Amy (la chica detrás del nombre)

Creo que lo más bello que se puede decir de una película documental que va sobre un artista musical es que trasciende y llega mucho más lejos. Hasta el pateado corazón de los generalistas y ”señoras del príncipe”. Damas que en la sesión de ayer desmenuzaban “Amy (la chica detrás del nombre) como si fuera un thriller. O una telenovela.

Tampoco es que la historia cubriera las peripecias de un artista maldito, como ocurrió con Rodríguez. Amy Winehouse fue una chica muy conocida, sobre todo entre los seguidores de los tabloides ingleses y los programas de cotilles anglófilos. La suya fue una vida azarosa y muy bien cantada (impresiona la voz de Amy, desde el principio hasta el final) y tan contada que digamos lo que digamos no vamos a soltar ningún spoiler. Sería como añadir un detalle que destripara el final de La Biblia, o casi.

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La ruleta rusa

El juego era sencillo, pero muy arriesgado. Se metía la mano en una urna llena de papeles escritos. Cada uno de ellos tenía un mensaje. El moderador elegía uno al azar y lo leía en alto. Los presentes tenían 15 segundos para pronunciarse a favor o en contra de la misma. Y al final de las rondas los jueces opinaban y eliminaban. Como una ruleta rusa, pero sin muerte.

Quedaban pocos concursantes ya. Del centenar inicial apenas una mesa y dos sillas apartadas de ella. En ese momento llegó la siguiente cuestión, “la que separará hombres de niños” según anunció la voz del micro. Los participantes se habrían echado a temblar si no lo llevaran haciendo ya desde el inicio de la prueba. Menuda papeleta, nunca mejor dicho.

El presentador abrió el papel despacio, o eso les pareció a los allí presentes. Arqueó un momento las cejas, el tema era peliagudo. Miro al frente, oteó a los concursantes, y con voz seria y profunda les dirigió la siguiente pregunta:

“¿Qué sistema de recogida de basuras prefieres para tu comunidad?”

15, 14, 13, 12….

Jaime, aferrado a su silla cual viajero del Dragon Khan, intentaba recordar. Pero no conseguía aclararse. ¿Qué decía su partido político favorito?

Y más importante aún…¿Cuál era su opinión actual sobre el tema?

11, 10, 9, 8….

Echaba la vista atrás a las portadas de su diario de cabecera, a las noticias de su canal televisivo preferido, a las conversaciones de bar, a los cafés del trabajo.

Nada de esto acababa de resolver sus dudas.

7, 6, 5….

Aquella cena con su novio, miembro del oculto lobby tuitero, había sacado el tema cerca de los postres. Pero solo recordaba el tiramisú. ¿Qué había dicho en aquella velada?¿Y su partenaire? Bueno, eso importaba menos. No hay que fiarse mucho de quien deja la tapa del baño levantada.

4, 3…

Recuerda la incineración, y la recogida selectiva, pero ambas confluían en la mente como los bizcochos y el mascarpone. ¿Cómo es posible que recordara perfectamente los bailes posteriores y no ese punto clave en la cita?

2, 1….

Toca elegir, hay que dejarse llevar por la opinión propia, personal, única. Pensando en sus hijos (adoptados y bien chinitos, pero igual de queridos), en el futuro que les espera, en la salud y en la enfermedad,…

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Ola de calor en toda la región

Bip….bip….bip…..

“¿Dónde estoy?”, pensó sin aún abrir los ojos. No pensaba hacerlo. Mejor ir aclimatándose poco a poco. Escuchaba una especie de fuelle, y ese sonido discontinuo. ¿Habría alguien en la sala jugando al ping pong en el Atari?

Bip….bip….bip…..

¿Qué día será? Hace sol. Lo nota en la claridad de sus párpados aún cerrados. Abre un ojo. Despacio. Está tumbado. Tapado con una fina sábana. No tiene frío. La habitación es de hospital, y está vacía. “¿Qué hago aquí?”

No consigue recordar nada. Ni su nombre, ni cuánto tiempo lleva, ni la razón de su hospitalización. ¿Por qué estará ingresado? Mira y ve dos piernas y dos brazos. Perfecto.

No hay nadie más en la habitación. En la mesilla ve una foto enmarcada. Sale él, una bella moza y dos niños jugando con un perro. Demonios, solo falta un bote de detergente para ser un anuncio. ¿Será su familia?

Bip….bip….bip…..

Primer recuerdo recuperado: Era modelo de esas fotos que vienen por defecto a la hora de comprar marcos. Se ve a sí mismo en bañador en el estudio fotográfico situado en las afueras de las afueras, y los montajes de cromas que le trasportaban de jardines a mares azules en un milisegundo. Pero aún no consigue saber el año en curso.

Ve un mando de la TV. Lo aprieta buscando más información.

Bip….bip….bip…..

Llega a un canal de noticias.

  • “El paro tiene la mayor bajada en meses”
  • “Ola de calor en toda la región”
  • “…desde que hay registros…”
  • “recuerden hidratarse y no realizar esfuerzos”
  • “Cuidado con las chancletas. El 78 por ciento de los adultos ha sufrido problemas en los pies debido al uso de este calzado”
  • “Máxima afluencia de turistas a los hoteles, que andan cercanos a la ocupación completa”
  • “los hosteleros se quejan de la baja calidad del turismo urbano y la pérdida de beneficios”
  • “un joven cae a la acera tras intentar saltar de un balcón a otro”
  • “ya apenas hay sirimiri, es cosa del cambio climático”
  • “Las gaviotas,  cada vez más cerca de la gente”
  • “El festival batió el record de asistentes”
  • “estupenda cosecha de uva, el vino de este año va a ser excepcional”
  • “El último fichaje del Madrid ha metido un gol por la escuadra”

Bip….bip….bip…

Apaga la tele. Imposible salir de dudas. Habrá que buscarse otra manera de ubicarse en el calendario.

El Miedo

El miedo a la hoja en blanco. El miedo a nos saber qué poner, cómo hacerlo, qué decir. El miedo a cómo empezar y cómo acabar, a cómo cerrar con pirueta lo que se ha ido diciendo. El miedo a usar una palabra muchas muchas muchas veces. el miedo a no usar una palabra como “tiquismiquis” en su justo término. El miedo a decir mucho y poco. El miedo a dejarse algo por no haberlo apuntado. El miedo a pasarse de frenada. El miedo a que se gaste el boli. El miedo a que se acabe la batería. El miedo a que llueva y empape los papeles. El miedo a repetirse. El miedo a saber ponderar bien tono y fondo. El miedo a que te lean. El miedo a ser muy transparente. El miedo a que se deba cortar por falta de espacio. El miedo a tener que estirarse un poco. El miedo al bloqueo. El miedo al error en el envío. El miedo al repaso de última hora. El miedo a la errata que no puede solventarse por teclas amigas. El miedo a las opiniones ajenas previas.

El miedo, esa gran estupidez.

Porque el único miedo que debe dar la hoja en blanco es el de cortarse el dedo con sus afilados bordes.

Las sillas de verano

Casa al noroeste, luz celeste. No era un dicho muy popular, pero en aquel sexto piso se cumplía. Sobre todo en verano. Y de fondo siempre sonaban cosas a medio hacer, tan tranquilas y tan agradables. El vapor del café, la tostada, el disco con aquel pequeño “crac” en la mitad del tercer tema.

Ella y él tomaban acomodo, dejando en el suelo sus elementos favoritos. Tazas, libros, revistas, ceniceros. Juntos se sentaban, juntos estaban, juntos pasaban el día. Sentados en aquellas sillas bajas. Una carrera ciclista en la que el primero y segundo entran cogidos de la mano, a la vez. Sin que la foto finish pueda separarlos. Sin mucho hablar, y diciendoselo todo.

La calle comenzaba a despertar, aunque no llegaba a despegar sus ojos. No era una zona muy concurrida, por más que el barrio fuera lo que demograficamente se conoce como “una colmena”. Una furgoneta de reparto, un coche, un par de vecinos hablando en la calle sobre el calor reinante. Todo en la gran pantalla luminosa de aquellas ventanas, aquel “poltergeist” de luz y vida que solo tenía un canal de visionado.

“puede ser un haya otoñal al cambiar tan fácil de color,
como una palmera puede ser, tan alegre bajo el sol. “

Un día él faltó. Y al siguiente. Y aunque fuera lloviera ella seguía abriendo las ventanas. La música sonaba suave, como siempre. Y el vapor del café huía por el balcón, hacia donde estaba él. Sin mucho hablar, y diciendoselo todo.