Frases sueltas

Andar, pasear, vagar. Hace frío. Mejor meter las manos en los bolsillos. Y mejor meterlas en bolsillos que no son tuyos. Poner varios puntos imaginarios en el mapa del paseo, sabiendo que con fortuna no acabaras en ellos sino en otros felizmente imprevistos. Un parque urbano de tierra y bancos. Michus y una cara de sorpresa y una maleta y una charla divertida en el pasado. Una tienda de discos. Un escaparate. Tu canción favorita del año en formato single, poniéndote ojitos tras el cristal. .

Andar, pasear, vagar. Mira, un museo.

Bordear el ladrillo hasta encontrar la entrada. Y volver a sonreír. La exposición de la planta principal, la que queda a ras de suelo, está dedicada a uno de los libros que más te gustó en la última batida librera. «Cuaderno de frases encontradas». Juan Berrio. Tu obra preferida de aquel paseo entre baldas. Salvo por su apellido, 22 euros, que tampoco es tan feo para toda la belleza que recoge. No hay un Berrio malo, te dices, mientras ves el ejemplar impreso como regalo ideal para esa gente que para ti lo es.

Acordarte de Fran Nixon y aquella idea aquí mejorada. Una suerte de “frase final de chiste de película norteamericana”, pero con bastante más cotidianidad y humor encubierto. El pie de un cuento breve que comienza a fluir en tu cabeza. Sacar fotos a los garabatos. Pensar cuántas de ellas puedes colgar sin que resulte ofensivo para los editores o el creador. Otra lámina, otra carcajada.

Andar, pasear, vagar. Y mientras callejeas hasta la siguiente foto de tu móvil o el primer vermú, jugar a cazar con tu red oraciones que otros olvidan en el aire. “A mí es que José Tomas me pone nervioso, macho”. Brindar. Y sonreír.

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