Han pasado tres años desde aquel mayo….

Hola Pedro:

Tres años ya. Joder, cómo pasa el tiempo. Hoy, día de procesiones en Madrid, toca pasar la nuestra. Me acuerdo mucho de ti, sobre todo estos días. Escuchando a Nacho Umbert, por ejemplo, no puedo evitar soltar un suspiro y una lágrima con aquella idea loca (¿tenías otras? No las conocí) de tocar un disco entero suyo en lo que luego fue la historia del Tunel de Egia. No veas qué éxito este año con el “Star Wars” de BMX. Es que es un discazo. ¡Y se apuntó mucha gente a tocar!

Había pensado hacer algún concierto homenaje estos días, pero tras lo de BCN no caben más, chico . De entre las ofrendas indirectas no podría negarte que “Ojalá os queráis toda la vida” podría haber sido tuya. Solo esa, ojo. Que nos buscan más padres que a los hijos de Ivonne Reyes. Hasta pensamos en su día en llamarla “PSM” o con alguna frase que utilizara esas iniciales. Pero era un poco excesivo. No somos las personas que deban llevar ninguna pancarta en esta muestra. Ellos te recordarán hoy a su manera. Esta es la mía.

Cómo me hubiera gustado comentar contigo “Melodías concertantes” en el Bukos o el Dabadaba. Habría sido genial escucharte esa mezcla de halagos y boutades que tan bien manejabas. Tus chicos de AMA siguen en forma. En su forma, claro. Su nuevo disco saldrá con la llegada del Lehendakari negro, o casi. Les vi en Miner estas pasadas navidades, en un concierto muy especial por razones que ya te contaré en privado. ¡Tienen una canción nueva en plan 50´s! Es preciosa.

¡Y qué decir del día Pastels de Zarauz! Me acordé mucho de todos vosotros. Fue un día muy feliz. Y esos son los que quieres compartir con los tuyos. En los malos ya te sufren. Los buenos, que los disfruten. No hay más que ver el vídeo – que aún no vi, me muero de vergüenza, espero que el técnico bajara el volumen porque creo que no le pegué ni una- en el que salgo tocando con los Pastels. ¡Los Pastels!

También decirte que Discos de Kirlian os sacó un libro. Me invitó a participar. Pensé que Rosa era y debía ser la única persona íntima o muy cercana que debía dar su punto de vista en esa nube de fans. Y vaya si lo hizo, qué texto. Pero una cosa es un libro y otras un pequeño blog personal que no lee ni Dios. Por eso me permito hoy reproducirlo bajo estas líneas

Cuídate, cabrón del mechón canoso. Y llámame cuando quieras para tararearme tu siguiente canción. Hostia, no, que menudo brinco iba a pegar! 😉

Ahora, si me disculpas, voy a seguir aspirando fuerte para no llorar en el curro.

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“A él le encantaría que lo hicieras. Que tocaras”

Voy camino de mi tercer concierto madrileño en tres días, jugando a ser Status Quo, sin estatus ni quo(rum). El taxi llega a la esquina de Castellana con Gran Vía. Es 15M del 2011, y vemos la primera de las manifestaciones de aquel movimiento que luego aglutinaría a más gente. Miro sin enfocar, mientras a mi lado una mano sanadora me agarra y me apoya. Tampoco me era fácil asimilar nada hablado en aquel momento. Pedro San Martín y Vega se habían matado en un accidente de coche.

Borja está al otro lado del teléfono: “A él le encantaría que lo hicieras”. La frase, de la que tantas veces nos hemos reído en blockbusters norteamericanos, también tenía fuerza y vigencia en esta calle que acaba en Atocha. Hay que joderse.

El ánimo verbal empuja a que el coqueto momento musical acabe celebrándose con la amabilidad extrema de los organizadores, el paseo de la procesión del San Isidro que vemos desde la ventana y la divertida función del resto de socios del salón. Entero, o casi, (bueno, ni de coña, pero permítanme la licencia emocional) hasta el último acorde de “El Mundo es un pañuelo”. Para después, caer como solo lo hacen los finales de los Pastels

Para muchos de vosotros La Buena Vida fue un excelente grupo que en sus inicios defendió con honores el amateurismo y la frescura sobre todo virtuosismo, para luego con los años y los conocimientos hacer de su música un arte mucho más elaborado y excelso. Para mí fue todo eso, y algo más.

Aún recuerdo aturdido su concierto en las fiestas de Jesuitas del año 1989. Yo era nuevo en el cole, y andaba más cerca de ser un nerd que de capitanear el equipo de béisbol. Aún no me había lanzado a investigar en el pop (pero que nadie ose atacar el I Wanna Dance With Somebody de W. Houston delante mío, que le meto), no había llegado el verano de los Smiths y Stone Roses. Dos discos que sonaron 4 veces al día durante un verano estudiantil en el que empezábamos a despedir los amores infantiles para abrazar las tragedias que ofrecen los juveniles.

Lo importante: Aquella actuación en el Salón de Actos me demostró que se podía hacer. Que podías juntarte, tocar, y hacer canciones. Las de aquel día sonaron horribles, de ahí mi shock. Pero había que tener valor e ingenuidad para salir y tocar eso. Recuerdo mi sentimiento de satisfacción ante su osadía. Quien iba a decir que la rebeldía iba a ser tan popera para algunos de nosotros, rodeados de melenas heavyes y barbours que todo lo tapaban.

Después nos convertimos en animadoras sin pompones. Viajando con ellos a sus conciertos de Madrid, escuchando las maquetas con caratulas fotocopiadas en blanco y negro y Audrey ocupando la portada. Ocupando los sofás de su local de ensayo con birras y cigarros. Montando nuestros propios grupos bajo la estela de aquel cometa. Siempre han sido los hermanos mayores que tan bien nos agasajaban cuando íbamos a verles al BAM -uno de los conciertos más bonitos que les recuerdo- o a aquel campo de concentración llamado “primer año del FIB”. Viajando en la furgoneta de la banda a “Lleida qué árida eres” para verles con Parkinson DC y Los Planetas y descojonarnos porque por una vez en mi vida ni nulo sex appeal tuvo más chanza que la que se le suele presuponer a unos músicos ejecutantes.

Ellos comenzaron a descubrirnos esa música escocesa que tanto nos marcaría. Cintas con el “Up for a bit” que luego también defenderían los vecinos frikis de Gijón, nuestra hermana cantábrica. Ellos, que habían visto a Francis Macdonald en Londres tocar “rimbaud and me” con la guitarra, viviendo el Pastelism en plenitud. Ellos, los que más tarde ofrecerían enormes conciertos en el mayor auditorio de su ciudad, la de los pintxos. La misma que jamás tuvo un bar netamente popero en el que sonaran sus grupos.

Ellos, que tanto nos enseñaron sobre la virtud de vivir lejos de los focos, con humildad y personalidad, en el extrarradio mediático. Que se avenían a jugar con nosotros en la oscuridad de los bares para hacernos felices con nuestras manías de adivinar si la canción de su último disco era de uno o de otro. Amigos que tenían el poder de nuestros adorados más elevados, haciendo que con cada nuevo CD sintiéramos la necesidad de coger la guitarra en aquel mismo momento y lanzarnos a hacer canciones.

Ellos son todos, y son algunos. Si La Buena Vida firmaba la autoría de las canciones en las contraportadas con una lista de integrantes presentes y pasados, sin mayor detalle, quien soy yo para nominalizar ahora mis recuerdos. Quizás a él también le gustaría que lo hiciera así.

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