En lucha contra crisis económicas y agendas repletas de actos interesantes, Enrique Bunbury estuvo a puntito de llenar el Velódromo en la presentación de su último trabajo Hellville de Luxe.
Con el escenario dispuesto a lo ancho y no a lo largo de la cuerda, en lo que vendría a ser un par de kursaales de asistencia, el maño encandiló a los presentes con un gran concierto en el que, como era de esperar, todos los focos le iluminaron a él.
Expresivo hasta el disloque casi raphaeliano, descarnado y torciendo su cuerpo hasta elaborar tumbadas dignas del motero Jorge Lorenzo, con pases toreros, puñetazos al aire, paseos sobre el escenario, saludos al sol y poses a lo Jagger, Bunbury sigue tan gesticulante y teatrero como siempre. Lo cual no tiene porque ser malo. La suya es una de las mejores estampas sobre un tablado nacional, con una voz juguetona, grave y personal en plena forma.
Aunque a la gira actual, al menos en la capital guipuzcoana, hay que ponerle un pero y un aplauso muy grande. La crítica se dirige al excesivo volumen ofertado y lo agudo de muchos punteos de guitarra, cercanos a alguna técnica de tortura defenestrada años ha. La felicitación, inmensa, al diseñador del escenario y las luces.
Pocas veces se verá un trabajo, empezando por la especie de cama redonda roja que lo centraba, en el que los numerosos complementos visuales se adapten de manera tan bella y concisa a lo cantado, sin cegadores fogonazos gratuitos.
Hay que tener valor y ganas (y un perfecto impermeable) para salir de casa con la cortina de agua que estaba cayendo el pasado viernes. Menos mal que las ofertas musicales hacen mover de los sofás hogareños a los ciudadanos donostiarras, pamplonicas y vitorianos, que de esos también hubo muchos en la cita guipuzcoana de la británica Alice Russell.
El pasado sábado echaba la persiana el Festival Donostikluba 2008 con buenos números y elegante oferta global: Una media de 500-600 asistentes por día (exceptuando la velada hip-hopera, que dejó los números en la mitad) basándose en bandas poperas y rockeras nacionales y algún puntal foráneo de renombre se puede considerar un rotundo éxito en los días que corren.
La gente había ido a ver a Sidonie, y disfrutaron de lo lindo con las tonadas del grupo barcelonés. Con sus continuas jaleadas en busca de palmas y su pop en castellano a ratos sicodélico y otras melódico (los fans pueden cambiar de párrafo aquí), su propuesta se asentaba en la radiofórmula de estilismo maqueado pero tan monótona como el resto de convites musicales que nos abrasan la vida. Su camino es muy similar al que ha tomado Deluxe, concentrando sus virtudes en mostrar un concierto impecable sobre un modelo de canción sin apenas variaciones.
Lo mejor vino al final, con la performance hooligan del Happy Monday Bez. El hombre que tocaba las maracas en la formación de Manchester sigue con su rol de animador.
El rock parece haberle ganado la partida a la música pinchada. La presencia de los músicos y la ejecución de las canciones supera la presencia de los grandes nombres tras los tocadiscos.