Intérpretes: Will Johnson (guitarra, voz). Lugar: Sala Convent Garden (Donostia). Día: 13 de octubre. Asistentes: Unas 100 personas

Hay veces que no es posible conectar. Quizás sea por el mal día del periodista, o por los deseos de un oyente que recuerda su última visita a un sitio más adecuado, o porque esas canciones que escuchas solo en casa de repente suenen descontextualizadas. Nada que criticar a los promotores, que acercan a Donostia un concierto maravilloso como el de Will Johnson, autor con una carrera prolífica y remarcable en cualquiera de sus denominaciones (Centro-Matic, South San Gabriel, Will Johnson).

Will, que acaba de llegar de una “envidiable para el oyente” gira de salones hogareños por los EEUU, agradeció todos y cada uno de los aplausos, y despachó sus canciones con una elegancia fuera de serie. Son temas sentidos, dolientes, impactantes y emocionantes, sobre todo cuando recupera a South San Gabriel o rememora aquel disco que hizo con el malogrado Jason Molina.

Tuvo Johnson tiempo para un par de bises, y vender sus discos al atractivo precio de 10 euros. Su cita donostiarra fue espectacular, sincera y emocionante. De eso no hay duda. Poca gente con tan pocos elementos es capaz de transmitir tantas sensaciones potentes, tantos sentimientos heridos y tantos guitarrazos conmovedores. Pero ese regusto a “presentación en centro comercial” nos pesó demasiado en un concierto que, sea donde sea, intuyo que volveremos a ver encantados.

Intérpretes: Laetitia Sadier Source Ensemble. Lugar: Sala Kutxa Kultur Kluba (Donostia). Día: 12 de octubre. Asistencia: unas 150 personas.

Nada era del todo normal en la banda Stereolab, y nada puede serlo en los retoños que salieran de su disolución. Mientras Tim Gane sigue en Berlín haciendo marcianadas que no puedes poner en cenas sociales, su antigua compañera Laetitia Sadier continúa por el camino más amable del pop de aquella banda afincada en Gran Bretaña.

Lo de “amable” es una forma de hablar: Sadier toca la guitarra literalmente al revés (sin cambiarle las cuerdas para su uso como zurda), viajan con un guitarrista que hace las veces de bajista, paran para hacer un trozo a capela o tocan palmas como parte básica de una canción -y no para buscar el acompañamiento del público, que suele ser lo habitual-. Sus estructuras, sin ser la extenuación del metrónomo que eran antaño, siguen siendo arena de otro costal, con la lírica como foco principal.

Pueden llamarlo pop, porque es una etiqueta abierta. Pero el fondo, el mensaje, el enfoque, sigue siendo muy avanzado. Como en esas películas de cineclub. Con profundos valores sociales o políticos – en eso no ha cambiado mucho esta cantante- , pero expresado de formas poco convencionales.

Laetitia Sadier y su Ensemble (el grupo Astroball, quienes amenizaron el arranque del evento con varios temas propios) sonaron calmados, ante un buen número de oyentes afrancesados o directamente de Iparralde. Picaron de Brasil, quisimos que sonaran a Stereolab y los imaginamos en los años 70 franceses o sonando al cierre de una boîte. Avanzados, distinguidos y originales. ¿Recomendables? Mucho, pero no si quieres luego salir de parranda.

Dulce y tranquila, ideal para el lunes 25 de septiembre. Así se presenta la visita a San Sebastián de la norteamericana Molly Burch, al Convent Garden donostiarra. La autora californiana viene a presentar su debut “Please Be Mine”, curiosa pirueta de tintes amatorios editada por la prestigiosa casa Captured Tracks.

“Please be mine”, además de ser la canción más bella de todo este disco, representa la viajera historia amatoria de Burch y el guitarrista Dailey Toliver. Pareja en la vida real, rompieron cuando ella se mudó de Los Ángeles a Austin para estudiar jazz vocal. “Allí, en una pequeña habitación casi vacía, decidí empezar a escribir sobre la soledad y el amor. Me resultaba muy sugestiva la lejanía y el deseo de volver a salir juntos”, cuenta la autora angelina. En un poco habitual giro de guión, quiso la vida que uno y otra se volvieran a topar y retomaran la relación. Hasta el punto de que él es el guitarrista de la banda que ahora pisa nuestra capital para presentar las tonadas que creó su ausencia.

Cercanas al country calmado, las canciones de este disco son una suerte de acordes de Richard Hawley cantados por una Russian Red que no se ha tragado un pájaro. Grabado en dos días y con la sugerente voz siempre en primer plano, la autora norteamericana evoca más que impacta. Con varios momentos remarcables (“Downhearted”, “I love you still”) y mucho cariño por los ejercicios de estilo, gustará a quienes echen de menos la riada de cantantes lacias y el pop de los años 50.

Katiuska Festibala

16 Sep
2017

Dicen que en Donostia el verano es un sinvivir porque debes salir de casa con tolla, jersey, chancletas, chubasquero, bañador, rebequita, zapato cerrado y paraguas. Quitando los elementos netamente veraniegos, que el frescor del viernes no invitaba a llevar sugerencias textiles, el resto del paquete bien podría haberse entregado a los asistentes a la primera jornada del Kutxa Kultur Festibala celebrado ayer en el hipódromo de Lasarte.

Pack en ristre nos dirigimos al transporte público que nos iba a llevar al espacio de conciertos. Los viajes no son tan dedicados como antaño. Así, el nerviosismo y la felicidad cómplice de quienes subían a Igeldo en una de aquellas lanzaderas viajan ahora diluidos en un tren o un autobús que acoge también el regreso a casa de los currelas, el fin de la jornada estudiantil y el retorno de los ciclistas que se han pegado una paliza. A cambio, el recorrido deja de estar focalizado en Donostia para extenderse hasta Tolosa, Zumaia e Irún. Fue divertido intentar adivinar quienes iban al evento, una especie del “”quién es quién?” versión festival vasco. ¿Lleva botas?¿Va de ropa técnica o de noche?¿ Va en un grupo animado de gente?

La entrada al recinto se realizó sin mayores problemas. La zona verde que dominaba el área abierta por donde habitualmente compiten los jamelgos se presentaba asequible pero se fue embarrando con el paso de los aguaceros ocasionales, los cuales parecieron aguantar hasta el inicio de los actos para hacer acto de presencia. Los acordes de los guipuzcoanos Havoc sonaron regios mientras la gente se cobijaba cuando el agua hacía acto de presencia.

Zapatos de zarzuela

La gente se sobrepuso a la realidad con humor. Que los chaparrones sean una faena o un acto que añade tintes épicos al momento es cuestión de la vitalidad y la edad del encuestado. Atenta a los guitarrazos del artista local nos topamos con Marta Lorenzo, una donostiarra embutida en unas Hunter a la que no le faltaba chispa en el tema de las denominaciones alternativas. “Hemos venido preparadas para la fiesta. Ni ´kutxakultur´ni gaitas, este es el primer año del Katiuska fest”. Por cierto, ¿Sabían que el nombre de ese calzado viene de una zarzuela de los años 30? La obra se titulaba ‘Katiuska, la mujer rusa’ y la protagonista principal aparecía en escena provista de unas botas altas de media caña, las cuales recordaban a las utilizadas comúnmente en los días de lluvia.

La zona de ferias prevista no llegó a montarse. Pero la gente siempre le ve cosas positivas a las ausencias. “ Ahora, tras las lluvias, también podríamos montar peleas en el barro”, nos cuenta divertido el lasartearra Gorka Lopez, quien ya más serio nos confirma que ya sabe que el K.K.F. se caracteriza por la ausencia de actos vandálicos.

Comida rápida en formato camión

Nos aventuramos a la zona de “food-trucks” que iba a saciar nuestros ardores alimentarios y, de paso, darnos cierto descanso musiquero. Shawarmas, sushis y sandwiches ocupaban el lugar. Lo que viene siendo la comida rápida de toda la vida, pero en formato sano y elegante.

Recuerden, eso sí, que en el Kutxa Kultur Festibala nada se apoquina con dinero contante y sonante. En este festival todo se paga con la pulsera “cashless” que dan al acceder al recinto. Un brazalete que además sirve para entrar y salir del hipódromo. Las cargas de la dichosa son sencillas a rabiar. Otra cosa son las descargas. “Un saco sin fondo. No consigo llevar las cuentas nunca bien con estos modernos sistemas”, nos dice un joven farrero que prefirió no identificarse.

La música no fue la única de las artes que se desarrolló en el estadio deportivo. #LiveArt fue la propuesta de los artistas Amaia Arrazola y Txemy, creadores que realizaron en riguroso directo dos enormes murales a ambos lados de la pista principal. Y para pintas modernas -y creatividad con las tijeras-, las que nos podía dejar el barbero presente. Landry Agres, peluquero de la selección islandesa en la Eurocopa de 2016, ha instalado su salón Milk San Sebastián para todo el que quiera cambiar su look durante el certamen. No vean el tirón que tenía.

A su vera tiendas de joyas, diseño, cerámica , piezas decorativas de cemento y stands de chulos carteles o fotografías de la Norteamérica profunda se repartían la zona más cubierta del Kutxa Kultur Festibala. Y el stand oficial del evento, claro. Donde pudimos adquirir una camiseta para poder demostrar con el paso de los años y los lavados aquello de “¿Recuerdas aquél primer año de Lasarte? Pues yo estuve allí”.

“Aire de fiesta, los chicos y chicas, radiantes de felicidad“, como decía Karina, los que arribaron el pasado viernes a nuestra ciudad para ver la actuación del catalán Joe Crepúsculo.Autor de alma popera que ha abrazado la vitalidad del techno para construir un mensaje no apto para todos los públicos. Sus canciones tienen un extraño imán, quizás poco defendible ante los extraños. Una mezcla de vitalidad, dadaísmo, sencillez y diversión que si te atrapa no te la quitas de encima ni con amoniaco.

“El Crepus”, como se le conoce entre sus seguidores, sigue gastando look rockabilly, con esa camisa abierta y unas patillas “makinavajeras” (no es casual que uno de sus temas se titule “Te voy a pinchar”). Y más que cantar, el autor chilla, grita o declama con esa voz de ultratumba que bien podría colarse entre las barracas de feria como locutor de “La Tómbola Antojitos”.

Pero sólo nos queda reverenciarles, bailando y coreando como si no hubiera un mañana, cuando el autor y su socio Roux hacen sonar canciones como “Ritmo mágico”, “Mi fábrica de baile”, “Suena brillante”, los nuevos bríos de “Baraja de cuchillos” o la vigorosa revisita sudamericana de “El día de las medusas” y “Tus cosas buenas”. Cuando el autor suelta por el micro un “¿qué tal va la clase de gimnasia?” uno solo puede reírse de la ocurrencia. Crepúsculo sabe a lo que juega, o ha hecho de su juego su propio camino creativo.

Sorprendieron muy gratamente los momentos más tranquilos, con una bella “Rosas en el Mar” y la fantástica “El reino de la nuez”. Hubo momentos más oscuros (“Ojos de conejo”), hip-hoperos (“Corazón de cuchillo”), extrañamente adictivos y dignos de la B.S.O. de “Superdetective en Hollywood” (“De Ferrol a Cartagena”) y recuerdos bacaladeros a Los Punsetes (“Maricas”). Y al día siguiente todos con agujetas, que los cuarentones que ahora enganchan con este pop digital festivo e invaden el escenario en el último tema ya no están para mucha sardana.

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