxaurrondo. Porque volvimos a ver a la formación que nos maravilló teloneando a Primal Scream. Son sus hijos directos, vástagos de la escena musical de los 90 que explotó con aquel disco titulado “Screamadelica” y que tuvo sus referentes en Stone Roses, Flowered Up, Happy Mondays y resto de sicodélicas agrupaciones poperas.

A todos ellos homenajea con gran visibilidad la numerosa banda capitaneada por el cantante Deu Txillardegi, quien el sábado pasado mostró su mejor cara como animador. De entre sus canciones emerge el single “7,45 (bring me back home)”, una melodía épica y elevada que debería quedar como tema eterno de nuestra discografía popular. Pero el resto de composiciones no son cojas. Las nuevas destacan por ese homenaje británico bien asimilado. Las antiguas, por el claro componente rockero, entrecortado y danzante. Ambos conceptos casaron bien con la isla de fondo. Esperamos que la idea – ya sea como festival o como acto más solitario- se repita antes del 2014.

Ocean Colour Scene: Pop antiguo

Intérpretes: Javier Sun, Ocean Colour Scene. Día: 19 de abril del 2013. Lugar: Casa de Cultura de Intxaurrondo. Asistencia: unas 500 personas. Precio: 22 euros.

Precioso el reventón que la donostiarra Casa de Cultura de Intxaurrondo presentaba la noche del pasado viernes. Cada día es más complicado convencer a los no habituales para que se acerquen a disfrutar de un concierto. Pero la cita parecía merecerlo. Era la primera visita a Donostia de la banda británica Ocean Colour Scene, y gentes de nuestra provincia y limítrofes respondieron a la llamada del pop británico.

La formación presentaba el regulero “Painting”, un trabajo alejado de sus mejores momentos creativos pero que tuvo una más que correcta representación. No es problema de calidad ejecutante – el guitarra y el batería son muy elegantes, sin olvidar la voz de Simon Crowley – , sino de abundancia de tiempos lentos y canciones bordeando la peor acepción de la palabra “antiguo”. Cuando su pegada siempre fue una de sus más aplaudidas señas. A los potentes y contados ejemplos de la noche me remito.

Siguen siendo herencia pura de Paul Weller, con ese componer negroide, pero más de la mitad de las canciones que sonaron en Donostia fueron calmas chichas. Sin mucha conexión, nervio o pulso. Y eso que los asistentes, alejados ya de la adolescencia, estaban enchufados. Ni se movieron al final del bis, acústico en el inicio y con guiño a Oasis. El encendido de luces fue una ducha fría para estos abundantes seguidores, quienes disfrutaron hasta de los toques reggae de algunas melodías.

La noche la inauguró otro ilustre, el donostiarra Javier Sun. Guitarra y armónica en ristre, el cantante está en una forma excelente, siguiendo el camino abierto por los cantautores clásicos ingleses o norteamericanos. Divertido presentando a su inexistente banda con algunos nombres de músicos famosos, el autor del eterno “Los chicos de la calle” (qué maravilla) ofreció un espectáculo enérgico, comiendose la tostada vital de los autores extranjeros.

Rafael Berrio, Clem Snide: Borrachos distinguidos

Dicen que el primer paso para ser un buen artista, ya sea músico o ceramista, es poder disfrutar con lo que hacen tus compañeros. Demuestra sana envidia y humildad, y suele empujar a crear de manera más instintiva y libre. Si esa teoría es cierta (sapos más grandes hemos tragado), del concierto del pasado viernes en Intxaurrondo deberían salir al menos un par de singles bien bonitos. Porque Rafael Berrio y Clem Snide ofrecieron, como parte de esa gira conjunta que están llevando a cabo, dos grandes conciertos.

El donostiarra jugaba en casa. Guitarra eléctrica de quemado sonido en ristre, Berrio sacó su lado más despreocupado y canalla. Pocas veces le hemos visto tan suelto y a la vez tan propio. Si sus letras no jugaran a ser losas de mármol sobre nuestras almas, casi les diría que fue hasta divertido. Con ese aire Gainsbourg al que solo le faltaba el prohibido Gitanes en la mano, provocando y declamando, jugando con las intensidades dentro de las canciones.

Fue solo media hora, relajada por el teórico rol de teloneo, que arrancó con un “Simulacro” que retorcería el espíritu del oyente hasta interpretado por una jauría de niños tocando el txistu. Le siguieron dos temas pretéritos, “Mis amigos” (y esa letra que canta “borrachos distinguidos…”) y “Oh, verdad desnuda” para llegar a la genial oda al vino titulada “Saturno” y, tras varios pasajes y un intento tan fallido como guionizado, acabar con “La alegría de vivir”.

Y para alegrías, las que demostró Eef Barzelay, el alma mater de Clem Snide. Parecía llegar de un curso amateur de catadores de vino. Ya saben, uno de esos en los que el profesor te dice que escupas y fruto de la inexperiencia acabas medio piripi. Claro que cuando tienes esa voz todo irá sobre ruedas siempre. ¿Quién dijo que el autor estaba acatarrado? No puede ser cierto, envidiosos.

Con una formación navarro-norteamericana completada con dos grandes músicos, Ben Martin a la batería y Edu Martínez a los teclados, el zurdo Barzelay brilló sobremanera cuando de sus cuerdas vocales y de nailon salieron temas folk. Imposible no quedarse embelesado escuchándole ejecutar esos medios tiempos preciosos y bien entonados.

Pero la noche no se cerró en cuestiones estilísticas. Porque hasta la versión de la Velvet Underground, grupo venerado en su furgoneta de viaje según hemos podido leer en las redes sociales, hubo tiempo para tonos más sabrosos y vivarachos, con la diversión como bandera y sin olvidar nunca el aire pop. Una noche lírica y anglófila, solitaria y saltarina, íntimista y jovial, en la que destacaron los tonos elegantes de dos grandes creadores.

Edwyn Collins: Solo grandes canciones

A la hora de hablar de Edwyn Collins se tiene la costumbre de mencionar términos como “superación” o “milagro”. Y son palabras que han de salir en el discurso (sin monopolizarlo). Porque no es sencillo volver a la vida, no ya creativa sino a la simple supervivencia, después de dos hemorragias cerebrales tan agresivas como las sufridas por el escocés de 54 años. Y en contra lo que puedan pensar, su vida no era una suma de excesos rockeros sino un sano caminar.

En su anterior gira sí que andaba físicamente más pachucho, aunque el apoyarse sobre músicos de Morrissey o Sex Pistols (Teenage Fanclub o Franz Ferdinand han sido otros de sus seguidores agradecidos a la hora de completar su banda) le daba un colchón más mullido a su arte. El sábado pasado en Intxaurrondo no le hizo falta arroparse de grandes nombres, y nos dedicamos a disfrutar del autor sin fijarnos en otros aspectos de su vida. En formato trío, con Collins cantando y acompañado de un guitarrista y un teclista. Este último, con un corte de pelo a lo Brian Jones, también se presentó bajo el nombre de Colorama en otro de los momentos de la noche, interpretando bellas composiciones a la guitarra y algo menos al teclado, aunque satisfizo a los asistentes.

Gentes que también gozaron, por completar la mención a todas las bandas del cartel, con el ochentero sonar de los catalanes Extraperlo, deudores de Golpes Bajos y con un ojo puesto en Orange Juice. Los barceloneses también mejoraron respecto a su anterior visita, que les pilló con su último CD aún fresco.

Pero volvamos a Collins. Con una dicción clara tanto entonando como parloteando, a ratos crooner melódico y en la mayoría de ocasiones elegante compositor pop, el isleño sigue demostrando mucha calidad a la hora de hacer e interpretar canciones nuevas, o recuperar viejos éxitos de una carrera que trascendió del underground a públicos más masivos, caso de ese “A Girl Like You” que en Donostia sonó rabiosa para tan poco acompañamiento. El público estuvo entregado y gozó a cada segundo, como bien recuerda el escocés en las redes sociales, donde ha colgado varias instantáneas e impresiones muy positivas de su parada guipuzcoana.

La Bien Querida: Ceremonia digital

Aires electrónicos sobrevolaron el barrio donostiarra de Intxaurrondo el pasado sábado con las actuaciones de los guipuzcoanos Anai Arrebak y la bilbaína afincada en Barcelona Ana Fernández-Villaverde y el conjunto montado a su alrededor, conocido como La Bien Querida. Grupo que acercó a la capital su espíritu más digital.

Los “hermanos” de Pasai Donibane empezaron potentes. Arropados por un montaje escénico que incluía logos y dos discotequeras bolas de espejos, los dos cantantes se desgañitaron entre saltos y movimientos, lanzando y girando los micrófonos en el aire y transmitiendo energía sin descanso. Gran voz la de ella, por cierto.

Menos tirantes que en su anterior cita de Gasteszena, ofrecieron la oferta habitual dirigida al baile guitarrero. Hubo soul, funk, post punk, rock duro, tecno y hasta una curiosa adaptación de una canción típica del salto a la comba, aquella que empezaba con “aita, ama zenbat urtekin ezkonduko naiz”. Con un batería sensacional y un teclista que no paraba ni para beber agua, dejaron muy buen sabor de boca y un deseo de verlos en un horario más tardío, con el cuerpo más movido.

Había ganas de escuchar el nuevo envoltorio de La Bien Querida. La banda se ha reducido bastante, quedando los fijos (Ana y su pareja David Rodriguez, miembro de Beef y La Estrella de David) y la compañía de Frank Rudow (ex Manta Ray) a las máquinas. Y el resultado es el más flojo de los que les vimos. Bien es cierto que no pudimos disfrutar de sus inicios acústicos, pero la óptica electrónica languidece si la comparamos con la formación popera o rockera habitual. Porque no hace brillar unas canciones que son muy buenas.

Porque eso no ha cambiado en “Labienque”. Sus letras, conversaciones de almohada a las que se les ha puesto voz, son muy bonitas. Pero el nuevo sonido no las mejora ni las hace grandes. Aunque, y esto les puede sonar a pirueta, uno las imagine triunfando en escenarios gigantes del Primavera Sound.

Con unos audiovisuales que navegaban entre la genialidad y la vergüenza ajena y una duración británica de poco más de una hora, la banda recuperó algunos viejos éxitos y abandonó el lugar con una canción acústica que no hizo sino reafirmarnos en nuestros pensamientos.

Julieta Venegas: Más tequila, por favor

El Museo Balenciaga volvió a abrir sus puertas para otro multitudinario acto musical (imaginen si había gente que había hasta políticos entre el público) enclavado en la programación del circuito Kutxa Kultur Musika. Más de mil personas se dieron cita en Getaria en esa fecha que celebran como el Día de la Mujer para escuchar las melodías de la guapa mexicana Julieta Venegas.

Y féminas hubo, a cascoporro, sobre y frente al escenario. A la Venegas le acompañaban dos señoritas en el frontal escénico. Atrás quedaban los dos mozos, el animoso batería – sin llegar a ser como el de Maná, ofreció gran movimiento melenudo visual – y otro joven a los teclados. Ella, el foco principal, vestida con un bello vestido blanco, confirmó nuestras sospechas: Lo que en foto es atractivo en carne y hueso es aún más seductor. Pero vayamos atacando lo sonoro ya, que esto no es un texto “de negritas”.

La cosa arrancó dubitativa y bastante floja, con un par de temas de su último trabajo que seguro que en casa suenan muy confortables, pero en el museo bien podían haberse mostrado en formato CD + Karaoke, con una voz murmurada que luego tuvo a bien limpiarse un poco. Y no fue por el enfoque tecno pop, porque a lo largo del concierto ofreció temas de ese estilo con mayor acierto, caso de “No hace falta”.

Afortunadamente, la dama tiene canciones que enganchan con el público, y sabe construir una lista de canciones de menos a más. Ya para la tercera tonada, “Bien o mal”, echó mano de su elemento más característico, el acordeón, y la velada fue en claro ascenso. Tras una ración de flores a Euskadi en “Tiempo suficiente”, la autora de Tijuana reposó sus cantares en un piano antes de atacar un “Eres para mí” algo funky y rapeado. Ya que hablamos de teclados, la adaptación calmada de “Lento” fue tan sorprendente como elegante.

La cosa tornó en concierto de Semana Grande donostiarra con la llegada del archiconocido “Limón y Sal”, momento de gran algarabía asistencial que se repetiría con la interpretación del resto de singles radiados, caso de “Me voy”. La banda tuvo tiempo de ofrecer un par de composiciones de modernos aires rancheros – a juego con la bandera mexicana que alguien agitaba en el museo – que seguro encantaban a Martinez de Irujo y señora en la celebración de su próxima txapela pelotari. Del par, la que más gustó fue la titulada “El Presente” y su bien traído aire popero.

A las once y cuarto, y tras un agradecido bis de cierre, los presentes abandonaron el emplazamiento encantados. No queremos cerrar el texto sin dedicar un sincero aplauso a Napoka Iria, dúo guipuzcoano que tuvo a Iban Urizar como invitado especial a la hora de inaugurar la noche. Su sentido rock con fuerte voz femenina al frente, de creciente predicamento en el magma sonoro vasco, fue un precioso pañuelo melódico que completó con elegancia el refinado conjunto del pasado viernes.

Ferreiro & Leiva: Compadreo pop

Tras un breve saludo, sin mediar palabra – luego habría rato entre canciones para jugar a ser colegas picajosos-, el dúo Leiva & Ferreiro atacó el tema “Me toca tirar”del autor gallego. Le seguiría “Nunca hay nadie” del antiguo miembro de Pereza, para continuar, ya a dos voces intercaladas, con el “Ciudadano A” de Ferreiro. Todo muy simple, apenas cuatro luces tenues, un par de guitarras, un teclado. Y una puesta en escena que se apoyó sobre el carisma de los dos autores que más colaboraciones suman (con permiso de Bunbury) en discos ajenos en los últimos años.

A Ferreiro ya lo conocíamos de esta guisa. Hace un año se plantó en solitario en el otro teatro urbano, el Principal. Ahora volvía con su compadre y socio parrandero Leiva, que también sabe lo que es andar sin compañía. Juntos ofrecieron un espectáculo de 90 minutos cercano y amable, donde el personal cantar de Ferreiro hacía todos los temas propios y la dejadez vocal – y la chulesca redacción capitalina- hacía que todas las melodías parecieran de José Miguel Conejo Torres, alias Leiva.

En los musical todo se movió en una franja muy pequeña y tranquila, como si aquello fuera el salón de casa un día de resaca. No por entrega, que la hubo, sino por similitud en las canciones. Los dos poperos, como bien detalló el vigués en un momento de la noche, tuvieron tiempo de homenajear a Deluxe y a Los Ilegales, reírse sobre composiciones propias que se llaman de idéntica manera, presentar temas que saldrán en discos futuros (caso de Ferreiro) y reunir en el bis algunos de sus temas más conocidos: “Lady Madrid”, “Magia” o “Turnedo”, con pequeños recuerdos para El Último de la Fila o los Rolling Stones. Los donostiarras, de corte palmero y poco insurrectos, se vinieron arriba en la zona final del acto y abandonaron el teatro encantados ante la sencilla revisita de sus canciones preferidas.