Olas de otra costa

Continente y contenido. A veces suele pasar que los escenarios ganan a los actuantes. El domingo fue uno de esos días. Porque la librería Garoa vale mucho más que cualquiera que pase por su sofá ejecutante. Sobre todo si llevas un tute como el de Neil Halstead. Viernes Donosti (en bastante esplendor nocturno, según me cuentan), sábado Girona y domingo Zarauz. Tras 11 fechas tocando el disco de la Velvet. Óle.

Viéndole en concierto me acordé de la anécdota de Arthur Lee Love. Giraba por Inglaterra, tirado en la parte de atrás de una furgo, metido en un saco. Su próxima parada era Liverpool. Antes de entrar en la ciudad el coche entró a repostar en una gasolinera de carretera. En esto que Arturito se espabila, se pone bien las gafas de sol, abre la puerta trasera y dice “¿Ya hemos llegado a la ciudad de los Beatles? Pues vaya mierda de sitio”.

Halstead tiene unas canciones excelentes, deliciosas. Todas las que tocó en Zarauz son dignas de aplauso boquiabierto. Pero hay que tener estamina suficiente para atacarlas. Esperaremos a escuchar el vídeo oficial del evento, que los productores contaban con un micro extra colocado cerca del modular de Neil. El de la energía fue el único “pero” a una cita que por espacio y selección va a años luz de cualquier otra propuesta cercana.

El británico se mostró cercano en la presentación inicial y completamente lejano en el resto. ¿Os fijasteis que no miró a nadie a los ojos durante su actuación? Quizás la cercanía le abrumara, o que le pesara el cansancio. Y preguntar a los 20 minutos cuánto queda tampoco ayuda 😀

Tampoco me hagan caso del todo. Es lunes. Me he cascado 3 conciertos el finde, dos de este buen tipo. Y todo esto que leen ahora está expresado desde el punto de vista de una fan loca, una Neilieber, que fue con muda de repuesto al evento. Y disfrutó, claro, porque esas afinaciones abiertas y esos modulares tan británicos son olas de otra costa.

Neighbours, Everybody needs good neighbours.

Me gusta la gente que sube al escenario con la misma ropa que llevaba y llevará. Me da confianza, y cercanía. Sobre todo si esa sensación se multiplica durante su concierto. Maite Larburu, la misma que tomaba un vino en el bar cercano tras el evento, rebosa naturalidad allá donde muchos tiemblan de nervios. Y arte, ojo. Porque sus canciones son preciosas, como bien pudo disfrutar el abarrotado espacio de la casa de cultura de Pasai San Pedro.

Neighbor es su aventura ociosa. La laboral le tiene en Holanda – y resto del mundo- tocando piezas barrocas. Ahora, en una compañía que solo Iturri no vio con lazos más allá de lo musical, grabó un disco que ojalá presente en espacios más grandes. Josh Cheatham, su socio escénico, le pone los acordes, deliciosos cuando tira hacia la bossa o el fado, siempre excelente, siempre bastante libre y liberado de estructuras. Ella, mientras, se come el mundo, ese pastelito que tanto le inspira.

A ratos tiene algo de Jabier Muguruza, otras maneja el humor y cierto timbre a lo Mursego, ¡o flamenco!, con unas letras en euskera que destacan sobre el resto de idiomas empleados. Qué gran letrista costumbrista nos hemos topado, para aplauso y envidia. “Txakurren Begiak” y “Harria, papera, guraizea” son dos ejemplos de esa habilidad a los fonemas.

Salseen por Spotify. Yo, gracias a H.C. (¡gracias!), tengo una copia física – vende gaztelupeko hotsak– que los domingos sonará en mi casa, esté donde esté esta.