Leah Senior: la belleza del miércoles


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Menuda vida loca la del 2019. Un no parar. Virtual, digo. Enfados mayúsculos todos los días, cosas que hay que ver para estar al tanto de la actualidad, urgencias, mosqueos, broncas, hilos, virales. El cielo o la tumba. Mayúsculo u horrible. El mejor evento de mi vida o una bazofia inmunda. Todo es sábado noche, arriba, arriba, camisa, colonia. O lunes a primera hora, dejadme en paz.

Por eso se agradecen los miércoles. Por eso hay que defenderlos. Es nuestro espacio natural, real, el día en mitad de la semana en la que puede tranquilamente no pasar nada. Debe no pasar nada. Por eso son dignos de aplauso. Y máxime en el Dabadaba. Sobre todo cuando se viste con sillas y aquello alcanza la confianza del microteatro. Sobre el escenario una cantante, a veces con 12 cuerdas de compañía. Leah Senior, desde Australia. En perfecto inglés australiano – bromearía sobre eso en la velada-. Tocando temas folk. De miércoles.

Una cantante agradecida, dicharachera (pero sin pasarse) entre temas. Amante de las formas clásicas, las calmadas y arpegiadas, esas que te tienen 50 minutos en una cocina con una guitarra y tomando café para parir canciones . Hija, nieta, seguidora davidiana de Jackson C Frank – a quién homenajea- o las Ladies of the Canyon. Creadora que azuza las lágrimas en su ataque a la versión de Big Star. Folkie de vieja escuela, preciosista y brillante en ocasiones sin necesitar serlo siempre, defensora de los aciertos por los que no pasan los años y autora con el gusto, gustazo, de tocar 35-40 minutos y pirarse. Como tiene que ser, hostia, pesados.

Por todo eso y más arranca el jueves soleado aunque llueva, paseante entre coches, despierto y vivo. Calmado y observador. “bonito”, porque ese también es un adjetivo pleno. Inspirador en su normalidad. Sin maquillar. Fin del tecleo. Venga, vamos a pegarnos ya ahí fuera.

Y MIA cogió su fusil (de letras)

Y luego hay films de cantantes de gran éxito que te permiten conocer mil y un vericuetos de su vida personal. Son los menos. Y si hablamos de protagonistas con fuerza, energía, personalidad, deseos defender su país ante los desmanes que se sufren en él, la venta de millones de copias de tus discos y las ganas de tocar las narices – o no replegarse ante las narices de otros-, pues…creo que solo “M.I.A” puede responder a todas esas características.

En la sinopsis está bastante bien explicado todo el meollo de estos 96 minutos. Pero si uno llega virgen, impoluto, al tanto de las críticas pero vacío de detalles, disfruta de la sorpresas del metraje: Su relación con Elastica, su curro con Diplo, los problemas de su padre, el descubrimiento del hip hop, la meteórica ascensión de ventas y su cada vez más acomodado modo de vida. También hay espacio para las broncas, que a MIA le gustan más que una bolsa de agua caliente a un griposo.

Me gustó. Mucho a ratos. Pero tampoco me acabó de enganchar como otras películas de luchadoras (“Bixa Travesti”). Fue muy interesante a la hora de mostrar la trastienda, los orígenes – estos británicos también graban todo desde que son unos nenes. Qué suerte para nosotros ahora-, los viajes, la riqueza estilística de sus canciones y el intento de aprovechar su notoriedad para poner el foco en los problemas de los tamiles.

Un crucero terrorífico

“I used to be normal”. Yo solía ser normal. Lo dice una muchacha a sus 17 tacos, en un vídeo que recoge sus respuestas, expresiones y sensaciones ante el visionado de un DVD de One Direction. “I used to be normal” es también el título de un film que busca recoger el sentir, la particularidad y el sufrimiento de las fans acérrimas de las boybands. Estas formaciones modeladas para gustar, vender y triunfar que ahora han quedado algo relegadas por los programas de variedades musicales en formato concurso televisivo.

En esta película australiana se abordan varios de estos combos otrora archifamosos: The Beatles – el origen de todo-, One Direction, Take That y Backstreet Boys dirigen el hilo. Cada uno de ellos cuenta con las opiniones, peripecias, locuras y desmelene de una seguidora – femenina, no sale ningún chico- a la que el paso de los años o la disolución de los grupos no les han hecho olvidarles. Hay momentos para la sonrisa por cariño, otros para intentar comprender algo que la peli no acaba de explicar: Por qué se ama tanto a estos grupos prefabricados.

El montaje de planos es divertido, pero al final hay bastante drama: la chica de 19 años capada en su sueño musical por culpa de unos padres poco dados al arte. Y pavor: El crucero de BackStreet Boys da muchisimo miedo. Muchisimo. Uno sufre ante la integridad de esos cantantes, perseguidos por suelo y agua en una zona acotada. Lo que hay que hacer para ganar pasta, redios. Y sin perder nunca la sonrisa.

¡De película!

Hace un tiempo, al habla con un músico, me habló de su siguiente trabajo. El anterior había sido todo un éxito, y pululaba en el ambiente la posibilidad de que un por entonces renombrado productor francés se hiciera cargo de los nuevos temas. Socarrón, sencillo y directo, el músico me dijo “Mira, para desbararrar y cobrar un pastizal que me den a mí la pasta y listo”.

Algo así debieron pensar Novedades Carminha, Lois Patiño y Esteban y Manuel, los protagonistas de “O espiritu de Pucho Boedo” , cantante de Los Tamara recuperado por estos mequetrefes para hacer una versión de su “A Santiago Voy” con apoyo institucional. No quedaba claro el fin de realizar esta cover, pero viendo lo visto se intuía un cheque elegante que corriera con el finde.

La grabación es más o menos cronológica, y muestra al grupo fumando porros, grabando un bajo, tomando un whisky, metiendo unos bongos, fumando un porro, charlando sobre música y estilos, fumando un porro, grabando otros instrumentos. Y tomando un whisky.

Divierte el lado desenfadado de la grabación, el colegueo entre todos y la sensación artística de volar libre teniendo todo un finde para grabar un tema. Menos mal que llegan Esteban Y Manuel para levantarlo todo. La sola aparición del cantante, la grabación de cuatro voces y la sonrisa que deja durante todo el finde escuchar su autotuneado “de película”, la alegría que transmite, ya valen de por sí todo el metraje. Es una gamberrada, pero no está mal recordar que la música también es eso.

Menuda bixa!

Negra. De favela. Travesti. Marica. No se me ocurren capas mucho más castigadas de una sociedad como la brasileña, más ahora con el nuevo dictador al mando. Bixa Travesti (“travesti marica” en castellano) es la lucha, el orgullo y la valentía de Linn Da Quebrada, el torbellino protagonista de este largometraje sencillamente impresionante: el montaje, la sencillez directa de las declaraciones, el costumbrismo peleón de sus personas, y los temazos, repito, TEMAZOS de Quebrada en las distintas actuaciones que recogen los 90 minutos brillantes de este film.

Una obra con momentos heladores (la primera imagen del hospital), orgullosos, divertidos, francos, peleones. De una dulzura que hiere. De una defensa orgullosa de su identidad, de ese mini espacio que se ha creado y con el que va a conquistar el mundo. Sin una voz más alta que la otra, sin una lágrima en pantalla. Con la cercanía y complicidad de una radiofónica voz nocturna, Quebrada consigue dejar en “pelea de patio” los puntos de vista similares que puede haber por nuestras tierras en estos colectivos o secciones de nuestra sociedad.

Os veo, os intuyo. Poniendo ojos de compasión, de película de ONG, de gente que necesita/pide abracitos, de la paz mundial y su santa estampa. Forget it. Lejos del “buenrollismo” o de la violencia directa que nace en el enfado, el metraje muestra una lucha que contagia, que anima y que defiende la creación de un mundo propio hasta ese momento inexistente. Y su defensa y expansión, en este caso gracias al verbo de unas letras francas que no tienen parentesco en nuestro idioma. Quebrada consigue un mensaje que aúpa a las travestis maricas, y a cualquiera que se sienta solo en esta sociedad tan poco hospitalaria con lo que escapa de la norma. Sin duda alguna, la mejor película que ha emitido el dock of the bay hasta la fecha.