Contra el Hilo Musical (Artículo de David Trueba)

[extraído de Articulismo español contemporaneo. Una antología]

Un caso ejemplar. Una amiga íntima me confiesa que el día que dio a luz a su única hija, cuando estaba en el quirófano, entre bufidos, sudores y poniendo a bajar de un burro su instinto maternal, de pronto, sintió algo extraño.

A sus oídos llegaba una música melosa, mil veces oída. Era una canción de Julio Iglesias, cualquiera, porque ustedes saben que todas las canciones de Julio Iglesias son la misma canción de Julio Iglesias. Entonces tuvo ánimos de preguntarle a su doctora de dónde venía aquella música: «Es el hilo musical», fue la respuesta.

Indignada porque a su hija se le impusiera, nada más nacer, una impresión musical quizá decisiva para el resto de su vida, rogó que apagaran los altavoces. Tras la búsqueda del botón, se logró el silencio.

A mí esto me parece un caso heroico.

Sospechas. Empecé a desconfiar del hilo musical hace algunos años. Mi amigo Blas padecía una tremenda fobia a los aviones, así que siempre que viajaba con él me tocaba soportarlo. El momento peor era siempre el aterrizaje. Hasta que un día comprendí. Mi amigo no tenía pánico a la maniobra de llegada, al frenazo brusco, al impacto del objeto volante con el planeta Tierra, al pérfido sonido del tren de aterrizaje al abrirse. No. Mi amigo a lo que reaccionaba con pavor era al hilo musical previo a la maniobra.

Suele ser un arreglo instrumental barato y cursi de un estándar americano, una versión de Tchaikovsky para orejofrénicos o, y creo que esto no es una sorpresa para el viajero habitual, el clarinete suave y mermeladoso de Kenny G. Claro, ése era su problema.

Cuando su sensibilidad sospechaba que el hilo musical estaba a punto de hacer su irrupción con el sutil cometido de adormecer al pasaje, de relajar sus ánimos, de distraer sus miedos, entraba en colapso. A gritos exigía una explicación: «¿Es imprescindible oír arreglos musicales horribles para relajarse? ¿Es que nadie en el mundo de la aviación ha oído hablar del clarinete de Sydney Bechet o de Giora Feidman? ¿Existen orquestas especializadas en grabaciones para vuelos y dónde residen sus miembros?»

Preguntas todas que se lleva el aire, porque del hilo musical, y eso es la clave del problema, nadie se hace responsable. Grillete musical. Nadie se responsabiliza, nadie encuentra el botón para apagarlo, nadie parece escucharlo. Pero el hilo está ahí, para coserte los oídos. El taladro sutil, la batuta de castigo, el grillete musical.

Te lo ponen en los teléfonos de servicio público, cuando te dejan colgado media hora con un problema irresoluble, y suena a: «Ahora trágate este temita, por plasta.» Te lo dejan las secretarias antes de pasarte con el jefe, que siempre está hablando por otra línea. Te lo imponen en los ascensores para que te veas obligado a hablar del tiempo sólo para no escuchar la música. En la sala de espera del dentista, para que añores que te taladre las encías. Te lo encasquetan en aeropuertos, peluquerías, para acabar un concierto y que no pidas un bis; mucho me temo que hasta es lo último que oye el condenado a muerte antes de la inyección letal.

Último e indignante caso sobre el mismo asunto. Reúno esforzadamente a un desnutrido grupo de amigos para arrastrarlos a ver una película iraní de reciente estreno. Llegamos a una sala de cine medio vacía, de esas de público sesudo y versión original con subtítulos. Y entonces caigo en la cuenta del hilo musical. No puede ser. No es un tema sufí ni hindú, ni un escogido ejemplo de World Music, no, es lo de cualquier supermercado. Lo han adivinado: cualquiera de los chicos de Operación Triunfo con cualquiera de esas cosas que les han puesto a cantar.

Entonces pienso que, a lo peor, lo del hilo musical es una alienante imposición que arremete al íntimo placer musical, individual e intransferible de las personas, un atentado a las libertades del mismo calibre que, si entonos los restaurantes del país, pidieras lo que pidieras, te dieran pechuga de pollo.

Es hora de iniciar una cruzada, de exigirle al hilo que sea plural, delicado, escogido, razonable, o si no, que no sea, a veces el silencio acompaña más.